La cerveza estaba fría. Alicia la sostuvo un segundo más de lo necesario antes de beber. Esperando respuestas que no llegaban.
Nada de Seiran.
Nada de Matt.
Suspiró y miró alrededor.
La casa de Mael no era grande ni ostentosa. Madera clara, luces cálidas colgadas sin pretensión, plantas vivas que parecían cuidadas con paciencia. Había risas, música baja, vasos chocando. Sus padres se movían entre los invitados con una naturalidad casi contagiosa. Se tocaban al pasar. Se buscaban con la mirada. Se reían de cosas pequeñas.
Alicia los observó sin darse cuenta de que sonreía.
A lo lejos, Mael bromeaba con unos amigos. Gesticulaba más de lo habitual. Reía. De vez en cuando, la miraba, como quien verifica que algo importante sigue en su sitio.
Finalmente se acercó.
—Perdón por dejarte sola un momento —dijo, apoyándose en el respaldo del sofá negro — esta gente no deja de mencionar historias de cuando era pequeño.
Subió la mirada, el patio de la casa estaba descubierto dejando ver un hermoso cielo estrellado. El césped bien cuidado, permitía que algunas curiosas flores de colores se asomaran tímidamente entre las esquinas y algunos maceteros.
Tenía una parrilla y unas sillas donde algunos invitados disfrutaban de la velada. Todos eran mayores y amigos de sus padres, en realidad entre los asistentes parecía que ella era la única por parte de Mael.
—No pasa nada —respondió ella, alzando la botella—. Estoy bien acompañada.
Se quedaron en silencio unos segundos. Se sentía incomoda allí. Todos la veían de reojo con expresiones serias, no entendía si era por ser una desconocida o por saber bien quien es.
Alicia señaló con la barbilla hacia los padres de Mael.
—Tus padres se ven… enamorados —comentó—. De verdad. Mira cómo se toman de la mano.
Mael siguió su mirada y sonrió distinto. Más suave.
—Sí. No son perfectos, pero siempre se eligen. Han tenido peleas fuertes, silencios largos… pero nunca se soltaron del todo.
—Eso se nota.
Él la miró.
—¿Y los tuyos?
Alicia pensó un instante.
—Demasiado amor. Excesivo, incluso —dijo, medio en broma—. Mi padre está completamente loco por mi madre. Siempre lo estuvo. Nunca lo escondieron. Crecer así… —se encogió de hombros— es bonito.
Mael asintió despacio.
—Eso explica algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Que no toleres mucho. Cuando creces en un hogar rodeada de amor, no esperas menos que eso.
Ella no lo había visto así.
—¿Eso también lo tenías en un informe?
—En mi informe no salía que eras una caprichosa.
—Entonces no averiguaste lo suficiente.
Ella bebió otro sorbo.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Siempre tan correcto? ¿Tan seguro de ti mismo?
Mael soltó una risa breve.
—Para nada. Solo aprendí a parecerlo.
—No sé nota—comentó ella—. Casi me creo que sabes exactamente por donde caminas.
—Francamente no tengo ni idea del camino.
—Pobre niño bueno.
Él se inclinó un poco más cerca.
—Tal vez no tan bueno.
—Vamos, Mael… ¿qué es malo para ti? Saltarte un semáforo en rojo, botar papel en el cesto equivocado, pisar césped prohibido.
Él torció la boca, molesto.
—¿Aún tienes el traje de gótica?
—Sí. Lo compré para…
Alicia miró su teléfono. Ninguna respuesta.
Nada de Seiran.
Dejó el aire salir.
—Yo tengo la pareja —añadió Mael.
Ella alzó la vista.
—¿Cómo?
Sacó su teléfono y le mostró una foto suya, disfrazado para un evento. Alicia asintió, distraída.
—Mira al gran Lunari —dijo ella—. Nadie diría que haces informes y te encadenas a una oficina.
—Era un concierto. Me gusta esa banda. No iba a ir de traje. Me habrían despedazado.
Fue entonces cuando lo vio.
La chica a su lado.
—¿Por qué estás con Xandra?
Mael frunció el ceño.
—¿De dónde la conoces?
—La pregunta es otra —respondió Alicia, despacio—. ¿De dónde la conoces tú?
Guardó el teléfono. Se enderezó.
—Xandra es útil. Cuando quiere.
No contestó. Pensó en Seiran.
—¿Qué tan útil?
—Digamos que, si quiero limpiar la ciudad, ella me pasó una buena escoba.
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Editado: 02.02.2026