El eco de lo que fui.
El misterio es la cosa más hermosa
que podemos experimentar.
Es la fuente de todo arte
y ciencia verdadera.
— Albert Einstein
Di unos pasos mirando todo alrededor, sintiendo que el eco de mis propios pasos resonaba como si el palacio quisiera escucharme.
—No lo entiendo —susurré, aunque Kael lo escuchó con claridad.
Me giré hacia él.
—¿Por qué siento que recuerdo todo… pero a la vez no veo nada mío aquí?
Kael me sostuvo la mirada.
—No tiene por qué entenderlo todo de inmediato, mi lady. Con el tiempo, el vínculo regresará… como todo lo que pertenece al trono.
"Pertenecer."
La palabra me atravesó como un frío reconocido.
Antes de que pudiera decir algo más, un golpe seco en la puerta irrumpió en la sala, haciendo vibrar el aire.
Kael se tensó y volteó. Un chico delgado, de ropajes gastados y respiración agitada, corrió hacia nosotros. Al verme, inclinó la cabeza con respeto inmediato.
—Disculpe la interrupción, su majestad —su voz tembló un poco—. Ha llegado un mensaje del reino vecino.
El mensajero sacó un pequeño pergamino de su bolsa y lo extendió. Kael lo tomó con rigidez contenida.
Lo abrió. Sus ojos recorrieron las líneas. Su expresión se endureció. Su entrecejo se frunció. Luego levantó la mirada hacia mí… pero esta vez, algo como preocupación, advertencia o reconocimiento brilló en sus ojos.
—El reino de Noctareth… —comenzó, pero se detuvo.
Mi corazón dio un salto incómodo.
—¿Sí? —lo incité, dando un paso hacia él.
Pero Kael no respondió. Bajó la cabeza, como si decirlo él mismo fuera peligroso, y me ofreció el pergamino con ambas manos.
Lo tomé. Miré el sello.
Un sello de cera negra. Marcado con un emblema que no pertenecía a este reino. Una luna partida en dos. Y debajo, un trazo plateado… como una grieta.
Miré lo que habia escrito, y al mirar la letra un escalofrio recorrio mi cuerpo.
Era una letra afilada. Precisa. Oscura. La misma que había visto en mis sueños… y en aquel libro que nunca supe cómo llegó a mis manos.
La misma letra que solo una persona usaba.
El mensaje decía:
“No se puede huir de lo que late con tu sangre.
El trono la reclama, pero yo también.”
—Z.
Me quedé mirando esa pequeña nota por un largo instante.
Sabía quién era.
Sabía exactamente quién la había escrito.
Pero no podía decirlo.
No aún.
Para ellos, Zareth Noctheris no era un recuerdo, ni una herida abierta, ni una voz que me llamaba desde antes de nacer.
Para ellos, era el enemigo.
Solté un suspiro lento y doblé el pergamino con cuidado, como si al hacerlo pudiera contener lo que latía dentro de mí. Se lo devolví a Kael sin pronunciar palabra. Él lo tomó con cautela, observándome con una atención distinta, más aguda… casi desconfiada.
Comencé a caminar de un lado a otro de la sala. Cada paso resonaba en las paredes altas, cargadas de símbolos antiguos grabados en plata opaca y piedra clara, runas que parecían observarme en silencio.
Las palabras del mensaje se repetían en mi mente.
El trono la reclama, pero yo también.
Sin pensarlo.
Sin medir las consecuencias.
Sin escuchar a la razón.
Las palabras escaparon de mis labios.
—Quiero ver a Zareth.
El aire se tensó al instante.
Kael se quedó inmóvil.
El mensajero alzó la cabeza bruscamente, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de escuchar una sentencia de muerte.
Cuatro palabras.
Y el mundo pareció inclinarse.
—Mi lady… —Kael fue el primero en reaccionar. Dio un paso hacia mí, su voz más baja, más firme—. No creo que—
—Ya lo sé —lo interrumpí, deteniéndome en seco y girándome hacia él—. Sé que no es una buena idea. Sé que es imprudente, peligrosa, y probablemente estúpida desde cualquier punto de vista.
Kael cerró la boca, sorprendido.
—Pero ese no es el asunto —continué, sintiendo cómo algo antiguo se acomodaba en mi pecho—. No estoy pidiendo permiso. Estoy diciendo lo que va a pasar. Quiero ver a Zareth.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
Kael me observó con detenimiento, como si intentara leer entre líneas, como si buscara en mi rostro a la muchacha que había cruzado las puertas del palacio… y encontrara, en cambio, a alguien mucho más cercano al trono de lo que él esperaba.
—¿Sabe lo que está pidiendo? —preguntó al fin—. Zareth Noctheris no envía mensajes por nostalgia. Si ha escrito, es porque algo se ha puesto en marcha.
—Lo sé —respondí con calma—. Y también sé que si no voy… él vendrá.
El mensajero tragó saliva.
—Mi lady —murmuró—, Noctareth no es un reino que negocie sin cobrar un precio.
Mis dedos se cerraron lentamente.
—Tampoco este.
Kael exhaló despacio. Había algo en su mirada… no miedo, sino reconocimiento. Como si, en ese instante, comprendiera que el trono no solo me esperaba: me recordaba.
—Si da este paso —dijo finalmente—, no habrá vuelta atrás.
Alcé el mentón.
—Nunca la hubo.
Kael no dijo nada.
No protestó.
No intentó detenerme.
Simplemente se giró hacia el mensajero y le susurró algo que no alcancé a escuchar. El chico asintió de inmediato, con el rostro serio, y salió corriendo por el pasillo, perdiéndose entre las sombras del palacio.
Kael volvió a mirarme y soltó un suspiro cansado, como si hubiera aceptado un destino inevitable.
—Mi lady… tiene que seguirme. Hay algo más que debe ver.
Asentí sin decir palabra y caminé tras él, manteniéndome cerca. Nuestros pasos resonaban suaves sobre el mármol oscuro, veteado en tonos ceniza y plata apagada. A medida que avanzábamos, largos ventanales se abrían a ambos lados del pasillo. A través de ellos se veía a la gente reunida en los patios, y más allá del palacio… un pequeño pueblo extendiéndose como un manto de luces tenues.