Alicia caminó decidida hasta la puerta de la vivienda. No dudó. Tocó una sola vez.
No porque creyera que estaba eligiendo el camino correcto, sino porque por fin entendía cuál era el suyo. Había crecido entre estrategias, silencios caros y decisiones que nunca eran limpias.
Su familia no era buena. Ella tampoco pretendía serlo.
Si iba a equivocarse, sería con los ojos abiertos.
Y esta vez, la decisión era suya.
La puerta se abrió.
Allí estaba él, con el cabello alborotado, la camiseta blanca desarreglada, la barba apenas asomando y una sonrisa torpe, de esas que aparecen cuando no se espera nada…
—¿Hola? —dijo, todavía medio perdido en el momento.
Alicia sintió cómo todo lo que había ensayado se le amontonaba en el pecho.
—Hola, Seiran. ¿Puedo hablar contigo?
Él asintió en silencio, metiendo las manos en los bolsillos, como si no supiera qué hacer con el cuerpo cuando el corazón ya iba un paso adelante.
Ella aclaró la garganta. Tenía un discurso preparado. Frases completas. Argumentos firmes.
Pero al verlo allí, tan real, tan imperfectamente suyo, las palabras se le desordenaron. Y se llenó de nerviosismo.
—Usualmente —dijo ella, alzando las bolsas—, cuando alguien pide perdón trae flores, joyas o chocolates. Yo no sabía qué te gustaba, así que traje los tres. Por si acaso.
Seiran bajó la mirada. Flores rojas. Una caja elegante. Un reloj.
Alzó una ceja, divertido.
—Matt ya me regaló un Rolex.
—No sabía que estaba en una competencia silenciosa con Matt por tu afecto —replicó ella, sin pestañear.
Él sonrió de lado, esa sonrisa que no pedía permiso.
—Lo veo como el hermano que nunca tuve.
Alicia asintió, como si al fin hubiera decidido dejar de huir.
—Lo siento —dijo, sin rodeos—. Al principio, cuando te vi, pensé que eras un chico inmaduro, sin idea de lo que quería hacer con su vida.
Hizo una pausa breve, casi tímida.
—Tal vez la inmadura era yo. Tal vez era yo la que no tenía claro su futuro.
Seiran no la interrumpió. La miró con una atención serena, como quien escucha algo que importa de verdad.
—¿Y Mael? —preguntó al fin.
Alicia sostuvo su mirada.
—Es cierto —admitió, sin esquivar la verdad—. La primera vez que vi a Mael me pareció atractivo.
Respiró hondo.
—Pero contigo fue distinto desde el inicio. No me ofreciste ser alguien nueva… me obligaste a mirarme. A aceptar lo que soy.
Le sostuvo la mirada.
—Con Mael podría haber fingido otra versión de mí. Contigo me reconocí. No como alguien perfecta, sino como alguien que puede mejorar sin dejar de ser quien es. Y eso… eso me dio paz.
Sonrió, pequeña, sincera.
—No me avergüenza ser así. Y si hoy lo sé, es gracias a ti.
La sonrisa de Seiran fue lenta, genuina.
—Sabía que ibas a caer.
—¿Y tú? —preguntó ella, con una valentía que le temblaba en los dedos—. ¿Lo intentamos?
Él alzó las flores, como si necesitara una excusa para no responder de inmediato.
—¿Por qué son rojas?
Alicia le guiñó un ojo, divertida.
—Me recuerdan un poco a la sangre.
Seiran apretó los labios, conteniendo la risa.
—Estás enferma.
Pero no se apartó.
Y eso, para ambos, ya era una respuesta, se hizo a un lado para dejarla pasar.
—¡Abuelo! — grito —. Alicia está aquí.
—¡No puede ser! Ahora debo vestirme.
Una voz se dejó escuchar desde la sala
Alicia se avergüenza —Puedo venir en otro momento…
Seiran soltó una risa.
—Es una broma.
La tomó del rostro y la besó.
—Menos mal que pasó todo lo que pasó —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque ahora mi abuelo ya no te parecerá extraño.
Alicia entendió.
Las relaciones no siempre se construyen con las personas que parecen correctas. A veces se construyen con quienes nos obligan a mirarnos sin disfraces. Cuando uno sabe quién es, todo encaja… incluso lo que antes parecía una mala idea.
A ella le había costado entender quién era Seiran realmente.
Y más aún, entender quién era ella.
Pero ahora lo tenía claro.
Seiran la llevó a la sala de la mano.
—Por cierto, ¿conoces al nuevo coordinador de inteligencia de Luneth?
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Editado: 02.02.2026