Alicia volvió a casa cuando el cielo ya empezaba a oscurecer. El jardín estaba iluminado por faroles bajos, discretos, y el aire olía a tierra húmeda.
Seiran estaba sentado en una de las camas-sofá del jardín, frente a la piscina. El reflejo del agua ondulaba sobre su rostro mientras leía un libro apoyado en las piernas, tranquilo, ajeno al resto del mundo.
Alicia se detuvo un segundo antes de acercarse. Sonrió sin darse cuenta.
—Hola —dijo—. ¿Cómo estás?
Él levantó la vista y le devolvió la sonrisa, suave, sincera.
—Bien. Bastante bien, en realidad. Fui a presentar un examen esta mañana y, con un poco de suerte… lo pasé.
—¿En serio? —Alicia soltó una risa breve—. Entonces definitivamente fue un buen día.
Se acercó más y, sin pensarlo demasiado, deslizó los dedos sobre la mano de él. Fue un gesto natural, casi automático.
Seiran bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Algo en su expresión cambió, apenas un matiz.
—Vaya —dijo, en tono ligero—. Eso es sospechoso —Chasquea la lengua como si supiera la respuesta — entiendo, necesitas que esconda un cuerpo, ¿verdad?
—No por los momentos —respondió en broma —. Pero es bueno saber que cuento contigo si algún día pasa.
—Por supuesto —asintió, serio de mentira—. Si quieres conocer formas de matar a alguien, tengo algunos consejos. En la Academia son terriblemente irresponsables con esos temas.
Ella ladeó la cabeza.
—No los necesito. No hay nadie más irresponsable que un profesor de medicina explicándote cómo matar con venenos que no salen en las autopsias.
Seiran la miró con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Eso te convierte oficialmente en una persona de riesgo para mi vida.
—De nada —dijo ella.
Alicia se recostó a su lado, apoyando la cabeza contra su hombro. El gesto lo tomó desprevenido, pero no se apartó. Al contrario, sonrió, resignado y cómodo.
—¿Estás bien? —preguntó él, más bajo.
—Sí —respondió ella—. Solo estoy cansada, ¿Dónde está tu abuelo?
—Sigue con su agorafobia, no logro convencerlo de que salga. Y tiene pena que vayas al depa, dice que es algo feo y que no quiere espantarte.
Alicia sonríe — que tontería, voy a conocerlo a él no a ver el depa.
—Algo divertido que hace mi abuelo —dijo Seiran, con una sonrisa que se le formó antes de terminar la frase— es que siempre saca tiempo para conocerte. De verdad es un gran tipo.
Alicia se recostó completamente en la cama- sofá y lo miró con atención.
—A ver, cuéntame más de él.
Seiran pensó un poco, mirando la piscina como si ahí flotara el recuerdo.
—Bueno… es tranquilo. Y cuando conoce a alguien nuevo, siempre hace lo mismo.
—¿Qué cosa?
Él sonrió, casi con pudor.
—Te ofrece algo de tomar. Café, té, lo que tenga a la mano. Y mientras lo prepara, te hace una pregunta.
—¿Cuál?
—Te dice: “¿Qué te hace sentir en casa?”
Alicia sintió que el pecho se le apretaba apenas.
—Eso es… bonito.
—Lo es —asintió—. Dice que la respuesta no tiene que ser perfecta, solo honesta. Que todos merecen al menos un lugar donde descansar.
—¿Y tú qué le respondiste?
Seiran soltó una risa suave.
—Que dormir sin miedo. Desde entonces, siempre deja una luz encendida para que duerma tranquilo. Es algo tierno si lo ves detenidamente, le gusta caminar descalzo por la casa, dice que así siente la madera en sus pies y eso lo llena de felicidad.
Alicia sonrió despacio. No dijo nada. No hacía falta.
Por un momento, pensó que tal vez conocer al abuelo de Seiran no sería una prueba…
sino un refugio.
Seiran levantó una mano y le acarició el cabello con cuidado.
—Descansa —murmuró—. Yo sigo leyendo.
Ella cerró los ojos.
Por unos segundos, el mundo fue solo eso: el murmullo del agua en la piscina, el roce lento de los dedos de Seiran, la sensación peligrosa de estar en paz.
Entonces, pasos.
—Alicia.
Ella abrió los ojos.
En el borde del jardín estaban su abuelo Madal, su padre y Mael. Los tres con la misma expresión: esa que no pedía permiso.
—Necesitamos hablar con ustedes —dijo Madal—. Ahora.
Seiran dejó escapar un suspiro y alzó los ojos al cielo.
—Abuelo, en serio —dijo—. Si quieres nietos algún día, no pueden seguir interrumpiendo así.
Alaric la miró con calma implacable.
—Eres joven. Hay tiempo.
Seiran chasqueó la lengua.
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Editado: 02.02.2026