Herencia prohibida

Capítulo 1

Capítulo 1

El uber avanzaba por las calles llenas de gente y ruidos que parecían multiplicarse con cada bocina. Afuera, todo parecía moverse demasiado rápido y yo me aferraba al asiento como si eso pudiera anclarme al presente.

Hoy llevaba unos pantalones negros sencillos, una blusa clara y cómoda, y zapatos planos que me permiten caminar sin torcerme el tobillo. Recogí mi cabello castaño en una coleta baja para que no molestara, y no usé maquillaje más que un poco de bálsamo en los labios. Nada demasiado llamativo; no busco que me recuerden por mi apariencia, solo que me den una oportunidad.

Crecí en un orfanato, así que la vida me enseñó rápido que si no buscaba oportunidades por mi cuenta, nadie lo haría. Ahora que soy mayor, necesito trabajar. No tengo estudios, y los pocos cursos que me interesaban están fuera de mi alcance económico. Pero hoy quizá podría tener suerte. Vi un anuncio que buscaba una mucama para una casa de gente adinerada. Ofrecían alojamiento, comida y un sueldo decente a cambio de trabajar de planta allí. Trabajar todo el día no me asusta tanto; después de todo, ya estoy acostumbrada a ocupar mi tiempo y cumplir con lo que debo, a pesar de no recibir recompensas exageradas.

El uber giró por una calle más tranquila, bordeada de árboles que proyectaban sombras sobre los edificios. Y allí estaba: la mansión. No era solo grande, era imponente. Sus muros de piedra clara reflejaban la luz del sol, y las ventanas de una segunda planta, con marcos oscuros y pulidos, parecían observarme como si supieran que estaba llegando, a pesar de la barda alta que la rodeaba.

Me quedé unos segundos mirándola desde el uber, respirando hondo y preguntándome si realmente podría pertenecer a ese lugar, si lograría adaptarme a un mundo que parecía tan lejano. Pero no tenía otra opción. Esta era mi oportunidad, y estaba decidida a aprovecharla.

El auto se detuvo suavemente frente a la entrada, la cual tenía una reja de hierro y sentí un nudo en el estómago mientras abría la puerta, el aire olía a flores frescas y tierra húmeda.

podía vislumbrar un jardín delantero que estaba impecablemente cuidado, césped verde perfecto, flores en colores vivos y un par de fuentes que brillaban bajo el sol. Todo emanaba riqueza y orden, algo que yo nunca había tenido cerca, aunque lo había imaginado millones de veces

Bajé con cuidado, asegurándome de que mis zapatos no se ensuciaran con la gravilla del camino y fue entonces cuando vi a un hombre sentado en una caseta de vigilancia. Llevaba uniforme oscuro, impecable, con expresión seria. Su mirada se posó sobre mí, lenta y analítica.

—¿Quién es usted? —preguntó, con voz firme pero sin hostilidad—. ¿Tiene cita?

Me tragué el nerviosismo y respondí con la verdad:

—Vengo para la entrevista como mucama, señor. Tengo cita a las diez.

El guardia frunció el ceño, cruzó los brazos y me examinó de pies a cabeza. Sentí sus ojos recorrer mi rostro, mi ropa, mi postura, como si quisiera adivinar si era digna de cruzar esas puertas. Un escalofrío recorrió mi espalda, pero traté de mantener la calma. No era la primera vez que alguien me juzgaba con la mirada, aunque jamás frente a una mansión así.

—Está bien —dijo finalmente, suavizando la expresión—. Puede pasar. Pero recuerde seguir las reglas— dijo mientras la reja se abría.

Asentí y di un paso adelante. Mientras caminaba por el camino de piedra, sentí que mi corazón latía más rápido de lo normal. A ambos lados, el jardín se extendía como un cuadro perfecto: césped verde y cortado a la perfección, flores de todos los colores alineadas en bordes simétricos, pequeños arbustos recortados con precisión, y fuentes de mármol que dejaban escapar el agua con un murmullo delicado. Era como si cada planta, cada piedra, cada detalle hubiera sido colocado con un cuidado obsesivo.

—Buenos días —dijo una voz desde un lateral.

Un hombre que quizá no pasaba de los 40 años, con gorra de jardinero y manos curtidas por el trabajo al aire libre, me saludaba con una sonrisa amable mientras regaba un seto bajo el sol.

—Buenos días —respondí, devolviendo la sonrisa, algo aliviada de encontrar un rostro amigable.

Él asintió, y sus ojos se suavizaron al mirarme.

—No sé quién es usted ni cuánto tiempo durará, pero si realmente va a trabajar aquí, le deseo buena suerte. Esta familia es…un poco quisquillosa, sobre todo la señora y la hija. —Se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz como si compartiera un secreto—. No es nada personal, solo que tienen carácter fuerte. Pueden haber malos ratos, créame, pero si logra mantener la calma, tal vez no le vaya tan mal.

Asentí, intentando memorizar sus palabras. Su advertencia no me asustaba; más bien me preparaba. Me sentí extrañamente agradecida, como si el simple hecho de que alguien me deseara suerte suavizara la tensión que se acumulaba en mi pecho.

—Gracias —dije—. Lo tendré en cuenta.

—Bueno, entonces siga por ahí —dijo mientras volvía a su trabajo, regando con cuidado los arbustos—. Y trate de no pisar las flores. La señora se enoja si alguna se daña.

Seguí caminando hasta la enorme puerta principal. Antes de entrar, respiré hondo, inhalando el perfume de los jazmines y el murmullo de las fuentes, y sentí una mezcla de emoción y temor. Cada paso que daba hacía que el peso de la mansión se sintiera más real. Las paredes de piedra clara se elevaban varios metros sobre mí, y las ventanas enormes reflejaban la luz del sol de manera que casi me cegaban. Las columnas, los marcos tallados y la puerta principal de madera oscura, con detalles en bronce, transmitían una sensación de autoridad y solemnidad que me hizo inclinar levemente la cabeza.




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