Herencia de Sangre y Lucha

56

Alicia terminó de firmar los últimos informes clínicos con la muñeca ya cansada. El murmullo del hospital seguía igual, niños llorando, pasos apurados, monitores insistentes. Justo cuando cerró la carpeta, Mael apareció en la puerta.

—Tenemos que irnos —dijo, directo—. Matt salió.

Ella asintió sin hacer preguntas. Tomó su abrigo y lo siguió.

El auto en el que subieron era antiguo, de esos que no llamaban la atención de nadie. Gris, sin marcas, casi invisible en el tráfico.

—¿De dónde sacaste este carro? —preguntó Alicia mientras se acomodaba.

—De los Lunari —respondió Mael—. Es el que usamos para misiones de este tipo. Pasa desapercibido.

Siguieron a Matt a distancia. Lo vieron entrar a la academia y estacionar.

—Esperemos un poco antes de bajar —dijo Mael.

Alicia asintió. El silencio se instaló entre ellos. Mael sacó su celular y empezó a deslizar la pantalla, completamente ajeno a ella. Alicia, aún con la cabeza llena de Seiran, se quedó mirando por la ventana.

De pronto, Mael soltó una risa.

—¿Qué pasó? —preguntó ella.

Él giró el celular y le mostró la pantalla. Era una imagen grotesca, claramente hecha con inteligencia artificial: Matt consumiendo drogas, los ojos perdidos, una caricatura de escándalo.

Alicia sintió un golpe seco en el pecho.

—Eso es ofensivo.

—Es una broma —respondió Mael—. Te tomas todo demasiado en serio.

—Es mi familia —replicó ella—. No está bien.

—No me ataques —dijo él, encogiéndose de hombros—. No la hice yo. Y admítelo, con la reputación que tiene tu familia, estas imágenes son normales.

Algo se rompió en ese instante, abrió la puerta y se bajó del auto sin decir nada.

Entró a la academia. Necesitaba aire.

Desde un pasillo discreto observó a Matt. Daba clases, respondía llamadas, concedía entrevistas breves. Todo parecía normal. Demasiado normal.

Cuando volvió al auto, Mael la esperaba.

—Ya me iba —dijo mientras arrancaba—. No quise ofenderte. Pero es normal que se hagan memes de los políticos. Del alcalde y de Millan hay miles.

—No te estás burlando de Millan —respondió Alicia

Mael frunció el ceño

— Porque no hay nada en su contra.

—¿Qué tal el hecho de que siendo directora de inteligencia no denunciara lo del botadero? Ese problema lleva diez años —replicó ella—. Eres ingenuo si crees que no le pagaron por su silencio.

—No lo hizo porque la corrupción es así —contestó él—. No iba a arriesgarse a morir y dejar a sus hijos sin madre.

Alicia soltó una risa breve, sin humor.

—Te burlas de que yo defienda a mi familia, pero eres un tonto si crees que Silvia Millan no vendería la ciudad por un buen precio.

Mael apretó el volante.

—No todos tienen un precio.

—Tú no conoces a Millan —dijo ella—. Y te va a doler cuando la veas con tus propios ojos.

Él guardó silencio un segundo.

—Te estas arriesgando por ella —dijo finalmente—. Pero si tanto le importaras, ¿por qué no te hizo asistente de Inteligencia? Recién Torres te dio ese puesto. Tu tía solo te está usando.

Alicia lo miró de lado.

—Y aunque te duela, debes admitir que los Althen son los únicos que se han preocupado por ayudar a la gente de los botaderos.

—Seguro ganan algo —respondió Mael.

—Tú tienes ocho cifras en el bolsillo —le recordó ella.

Entonces vieron a Matt estacionar frente a un canal de televisión.

—Una entrevista —murmuró Alicia.

El auto se quedó quieto, invisible entre otros tantos. Con ambos en un incomodo silencio.




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