Herencia de Sangre y Lucha

62

8 meses después…

El día de la campaña finalmente había llegado. Meses de trabajo, de acuerdos a media voz, de sonrisas medidas y promesas escritas con tinta que no siempre era limpia.

La competencia entre Silvia Millán y Matt Althen había sido cerrada. Demasiado. Nadie se movía mientras esperaban los resultados. Nadie respiraba del todo.

Cuando el anuncio por fin llegó, el salón estalló.

Matt Althen era el nuevo alcalde de Luneth.

Aplausos. Brindis. Abrazos calculados.

Alicia lo miró desde su lugar y, cuando se cruzaron las miradas, le sonrió. Caminó hasta él y lo besó en la mejilla.

—Mis condolencias —le dijo en voz baja.

Matt soltó una risa cansada.

—Este velorio es de los dos —respondió—. Serás mi asesora política.

Alicia suspiró.

—¿Por qué no te entierras solo?

—Porque en esta familia nadie va solo a la tumba.

Alicia negó con la cabeza, resignada.

Desde el otro lado del salón, vio a Silvia Millán observándolos. La mujer le dedicó una sonrisa tranquila, de esas que nunca son gratuitas.

—¿Qué le ofreció la abuela Andy? —preguntó Alicia, sin rodeos — desde el incidente del barco, no siguió haciendo campaña.

Matt tomó un sorbo de su copa.

—Millán será la nueva coordinadora de inteligencia del Estado.

Alicia soltó una carcajada seca.

—El tío Marcel ha sido generoso.

—No tanto, le conviene tener a los votantes de Millán de su lado para las próximas elecciones. Ahora va por el congreso.

—Esta familia, no tiene vergüenza.

Marcel se acercó con su hijo y abrazó a Matt con orgullo.

—¡Por fin haces algo de mi lado de la familia!

—Francamente, ya era hora — le dice Matt.

Alicia se alejó y se acercó al abuelo, que bebía whisky como si la noche fuera un trámite más. Él la miró de reojo.

—Debo admitirlo —dijo ella—. Sabes hacer las cosas. Matt salió limpio del problema de la empresa.

—Compré al presidente —respondió él, tranquilo.

Alicia alzó una ceja.

—¿Cómo?

—De ahora en adelante, la empresa explotadora de rodio será una compañía privada de la familia del presidente.

—¿Y la gente de los botaderos?

—Serán nuestros trabajadores, la mayoría son mineros despedidos de la otra ciudad. Matt va a limpiar el distrito sur y a reubicarlos.

—Parece que no somos tan malos.

—Tan malos…me gusta como suena eso

Alicia lo miró, incrédula.

—¿Alguna vez lograste algo sin contactos ni sobornos?

El viejo sonrió apenas.

—Cuando gané la alcaldía. Nadie me conocía. Gane limpiamente. No como ese niño mimado — señala a Matt — que se refugian en mi apellido para una vida fácil.

Esta empieza a reír

—Abuelo, ojalá ser una Althen fuera fácil

Le dio un leve golpe en la cabeza, casi cariñoso.

—Lo importante es proteger a la familia. Me alegra que estén bien.

En eso ambos ven a Alfred, apoyado contra una columna, riendo con una chica demasiado joven para ese tipo de miradas. La mano de él descansaba donde no debía, como si el mundo siempre le debiera permiso. La chica sonreía, nerviosa, halagada, atrapada.

Alicia negó lentamente con la cabeza.

—Ese nunca va a cambiar —murmuró, más cansada que molesta.

—Lo van a terminar de criar cuando ya no este — dice el abuelo tomando un trago.

En medio del festejo, Alicia los observó.

Sus padres conversaban tranquilos, como si el caos hubiera sido solo una anécdota. Habían fallado. Mucho. Pero seguían allí. Para bien o para mal, esa era su familia.

Una familia que siempre se salía con la suya. Que compraba tiempo, silencios y finales favorables. Alaric movía las piezas… y Andy corregía el tablero.

Oportunistas. Ambiguos. Implacables.

Y ella no estaba al margen.

Durante años creyó que era distinta. Que tenía límites. Que no cruzaría ciertas líneas. Pero había disparado, decidido, mandado. No por miedo, sino porque podía.

La verdad era simple y cruel.

No era una excepción.

Era una Althen más.

Y lo continuaría siendo, con un estetoscopio en el cuello y un arma en la cintura.

Pero en medio de ese alboroto había dos rostros conocidos, quienes no la dejaban de mirar.

Seiran y Mael.

—¿Los vas a perdonar?




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