Herencia de Sangre y Lucha

53

El Hospital Central nunca dormía del todo. Respiraba. Un pulmón enorme de pasillos blancos, pasos suaves y monitores que marcaban el tiempo mejor que cualquier reloj.

Alicia había logrado algo que no fue sencillo: el traspaso completo de materias. Después de semanas de papeleo, llamadas incómodas y evaluaciones innecesarias, había conseguido trasladar su último año de residencia al Hospital Central. Allí terminaría su formación. Allí se graduaría como pediatra.

Era su victoria privada.

Una sin familia.

Caminaba entre camas infantiles con una carpeta bajo el brazo, el cabello recogido sin cuidado y esa expresión que solo los médicos cansados dominaban bien: calma por fuera, ruido por dentro.

—Muy bien, campeón —dijo, agachándose frente a un niño con una férula azul decorada con dinosaurios—. Dos semanas más y corres más rápido que yo.

El niño sonrió. La madre también. Alicia se levantó con una sonrisa profesional que se apagó apenas dio dos pasos.

La familia no me necesita, pensó.

Los Althen siempre habían sido así. Eficientes. Brillantes. Insensibles como una hoja bien afilada. Cuando una pieza dejaba de ser útil, no la lloraban: la reemplazaban.

Siguió revisando historias clínicas. Pulmones pequeños, fiebre persistente, cuerpos diminutos aprendiendo a resistir. Los niños eran honestos incluso cuando dolían. No manipulaban. No calculaban.

Por eso le gustaban.

—Doctora Althen.

La voz la sacó de su rutina. Alzó la vista y reconoció a la doctora Miranda, la psicóloga principal del hospital. Caminaba hacia ella con ese aire de quien siempre parecía tener tiempo, incluso cuando no lo tenía.

—Doctora —respondió Alicia—. ¿Todo bien?

—Todo excelente —sonrió—. Quería felicitarla.

Ella frunció apenas el ceño.

—¿Por…?

—La campaña de Matt —dijo con entusiasmo genuino—. Es admirable. Siempre escuché que fue un estudiante brillante en la Academia de Luneth. Mi hijo estudió con él. Un chico disciplinado, inteligente. Tiene mi voto asegurado.

Alicia sostuvo la sonrisa. Todo el día había sido igual: personas asegurando que su voto sería para Matt.

—Gracias —respondió—. Me alegra escuchar eso.

Aunque, en el fondo, sabía que Matt prefería que nadie votara por él.

—Y bueno —continuó Miranda, bajando un poco la voz, casi cómplice—, también me sorprendió la noticia de su compromiso.

Alicia parpadeó.

—¿Mi… compromiso?

—Con Seiran —dijo, natural—. Nunca pensé que ese chico fuera tu tipo.

Alicia inclinó la cabeza, curiosa.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo sabe?

Miranda levantó la carpeta que llevaba.

—Porque va a mi consulta desde hace unas semanas.

El aire pareció cambiar de densidad.

—¿Seiran? —repitió Alicia, con suavidad medida.

—Sí. Está en tratamiento.

Alicia mantuvo la compostura, buscando seguir el juego.

—Claro, ya lo sabía, pero no sabía que usted era la doctora que lo trataba —asintió—. ¿Y lo ve mejor?

—Mucho —respondió—. Aunque lo suyo fue más… injusto que clínico.

Ella la observó con atención.

—¿Injusto?

—El diagnóstico que le dieron en aquel entonces —explicó—. Ya sabes cómo fue todo con los Velkyn en ese tiempo. El robo en los peajes, el escándalo… mucha gente los odiaba. No me extraña que la pagaran con el niño.

Alicia mantuvo la calma y se limitó a sonreír.

—Gracias por decírmelo —dijo al fin—. Me alegra saber que está bien atendido.

Miranda sonrió, satisfecha, y siguió su camino.

Alicia permaneció unos segundos inmóvil en medio del pasillo, rodeada de dibujos pegados en las paredes y risas lejanas.

Seiran no le había comentado que estaba asistiendo a terapia, algo que le resultaba extraño, ya que su acuerdo con el alcalde era precisamente eliminar sus expedientes médicos. Ese movimiento no lo esperaba. Una duda pequeña, incómoda, comenzó a formarse.

Cuando terminó su jornada, no se fue a casa.

Entró al área administrativa cuando el turno nocturno apenas comenzaba. Saludó, pidió acceso, sonrió. Nadie cuestionaba a una doctora caminando con seguridad y una bata blanca impecable.

Buscó el nombre con rapidez.

Seiran Velkyn.

El expediente se abrió ante ella.

Leyó una vez.

Luego otra.

Seiran estaba siendo honesto con la doctora.

Hablaba de consumo de alcohol en su adolescencia y de lo difícil que fue salir de esa adicción. Del trauma por la muerte de sus padres, del peso insoportable y la sensación de abandono que lo empujaron a refugiarse en el sexo y las fiestas. Explicaba que por eso no pudo continuar sus estudios, que perdió varios años luchando contra sí mismo, y cómo, con la ayuda de su abuelo, poco a poco logró superarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.