Herencia de Sangre y Lucha

59

Seiran estaba en posición, exactamente donde le habían indicado.

La espalda recta. Las manos quietas. El pulso aún acelerado por una adrenalina que se negaba a disiparse.

El alcalde ya había cerrado las negociaciones.

El barco se alejaba, lento y pesado, tragándose el muelle con su sombra metálica.

Soltó el aire que llevaba reteniendo. No lo habían atrapado.

Alzó la vista apenas un segundo. Matt, a unos metros, le devolvió el gesto con un asentimiento mínimo, casi invisible. Ya estaba. La información estaba asegurada. María había caído por completo en el juego. Matt llevaba meses hablando con ella, la estaba volviendo a enamorar, le había prometido una vida lejos de su familia, un matrimonio limpio, una salida.

Una trampa envuelta en palabras bonitas.

Entonces llegaron los carros Lunari.

El plan avanzaba tal como lo habían previsto. Seiran no pudo evitar preguntarse a cuantas personas tuvieron que sobornar esta vez para dejar solo al alcalde y los Salazar como los responsables.

Aprendió afortunadamente a la buena, que Matt y Alaric eran astutos, aunque en ese momento parece que luchaban uno contra el otro.

El alcalde también notó los carros, se estremeció cuando del vehículo principal descendió Mina Torres.

—Señor alcalde —dijo ella, con voz firme, sin una pizca de prisa—. Queda detenido por delitos de narcotráfico y trata de personas.

Las esposas brillaron un segundo antes de cerrarse sobre sus muñecas.

El hombre giró la cabeza, desencajado, buscando desesperadamente un rostro conocido.

Lo encontró.

Seiran estaba de pie, los brazos cruzados.

En ese instante lo supo.

—¡Me traicionaste! —le gritó—. ¡Maldito ingrato!

Seiran no se movió.

—No te debía nada —respondió, plano—. Y ahora, en prisión, podrás buscar a otro para convencerlo de que está roto y usarlo a tu antojo.

El rostro del alcalde se deformó de rabia mientras se lo llevaban arrastrando, aun lanzando amenazas que nadie se molestó en escuchar.

A unos metros, María Salazar también era esposada. Lloraba.

Matt nunca perdonaba la traición. Y para él, ella había traicionado primero. Pero también comprendió algo más inquietante. Lo poderosa y astuta que era esa familia. Ninguna prueba contra ese chico había tocado el suelo. Habían actuado rápido, brutalmente eficientes.

Matt se acercó a Seiran con una sonrisa ladeada, de esas que no pedían permiso.

—El viejo me subestimó —dijo—. Pero siempre sé limpiar mis desórdenes.

Seiran soltó una risa corta.

—No cantes victoria —respondió—. Usaste información de mi trabajo encubierto.

Este se encogió de hombros.

—No te des tanto crédito. Tú solo caminaste con una cámara en el pecho. La mente maestra aquí fui yo.

Antes de que Seiran pudiera responder, Mael apareció corriendo. Pálido. La respiración desordenada.

—¿Qué pasa? —preguntó Seiran de inmediato.

Mael tragó saliva.

—Alicia… estaba aquí. Y no puedo comunicarme con ella.

Matt se giró al instante, furioso.

—Tu trabajo era mantenerla lejos de esto.

—No entiendo —intervino Seiran, confundido—. ¿Qué está pasando?

Matt apretó los dientes.

—Mi abuelo mandó a Mael a seguirme con Alicia. Lo llamé a él cuando la vi a ella espiándome en la academia Lunari. Le dije que ya tenía todo bajo control, que la mantuviera fuera de la casa esta noche mientras resolvíamos esto. No quería que los Salazar fueran a hacerle daño si se acercaban.

—¿Por qué no se lo dijiste a los demás?

—Todos lo saben. Nadie está en la casa. Tienen sus teléfonos apagados, para evitar rastreos.

Seiran se giró hacia Mael, que evitaba su mirada.

—¿Qué pasó con ella?

Mael levantó las manos, a la defensiva.

—Fue inofensivo. Solo… quise saber si realmente le importabas. Le mostré una foto mía con Xandra.

Algo se cerró en el estómago de Seiran.

—¿Y luego?

—Enloqueció —admitió Mael—. Pensó que iba a entregarte. Salió corriendo, la seguí cuando noté que iba rumbo al muelle.

Matt ya estaba revisando su celular. De pronto se quedó inmóvil.

El color abandonó su rostro.

—No… —murmuró.

Seiran se acercó de golpe.

—¿Qué pasa?

Levantó la vista. Los ojos abiertos de par en par. La voz le tembló por primera vez.

—Alicia dejó un mensaje en el grupo.

—¿Y?

Apretó la mandíbula.




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