Herencia de Sangre y Lucha

57

El edificio del canal parecía tranquilo desde fuera. Demasiado.

Luces blancas, vidrio pulido, seguridad sonriente. Nada gritaba peligro. Nada lo anunciaba. Ese era el problema. Matt caminó por el pasillo principal con la seguridad de quien sabe que lo están observando, pero decide no mostrarlo. Saludó a dos asistentes, estrechó manos, aceptó un café que no bebió.

—Cinco minutos —le dijo una productora, colocando un micrófono en su solapa—. Vamos en vivo apenas termine el bloque comercial.

—Perfecto —respondió él, con una sonrisa entrenada.

En la sala previa al estudio, un asesor del canal revisaba unas tarjetas con posibles preguntas.

—Será una entrevista amable —dijo—. Educación, juventud, futuro. Nada agresivo.

Matt asintió, aunque no creyó una sola palabra.

El conductor del programa, Dorian Hale, apareció poco después. Traje oscuro, sonrisa medida, ojos atentos. De esos que parecen escucharte incluso cuando no hablan.

—Matt Althen —dijo, estrechándole la mano—. Gracias por venir. La audiencia está muy interesada en ti.

Interesada no era la palabra, pensó Matt.

Las luces del estudio se encendieron. El público aplaudió. La música de entrada sonó con entusiasmo artificial.

—Bienvenidos —anunció Dorian—. Hoy tenemos con nosotros a uno de los rostros más comentados de la nueva política de Luneth.

La primera parte fue limpia. Educación, propuestas, juventud, herencia familiar. Matt respondió con soltura, cuidando cada palabra como si fuera una ficha de dominó.

—Muchos dicen que tu apellido te abre puertas —comentó el conductor, con tono ligero—. ¿Qué opinas?

—Los apellidos abren expectativas —respondió Matt—. Las puertas se mantienen abiertas solo si sabes como hacer las cosas.

El público reaccionó bien. Demasiado bien.

Dorian sonrió.

—Hablemos entonces de decisiones —dijo, bajando un poco la voz—. Porque no todo ha sido sencillo, ¿verdad?

Matt sintió el cambio antes de que ocurriera.

—Recientemente han circulado rumores sobre presuntas irregularidades financieras vinculadas a tu entorno —continuó—. Incluso imágenes… comprometedoras.

La pantalla detrás de ellos se encendió.

Matt no giró la cabeza. No lo necesitaba.

Sabía exactamente qué iba a aparecer.

Una imagen borrosa. De el vendiendo drogas más joven en otro país. El murmullo del público fue inmediato. El sabía que era real, pero la imagen era de mala calidad, lo suficiente como para sembrar duda.

—Esto es falso —dijo Matt, con calma—. Y usted lo sabe.

—Nuestra obligación es preguntar —replicó Dorian—. ¿Niega entonces cualquier vínculo con consumo de sustancias o su campaña siendo financiada con dinero ilícito?

Matt respiró. Un segundo. Dos.

—Lo niego rotundamente —respondió—. Y agrego algo más: quien difunde ese tipo de material no busca la verdad. Busca sembrar duda. Y la duda es la herramienta favorita de quienes no pueden ganar limpiamente.

El silencio fue quirúrgico.

Dorian mantuvo la sonrisa, pero algo en su mirada se tensó.

—Algunos dirían que es una forma elegante de evadir la pregunta.

—No —corrigió Matt—. Es una forma directa de responderla.

El público aplaudió. No todos. Pero los suficientes.

En la cabina de control, alguien murmuró que eso no estaba en el guion.

La entrevista continuó, pero ya no era un intercambio. Era un duelo.

Alicia estaba en el asiento del copiloto, el cinturón mal puesto, la mirada fija en la pantalla del celular. La transmisión iba en vivo. Demasiado nítida para lo que estaba ocurriendo.

Matt sonreía. Seguro. Medido.

Como Marcel le había enseñado.

—…y es momento de decirlo con claridad —dijo Matt desde el estudio—. En Luneth hay empresas mineras operando sin licencia. Botaderos ilegales que contaminan y destruyen comunidades enteras. Y yo estoy luchando contra eso.

Alicia no parpadeó.

Sabía exactamente qué estaba haciendo.

—Eso le pone la soga al cuello —comentó Mael, recostado en el asiento, sin quitar los ojos de la calle—. Se acaba de meter con gente que no juega limpio.

—Lo sé —respondió ella, sin emoción—. Pero él también lo sabe.

Matt continuó hablando. No dio nombres. No señaló empresas. No mostró documentos.

Solo sembró la duda.

Alicia cerró los labios con una mueca casi imperceptible.

Un paso adelante pensó.

Eso era Alaric. Golpear primero, pero sin tocar nada que pudiera comprometerte después. Cuando llegaran los contraataques, parecerían venganzas, no acusaciones reales.




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