Abrió los ojos, seguía en el contenedor. Igual podría morir, entonces, ¿por qué tener miedo?
Se pone de pie no iba a quedarse temblando en la oscuridad.
El miedo estaba ahí, clavado en el estómago, pero no mandaba. Empezó a tantear el interior del contenedor con las manos, buscando cualquier cosa que pudiera servirle como arma. Hierro, madera, un borde suelto. Nada.
Respiró hondo.
Entonces entendió algo. No estaba amarrada.
Las demás sí.
Se giró hacia las mujeres, hacia los ojos abiertos por el pánico, hacia las niñas que se aferraban a cuerpos ajenos.
—Escúchenme —susurró—. Tengo un plan. Pero necesito que confíen en mí.
Algunas dudaron. Otras asintieron sin pensar. No tenían nada más.
Alicia comenzó a soltarlas, una por una, con manos rápidas.
—Voy a golpear el contenedor —explicó—. Cuando alguien venga a ver qué pasa, todas se le lanzan encima. No griten. No duden. Yo buscaré su arma. Después… después seguimos.
Tragó saliva.
—Las niñas se quedan atrás. Las adultas… —las miró, firme— tienen que ser fuertes.
El primer golpe contra el metal resonó como un disparo.
El segundo, más fuerte.
El tercero, desesperado.
Pasos. Voces. Una maldición al otro lado.
La puerta se abrió apenas lo suficiente.
No hubo gritos. Solo cuerpos.
Todas cayeron sobre el hombre. Alicia sintió el arma, la arrancó de sus manos y giró sin pensar. Otro hombre apareció y el disparo salió solo. Ella corrió hasta el y le quito el arma.
—Toma —le dijo a una mujer, entregándole el arma—. Abre otro contenedor. Suelten a todas. No pueden contra tantas. Dispara directo a la cabeza, no los dejes heridos, mátalos.
La mujer dudó presa del miedo.
—Pero…
—¡No! Sin peros…¿quieres ser una esclava sexual en un país lejano sin saber nada de tu familia.
Esta pensó eso y respiró para ponerse de pie.
—Bien.
Corrió entre la multitud, el barco se estaba volviendo un caos, los contenedores eran abiertos, las mujeres y niños desatadas.
Ella se encargó de disparar a quienes intentaban hacer daño y frenar el motín.
Cada vez que alguien caía, gritaba que tomaran esa arma.
Algunas más decididas a sobrevivir no esperaban ordenes, se lanzaban sobre los hombres, y los golpeaban, otras tomaban las armas y apuntaban. Cada vez caían más, y ella sabía que debía ir a la matriz del problema.
Entonces corrió hacia la cabina del capitán.
Entró disparando.
Mató a las cinco personas que estaban allí cuando una cara se le hizo conocida.
—Vaya —dijo el hombre frente a ella—. Una Althen.
Lo reconoció al instante. Michael Salazar. Lo reconoció de la foto en sus redes sociales, los investigó a todos, era él. No tuvo dudas.
—¿Ahora trabajan encubiertos? —preguntó, sonriendo.
Alicia rió, sin humor.
—Trabajamos como se nos da la gana —respondió—. Eso es lo mejor de tener dinero.
Michael levantó su arma y se la apoyó en la frente.
—¿Dónde está María?
—No sé qué le pasó a tu hermana —dijo Alicia—. Pero no era muy lista. Meter a la familia en este tipo de negocios siempre termina mal.
Michael rió.
—Tu familia no es mejor. Mandar a sus propios hijos a vender drogas también es una sentencia.
Se miraron.
—Nacer en estas familias —continuó él— es ser una pieza más.
—No —dijo Alicia—. Cada uno elige qué pieza quiere ser. Tú estás aquí porque quisiste. No te obligaron.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Elegiste ser vendedora de drogas?
Alicia sostuvo la mirada.
—Sí —dijo—. Por mucho tiempo me mentí. Pero ahora lo entiendo. Elegí no vivir mal. Igual que tú. Así que no nos hagamos las víctimas.
Los disparos afuera se intensificaron.
Alicia sonrió.
— Todos los contenedores ya están abiertos. Las mujeres están armadas. Y no van a esperar órdenes.
Michael frunció el ceño.
Levantó el arma.
Y, sin decir nada más, se disparó así mismo.
Alicia quedó inmóvil. El cuerpo cayó frente a ella.
Entonces alguien entró.
La persona que menos imaginó.
—Ni siquiera en esta oportunidad me dieron la oportunidad de verte suplicando —dijo Silvia Millán.
—¿Qué haces en este barco? —preguntó Alicia, aún aturdida.
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Editado: 02.02.2026