Su sola presencia me obligó a enderezar la espalda. Nuestros ojos se encontraron y, por un instante, me recorrió un escalofrío extraño, como si la conociera de antes, aunque era imposible. Había algo en su mirada que me dejó sin aliento, pero preferí ignorarlo, fingir que no había sentido nada.
Recordé entonces las fotografías que había visto de ella, recién casada: una mujer joven, radiante, con un brillo ingenuo en los ojos. Mirarla ahora era enfrentar a la misma persona, pero transformada. Sus facciones se habían endurecido con los años y el peso de una sombra invisible parecía acompañarla en cada gesto. La dulzura de antaño se había desvanecido, dejando en su lugar un carácter fuerte, casi implacable, que se percibía incluso en su silencio.
La primera vez que Isabel Salvatierra me miró, no fue como una persona mira a otra, sino como alguien que revisa un objeto, evaluando si es útil o no. Sus ojos recorrieron mi figura de arriba abajo con una lentitud calculada, deteniéndose en mis zapatos gastados, en mis manos nerviosas y en la sencillez de mi ropa. Aquella mirada era un juicio silencioso, cargado de prepotencia. No me quedó duda de que me estaba midiendo, evaluando si yo era adecuada para algo tan simple —y al mismo tiempo tan vital— como ocupar el puesto de mucama en esa casa que parecía tragarse a cualquiera con su grandeza.
Estaba por responderle, pero su voz firme inundó el lugar de nuevo lanzándome la primera orden
—Siéntese.
Me acomodé en la silla frente al escritorio, cuidando no hacer ruido al arrastrarla, como si el menor sonido pudiera irritarla. Ella también tomó asiento, erguida y con las manos entrelazadas sobre la mesa, me observó un instante más, como si esperara que yo me incomodara antes de hablar.
—La familia Salvatierra —comenzó con un tono pausado, grave, ensayado— es una familia de alcurnia y de poder. Durante generaciones hemos sabido mantener no solo nuestro nombre, sino también el lugar que nos corresponde en esta sociedad.
Mientras hablaba, sus palabras se alzaban como muros, y yo me sentía cada vez más pequeña en aquella silla demasiado grande para mi cuerpo.
—Nuestro tiempo está ocupado en asuntos importantes —continuó—, por lo que necesitamos personas capaces de mantener esta casa impecable. Cada rincón debe estar en orden, cada superficie limpia, y además, habrá que atender algunos mandados y tareas menores. No se trata solo de limpiar; se trata de ser confiable, obediente y discreta.
Hizo una breve pausa. Yo apenas respiraba, temiendo interrumpir su discurso.
—Así que, antes de decidir si es usted adecuada, necesito conocerla. —Sus ojos volvieron a escudriñarme—. Dígame su nombre completo.
Tragué saliva, consciente de que mi voz podía sonar temblorosa si no me controlaba.
—Sofía… Sofía Méndez, señora —respondí, obligándome a mirar un punto fijo en el escritorio, incapaz de sostenerle la mirada.
Ella asintió apenas, y enseguida lanzó la siguiente pregunta.
—Edad.
—Diecinueve años.
No reaccionó. No parecía importarle si tenía diecinueve o cincuenta; lo preguntaba porque debía hacerlo, nada más.
—¿Nivel de estudios?
Sentí un nudo en el estómago. Aquella era la parte más delicada. Podría decir la verdad: que solo había cursado lo básico, lo que el orfanato pudo darme. Pero algo en mí se rebeló. No podía arriesgarme. Yo sabía cómo eran las familias de alcurnia, o al menos lo había imaginado; para ellas, alguien salido de un orfanato sería poco más que una carga indeseable, un error social. No, esa verdad debía quedar enterrada. Respiré hondo y respondí con cautela.
—Lo básico, señora. Hasta donde he tenido oportunidad de estudiar.
Ella entrecerró los ojos como si quisiera leer entre líneas, pero no insistió. En ese momento, agradecí que no me hiciera más preguntas, porque cada una que pudiera acercarse a mi pasado era como una trampa en la que no debía caer.
No podía quedarme callada, así que decidí tomar la palabra, aunque la voz me salió suave, casi quebrada al principio.
—Quiero comenzar a trabajar cuanto antes, señora —dije—. Me esforzaré mucho. Soy bastante buena en la limpieza, rápida y cuidadosa. Aprendo con facilidad y no me cuesta obedecer. Sé seguir instrucciones y cumplir con lo que se me pide. Lo único que pido es una oportunidad.
Me detuve, respirando hondo, y sentí que el corazón me latía con fuerza.
—Estaré agradecida, de verdad, si me la concede.
Mientras hablaba, notaba cómo mi sinceridad se desbordaba en cada palabra. No tenía nada más que ofrecer que mi disposición y mis manos dispuestas a trabajar. Esa casa, con sus muros imponentes y su dueña implacable, era la promesa de un lugar donde al menos podría pertenecer, aunque fuera en la sombra.
Su mirada volvió a recorrerme de pies a cabeza, lenta, meticulosa, como si quisiera asegurarse de que no había ningún fallo, ningún resquicio de debilidad que pudiera interpretarse como una amenaza a su casa. Sentí el peso de sus ojos en cada centímetro de mi cuerpo, y por un instante me pregunté si algún día me acostumbraría a sentirme tan examinada.
Finalmente, se recostó un poco en la silla y, con la misma voz fría y precisa que había usado antes, dijo: