Con los días fui acostumbrándome poco a poco a la rutina de la casa. Cada mañana, Arnold, el mayordomo, me entregaba la lista de cosas por limpiar y otra con las compras que debía hacer durante el día. La monotonía se volvió una especie de refugio para mí, aunque todavía me resultaba extraño caminar por esos pasillos tan silenciosos.
De la señora Isabel no sabía nada desde hacía varios días, y con don Manuel apenas coincidía de vez en cuando: lo saludaba con educación y él respondía del mismo modo, serio y distante, como si no hubiera nada más que añadir.
La única que parecía estar siempre encima de mí era Valentina. Me pedía cosas tan ridículas como abrirle una bolsa de cereal para servirla o ponerle catsup a sus papas fritas. Y yo tenía que obedecer, aunque me pareciera absurdo, recordándome cada vez cuál era mi lugar en esa casa.
Pasaba el trapo con cuidado por los adornos de la sala de estar, desde el marco dorado de los cuadros y hasta las repisas donde descansaban libros que nadie abría. A mi lado, Arnold sacudía el polvo con la misma calma y precisión de siempre.
Agradecía que se tomara el tiempo de ayudarme, porque sabía bien que no tenía por qué hacerlo. Además de ser el mayordomo también era el jefe de todo el personal doméstico. Su trabajo iba mucho más allá de atender a la familia, era quien revisaba que cada cosa se hiciera como debía, que Enrique, el guardia, cumpliera con su puesto en la entrada, o que Francis, el jardinero que se me presentó hace unos días, mantuviera impecables los jardines que rodeaban la casa.
Aún así, pese a su posición, Arnold no se mostraba distante ni altivo. Al contrario, agradecía mi esfuerzo y solía repetir que, después de todo, éramos colegas. Y tenía razón. Con él, con Enrique y con Francis había compartido algunas charlas en estos últimos días, lo suficiente para sentir que, de una manera u otra, éramos un equipo dentro de aquella casa demasiado grande.
Mientras yo continuaba repasando con el trapo los adornos de la sala, un toque en la puerta interrumpió la calma. Arnold se levantó con cierta sorpresa y se acercó a abrirla.
Cuando vio quién estaba allí, su semblante cambió de inmediato. La amabilidad que siempre mostraba se endureció, como si un resorte invisible le recordara que no todo era permitido en aquella casa.
Frente a él estaba un chico increíblemente apuesto. No solo atractivo, sino de esos que parecen detenerte un instante al cruzar la mirada: cabello perfectamente despeinado, ojos que brillaban con un fuego travieso, y una sonrisa descarada que parecía desafiar al mundo. Sin esfuerzo, irradiaba seguridad y diversión a partes iguales, como si cada gesto suyo estuviera calculado para llamar la atención… y lo lograba.
Me sorprendió la facilidad con que mantenía esa sonrisa traviesa mientras miraba a Arnold, como si disfrutara provocando una reacción. Era imposible no fijarse en él
Arnold frunció el ceño y cruzó los brazos. —¿Qué haces tú aquí? —preguntó con voz firme.
El chico se apoyó despreocupadamente en el marco de la puerta. —Tengo una cita con don Manuel. Quedé en venir para hablar de algunos asuntos.
Arnold bufó, visiblemente molesto. —A mí no se me ha notificado nada. De hecho, no entiendo por qué Enrique te dejó entrar.
El chico arqueó una ceja, con un brillo divertido en los ojos. —Ah, él sabe que si estoy aquí no es por mero gusto de molestarte. Qué raro que tú, el encargado de cuidar esta familia, no estés enterado de nada.
Arnold se puso rojo de coraje, apretando los puños. —O le mentiste a Enrique y vienes a buscar pleito con don Manuel. De todos modos, te aviso que no pasarás dentro sin que se me confirme la autorización de tu entrada, y de que esa tal cita sea cierta.
El chico dio un suave golpe con el pie contra el suelo —Me parece que ya estoy dentro— dijo con una voz cargada de picardía— Alguien no hizo bien su trabajo.
Arnold frunció aún más el ceño. —Quédate aquí. Te sientas y esperas a que yo te diga si puedes pasar.
El chico sonrió aún más amplio, divertido ante la orden, y mientras entraba con paso relajado dijo —Descuida, no iré a ningún lado
Se dejó caer en uno de los sillones, cruzando las piernas con confianza
Arnold se fue a buscar a don Manuel, notablemente molesto, y me quedé sola con el chico, aún sin saber su nombre. Me sentí un poco incómoda, sin saber muy bien cómo reaccionar.
Al notar mi presencia, giró la cabeza hacia mí, y la sombra de rebeldía que había mostrado momentos antes se calmó un poco.
—Hola —me saludó, con una sonrisa serena—. ¿Eres nueva aquí? Perdona, no te había visto.
Había algo en esos ojos azules que transmitía calma y educación, incluso después del enfrentamiento con Arnold. Por un instante, mientras cruzaba el umbral de la puerta, casi me imaginé que comenzaría a darme órdenes absurdas como Valentina, del tipo “ya que estás aquí, amárrame las agujetas”. Pero no. Estaba tranquilo, con una serenidad que me sorprendió y me hizo sentir, sin querer, un poco más relajada.
Su vestimenta era informal, pero cuidada. Llevaba una camisa de lino blanca, ligeramente desabotonada en el cuello, que contrastaba con unos pantalones oscuros perfectamente ajustados. Un blazer gris oscuro, sin ser demasiado formal, completaba su look; parecía elegante sin esfuerzo, como si cada prenda estuviera elegida para verse bien sin siquiera intentarlo demasiado. Incluso sus zapatos, de cuero negro pulido, parecían más un accesorio de estilo que una necesidad.
No podía dejar de mirarlo, intrigada por cómo alguien podía combinar tanta confianza, elegancia y esa chispa traviesa en la mirada, todo a la vez.
—Soy la nueva mucama, ¿desea algo de tomar? —pregunté, un poco insegura, sin saber muy bien qué hacer y suponiendo que eso sería lo adecuado.
Él se rió suavemente, una risa ligera que hizo que la tensión se desvaneciera un poco.