Herencia de Sombras

Capítulo 26.

Lo que despierta cuando recuerdo.

Uno no puede escapar de lo que es,

Solo puede tardar en aceptarlo.

— Carl Gustav Jung

Me quedé mirando la pantalla frente a mí, donde flotaba la figura de Sarelith. Acerqué la mano, pero como cualquier holograma, mis dedos la atravesaron. No decía nada.
Y eso… eso ya me estaba hartando.

Recordé lo que había: el archivo.
Me giré hacia la consola, pero no entendía absolutamente nada. Había demasiados botones, símbolos, luces… y yo apenas sabía copiar y pegar textos en Word.

Suspiré, frustrada, y volví a mirar al holograma. A mí. Bueno… a Sarelith. O sea, yo, pero no yo.

—Ok, creo que en algún momento voy a desmayarme —murmuré—. ¿Sabes qué tengo que hacer o cómo mierda voy a entender todo esto? ¿Hay algún manual escondido en un cajón o algo?

Como era de esperarse, no respondió.

—Qué estúpida… —bufé—. Le hablo a un holograma de mí misma. Esto no se puede poner más raro, en serio.

Esa calma en su mirada me estaba torturando.
¿Cómo demonios podía verse tan tranquila si, mientras ella vivía, había una guerra?

Suspiré de nuevo.

—Ok… a ver…

Presioné un botón verde cerca del holograma.
Nada.

—Genial.

Probé otro del mismo color.

—No creo que alguno de estos botones active una bomba nuclear… ¿o sí?

Nada otra vez.

—¡Ahhh! —gruñí—. Vamos, maldición, algo de esto tiene que funcionar.

Presioné un botón más pequeño, de color gris.
Esta vez sí pasó algo.

Por un segundo sentí esperanza… hasta que el holograma desapareció.

—¿Oh, vamos? ¿En serio?

Me llevé las manos a la cabeza, frustrada.

—Bueno, tampoco es como si sirvieras de mucho…

Entonces vi otro botón, cerca del anterior. Era más grande. Rojo.

—Bueno… en las películas siempre el botón rojo es el que hace de todo, así que…

Lo presioné.

Y… oh Dios mío.

De la consola emergió una pantalla translúcida, idéntica a la que había aparecido en mi habitación. Me acerqué de inmediato. Los apartados eran exactamente los mismos: mi familia, Noah, Aria, yo… y uno separado que decía Sarelith.

Fui directo a ese.

Lo seleccioné y se abrió.

Ahí estaba la historia que se suponía debía ayudarme a entender.
O más bien… una carta.

Una carta dirigida a alguien.
A mí.

Comencé a leer.

“Bueno… no sé por dónde empezar.
Supuse que en algún momento esto pasaría, así que tuve la dedicación de escribir esta carta.
Espero que ya sepas quién eres en verdad… y quién soy yo.

Y no, no somos la misma persona, si nos parecemos y tienes mi nombre, pero es mera casualidad, tienes mis recuerdos porque yo los transferí a tu mente, pero no somos la misma persona.

Mira, quiero que entiendas bien esto:

El parecido no es una casualidad genética ni un simple juego del destino.

Cuando el trono reconoce una posible heredera fuera de su tiempo, moldea el reflejo. No copia. No clona. Refleja.

Tu rostro no es idéntico al mío porque seas yo.
Es porque la magia necesitaba que el reino pudiera reconocerte incluso antes de que tú te reconocieras.

El nombre tampoco fue un accidente.

Tu madre no lo supo, pero cuando eligió ‘Sarelith’ como segundo nombre en los registros antiguos, no fue elección consciente. Fue influencia. Un susurro leve en el tejido de la realidad. Yo ya estaba preparando el vínculo.

Te elegí por tres razones.

La primera: tu sangre.
La línea Umbrelle nunca se extinguió del todo.

La segunda: tu resistencia mental.
No cualquiera puede soportar memorias que no le pertenecen sin quebrarse.

La tercera… tu capacidad de dudar.

Un gobernante que no duda se convierte en tirano.
Yo estuve peligrosamente cerca de eso.

El ojo dorado en tu lado derecho no es una anomalía.
Es la Marca de Reconocimiento del Trono.

Aparece únicamente en quien puede sostener la carga sin que el poder lo consuma.
No te otorga magia.
Te permite canalizarla sin perderte.

La marca que se forma en tu lado derecho tampoco es una maldición. Es un sello de transferencia.

Cuando arde, significa que el vínculo se está activando.
Cuando brilla, significa que estás aceptando.
Cuando duele… significa que estás resistiéndote a algo que ya es parte de ti.

Ahora, lo más importante.

Hay movimientos en Noctareth que no son simples tensiones políticas.
Valgard guarda silencio, y ese silencio es más peligroso que una declaración de guerra.

He visto demasiadas señales.

Si algo me sucede —y las probabilidades no están a mi favor— necesitaba asegurar que el trono no quedara vacío ni cayera en manos equivocadas.

No puedo transferir mi alma.
Eso sería corrupción.

Lo que puedo transferir son memorias estructuradas. Fragmentos de experiencia. Estrategias. Errores.

Lo hice la noche en que el eclipse cubrió Luminaris.
Ese fue el momento en que el velo entre mundos se debilitó lo suficiente para enviarlas a ti.

No aparecí en tu mente de golpe.

Fui sembrada.

Primero como sueños.
Luego como intuiciones.
Después como recuerdos que no sabías explicar.

Si estás leyendo esto, significa que el proceso se completó.

No eres mi continuación.

Eres mi posibilidad.”

No sabía si había entendido todo… o si me había confundido aún más.




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