Eduardo tenía profundas ojeras bajo los ojos enrojecidos, el cabello desarreglado y la ropa arrugada después de tantas horas sin descanso. La madrugada y la mañana que le siguió, le dejaron un aspecto demacrado. Y no era el único; los criados caminaban por la casa con los párpados hinchados, las voces apagadas y una pesadumbre que se extendía de un cuarto a otro como una enfermedad. La sucesión de largas horas consiguió robarles a todos hasta la última gota de energía.
—¿Puedes encargarte de redactar las cartas de luto? —le preguntó con voz ronca al mayordomo—. Tengo que ocuparme de otra cosa.
—Sí, señor.
Agradecido, Pembrok se dio media vuelta hacia el salón. Los lienzos oscuros que los empleados comenzaban a colocar sobre los muebles apagaban cualquier rastro de calidez, mientras que las decenas de velas distribuidas alrededor del ataúd, ubicado en el centro, lograban que todo se sintiera horriblemente sombrío e irreal.
Allí, Marcos seguía sentado frente al féretro, exactamente en la misma posición; apenas si se había levantado de aquella silla.
Tras pasar el umbral, Eduardo se quedó observándolo. Sabía que debía de estar exhausto, especialmente tras la locura ocurrida durante la madrugada, donde no cesó de gritar, de llorar y de exigir que alguien le explicara quién había hecho aquello, hasta que la desesperación terminó por convertirse en una furia violenta al intentar apartarlo de Gabriel. En ese momento, Marcos amenazó de muerte a cualquiera que se atreviera a tocarlo.
Fueron necesarios Pembrok y tres de los oficiales que habían acudido a la propiedad para sujetarlo y separarlo del cuerpo. Aun entre los cuatro apenas si consiguieron contenerlo; Marcos se revolvió, golpeó y forcejeó con tanta desesperación que estuvo a punto de derribar los muebles de la habitación. Para cuando finalmente lo encerraron, sus gritos continuaron aumentando detrás de la puerta, acompañados de más amenazas que hicieron temer a Eduardo que aquella tragedia terminara con Baker detenido. Para su suerte, consiguió disuadir a la ley pidiéndoles que comprendieran el estado de conmoción que tenía, evitando por muy poco que terminara encadenado en un calabozo en la peor noche de su vida.
Pero ahora… El hombre sentado frente a Gabriel estaba tan sereno que resultaba inquietante. Se veía aislado, perfecto e impecable con su ropa oscura de una forma que nadie le había visto.
Eduardo terminó por acercarse a su lado, sintiendo una profunda lástima.
—Voy a salir por un momento, pero regresaré dentro de un rato, ¿de acuerdo?
Marcos siguió con la mirada vacía, clavada rígidamente en la madera oscura frente a él.
—Marcos, ¿me escuchas?
El silencio se prolongó entre ambos y Eduardo fue incapaz de ocultar la angustia que le provocaba aquella ausencia. Miró entonces el ataúd. Sabía que no había consuelo que pudiera darle, ni promesa que no resultara insignificante frente a lo que acababa de perder. Por eso, después de permanecer unos segundos más, se dio la vuelta y salió.
Al llegar al vestíbulo y abrir la puerta principal, la claridad de la tarde le hizo doler los ojos, obligándolo a parpadear varias veces hasta acostumbrarse. Cuando por fin logró hacerlo, vio a una de las sirvientas subida a un pequeño banco, terminando de colgar un grueso lazo negro en el marco. La noticia comenzaría a extenderse.
—Dentro de poco llegará gente —le dijo a ella—. Procuren recibirlos y atenderlos como corresponde, pero no permitan que se aglomeren en el salón.
La muchacha se limpió los ojos.
—Sí, señor.
Él vaciló antes de continuar.
—Trata de advertirles que el señor Baker no se encuentra en condiciones de querer conversar.
Ella miró brevemente hacia el interior, como si pudiera ver a Marcos a través de las paredes, y después asintió.
—Por supuesto, señor.
Tras subirse a su carruaje y ya con los caballos en marcha, Eduardo se acomodó en el asiento. Durante el tiempo que había permanecido en la residencia Whitaker se ocupó de dar órdenes, habló con los empleados, trató con la policía y el investigador, y organizó los primeros preparativos del velorio. Contuvo de más sus propias lágrimas porque alguien tenía que pensar con claridad, porque Marcos estaba fuera de sí y los demás necesitaban instrucciones. Pero ahora que todo eso quedaba atrás, sus hombros se estremecieron ante el primer sollozo que escapó de su garganta, mientras los gritos desgarradores de su amigo volvían a resonar en sus oídos.
Al llegar, apenas aguardó unos segundos afuera de la casa de los Blythe hasta que Clara apareció en la entrada con una sonrisa. Ella descendió los escalones y, durante los primeros pasos, no advirtió nada extraño; sin embargo, a medida que se acercaba, la alegría comenzó a desvanecerse de su rostro. La figura de su amado lucía destruida.
Tras no resistir más, Eduardo se apuró hacia ella y la estrechó de golpe. Entonces se largó a llorar con mucha más fuerza.
Clara se quedó inmóvil por la sorpresa durante un instante, pero enseguida levantó los brazos y le correspondió.
—¿Qué sucede? —preguntó preocupada.
Él aumentó su llanto, incapaz de contestar.
—¿Eduardo? —insistió, acariciándole la espalda—. ¿Qué pasó? ¿Qué te ocurre?
Pembrok la apretó todavía más contra sí, mientras Clara sentía cómo él intentaba respirar sin conseguir recuperar el control. Entonces levantó la mirada por encima de su hombro y buscó al cochero: él también parecía abatido.
De inmediato, Eduardo terminó por apartarse apenas, apretó los labios tratando de parar su llanto y la miró a los ojos. Al verlo así, Clara no pudo contener sus propias lágrimas. Jamás lo había escuchado llorar, despojado de su buen humor, y eso le rompía el corazón.
—Prométeme que nunca morirás antes que yo… —le suplicó bruscamente, asustado.
—¿Qué?
—Cásate conmigo… Por favor… Cásate conmigo…
….
Evelin se enteró del fallecimiento de Gabriel aquella misma tarde por boca de Angeli. Los rumores que circulaban sobre el disparo y su muerte se centraban principalmente en algún tipo de venganza personal.