Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 190

La ausencia de Evelin pasó completamente desapercibida para Marcos, del mismo modo que lo hizo la presencia de todas las personas que, a lo largo de aquellos cuatro días, atravesaron las puertas de la mansión Whitaker para despedirse de Gabriel. En realidad, nada de cuanto sucedía a su alrededor parecía hacerlo reaccionar; el mundo podía desmoronarse por completo y él habría permanecido exactamente donde estaba, como si todavía pudiera protegerlo de algo con la sola voluntad de no apartarse.

Solo abandonaba el salón cuando las necesidades más elementales se lo exigían, y aun entonces lo hacía con prisa. Dormía apenas una hora seguida, y ni siquiera eso ocurría siempre en una cama. En más de una ocasión, Eduardo lo encontró con la cabeza inclinada hacia un costado y los ojos cerrados, vencido por el agotamiento. Bastaba el sonido de una puerta o el movimiento de alguien cerca para que Marcos despertara. Entonces enderezaba la espalda, recuperaba aquella expresión vacía y regresaba a la contemplación silenciosa de Gabriel.

Por amistad, Eduardo y Clara estaban allí para hacerse cargo del inmenso peso de la tragedia. Trabajando juntos, se ocuparon de guiar a los empleados, mantener el orden de la propiedad y agradecer en nombre de la familia a cada uno de los que se acercaban a dar sus respetos.

Durante aquellas jornadas, la mansión recibió una cantidad de visitantes que no habían previsto. Desde primeras horas de la mañana hasta bien avanzada la tarde, los carruajes se sucedían frente a la entrada y la servidumbre apenas si tenía momento para atender a quienes llegaban. Acudían empleados del negocio, proveedores, comerciantes, hombres vinculados a los círculos financieros de Gabriel y mujeres que lo habían conocido a través de reuniones sociales, compromisos o relaciones que Eduardo ni siquiera sabía que existían. Todos hablaban en susurros sobre lo respetuoso, meticuloso e inteligente que había sido Gabriel Whitaker, coincidiendo en lo sorprendente que resultó conocerlo y hacer acuerdos con él, y lamentando con verdadera pena que un ser con un porvenir tan brillante hubiera tenido que partir a tan corta edad.

Al principio, algunos se acercaban a Marcos con la esperanza de ofrecerle consuelo. Sabían que había sido el compañero más cercano de Gabriel, que ambos compartían años de amistad e incluso algunos conocían su historia desde la infancia; pero terminaban retirándose cuando él ni siquiera los miraba, por puro respeto a su dolor.

En la tarde del último día, incluso Ivy hizo acto de presencia en el lugar. Sin embargo, no se atrevió a entrar más allá del vestíbulo.

—¿No quieres intentar hablar con él? —le preguntó Eduardo en voz baja, deteniéndose a su lado—. Eres su amiga.

—No creo que sea lo adecuado. Todos sabemos que Gabriel no me soportaba; estoy bastante segura de que, si pudiera levantarse de ese ataúd, me sacaría a patadas de su propio velorio. —Intentó esbozar una sonrisa, pero el gesto murió antes de formarse—. No quiero molestar a Marcos, Eduardo. Ni siquiera sé si querría que me acercara. Solo necesitaba saber cómo se encuentra él.

—Bueno, él… —desvió la mirada un segundo hacia el salón—. No lo sé. No ha dicho ni una sola palabra en estos días. No sé en qué piensa.

Detrás de su comportamiento, Marcos se contenía. Lo hacía para no llorar, no gritar ni levantarse de aquella silla para volcar cuanto encontrara a su paso.

Estaba furioso.

Furioso con los hombres que habían entrado en su casa para ver y manosear el cuerpo de Gabriel en la habitación; con los policías que habían registrado sus pertenencias, formulado preguntas y tocando los objetos que formaban parte de la vida de un hombre respetable; con los desconocidos que habían pronunciado su nombre dando por hecho su deceso, para después regresar a sus hogares como si aquella perdida no fuera nada.

Todo aquel despliegue legal había sido asquerosamente inútil. Convirtieron la partida de Gabriel en un asunto que debía discutirse ante personas que ni siquiera lo conocían, y ni una sola respuesta tenían sobre quién era el maldito que le había arrebatado la vida.

La ignorancia era una tortura. Marcos no podía reconstruir los últimos momentos de Gabriel sin preguntarse a dónde había ido, qué vió, que sintió o sí reconoció a quien le disparó. A veces, al mirar el ataúd, sentía la tentación de levantarse y exigir que alguien le explicara por qué seguían sin averiguar nada. Quería obligarlos a regresar a la calle, a revisar cada declaración e interrogar nuevamente a cada individuo que se lo cruzó para obtener justicia. Su justicia. Una que no incluía solo encontrar al culpable y mandarlo frente a un tribunal para ser encerrado.

Marcos quería que sufriera. Quería conocer su nombre, su rostro y cada uno de sus secretos. Descubrir qué había amado aquella persona, qué temía perder y qué necesitaba para sentirse a salvo. Encontrar el lugar exacto en el que pudiera hacerle daño, arrancarle toda esperanza y obligarla a comprender, sin posibilidad de apartar la vista, lo que significaba perder aquello que daba sentido a una existencia.

El mayordomo se le acercó ofreciéndole un vaso de agua y él lo ignoró. Lo odiaba. De hecho, tenía una rabia reservada hacia toda la servidumbre. Ninguno de ellos fue capaz de hacer la única pregunta que importaba: ¿quién fue?

¿Por qué no le habían preguntado? ¿Por qué nadie había pensado en hacerlo? ¿Ninguno consideró que aquella pudo ser la única posibilidad de identificar al responsable?

Ahora Gabriel no podía responder. Y él tenía que soportar que los mismos hombres que aún no conseguían encontrar al asesino le hablaran de paciencia, de prudencia y de confiar en que la investigación avanzaría. Al diablo. Para cuando todo terminara, cuando cerraran el ataúd y lo llevaran a la tierra, haría lo necesario para dar con el maldito.

Al momento de trasladar a Gabriel al cementerio de Highgate, donde también descansaban los restos de su padre, Marcos se incorporó por primera vez en horas. Se acercó al féretro y durante unos instantes permaneció inmóvil, contemplando su rostro, cuya quietud le seguía pareciendo una crueldad que su entendimiento se negaba a aceptar.




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