Estaba en mi hora de comida. Al parecer, el chef de la familia había renunciado poco antes de que yo entrara, así que me encargué de atender la cocina, con un poco de ayuda secreta de Arnold.
Desafortunadamente, no era una chef profesional como la familia estaba acostumbrada a tener y la señora Isabel, entre más pasaban los días, empezaba a lanzar indirectas como “Vale más que ya contratemos a algún chef que nos dé algo que sepa bien.” Y “Quizá deberíamos comprar algo de la calle, termina siendo más decente que lo que hay en casa.”
Cuando todos se iban, solía sentarme a comer con Arnold mientras conversábamos. Pero esta vez no estaba, Valentina quería que le ayudara a reacomodar su clóset.
A pesar de lo mimada y grosera que podía ser ella conmigo, se llevaba bien con Arnold. De hecho, todos se llevaban muy bien con él, se notaba que se había vuelto alguien querido en esta familia después de tantos años.
Me pregunté si algún día podrían llegar a quererme así a mí, con el tiempo.
Y luego me aterró la idea de pasar años en una casa así y no poder salir adelante nunca.
Hoy había hecho una sopa de albóndigas con verduras; las albóndigas eran mi comida favorita, era una de las recetas que había aprendido a preparar en el orfanato, así que me sentía cómoda haciéndola.
Mientras comía, el señor Manuel bajó por las escaleras y me saludó.
—provecho Sofía, ¿Sabes dónde está Arnold? Me distraje demasiado con el trabajo y apenas voy a comer.
Me encogí un poco, sintiéndome avergonzada. Yo estaba comiendo mientras la persona que pagaba mi sueldo aún no lo hacía.
—Está con Valentina, pero se lo sirvo yo —respondí mientras me levantaba de mi asiento.
—Oh, no, no es necesario —dijo deteniéndome—. Lo siento, la costumbre de tener un mayordomo es preguntar por el, pero no te preocupes que ya me sirvo yo, tranquila. —decía mientras se acercaba a la vajilla —Solo me daba curiosidad saber qué comeríamos hoy.
—Sopa de albóndigas.
Le vi un destello en los ojos.
—Las albóndigas son mi comida favorita —dijo mientras se servía un plato, sonriendo con suavidad.
—¿Lo son? La mía también —dije, algo emocionada—. Siempre que tengo oportunidad las hago, a veces en el orfa… —me detuve de golpe, corrigiéndome enseguida—. En fin, es una receta que aprendí hace tiempo, de alguien que cocinaba muy bien.
Don Manuel asintió, sin darle importancia
—Ah, entiendo. Entonces tienes algo de experiencia en la cocina, ¿eh? —dijo con curiosidad, probando un poco de la sopa.
—Bueno… más o menos —respondí, intentando no sonrojarme—. Me gusta cocinar, y siempre intento hacer lo mejor que puedo.
Vi cómo su expresión se suavizaba un poco. Había algo reconfortante en que alguien notara el esfuerzo, aunque fuera de manera simple.
Don Manuel se sentó en la mesa frente a mi. Mientras comíamos en silencio, mis ojos se fueron una vez más hacia el cuadro viejo que colgaba en la pared de la cocina. Siempre lo miraba mientras estaba allí: a simple vista parecía una casita rodeada de árboles, pero había algo extraño en la forma de las líneas, como si escondiera otra figura.
Don Manuel notó hacia dónde miraba y sonrió con suavidad.
— veo que ya notaste mi querido cuadro —comentó—. Todos piensan que es una simple casa en el campo… pero en realidad es…
—Un elefante —dije, sin pensarlo dos veces.
Él me miró sorprendido, y luego rió, con ese brillo en los ojos de nuevo..
—¡Exacto! —exclamó, casi con entusiasmo de niño—. Nunca nadie lo nota, Sofía. Cuando lo compré, todos juraban que era solo una casita mal pintada. Pero yo me di cuenta desde el principio… y me encantó el truco.
—Yo… lo había notado estos días —confesé, algo nerviosa—. De hecho, siempre discuto con Arnold porque él insiste en que es una casa y yo le digo que claramente es un elefante.
Don Manuel soltó una carcajada suave, sincera.
—Entonces no estoy loco… al menos alguien más lo ve —dijo, con tono satisfecho.
Yo también sonreí, sintiéndome por un momento parte de un pequeño secreto compartido, un lazo invisible entre los dos.
justo cuando comenzábamos a conversar con un poco más de tranquilidad, la señora Isabel bajó las escaleras y nos vio sentados. Su expresión se tensó al instante.
—Sofía, si ya terminaste, quiero que vayas a limpiar las tres habitaciones de arriba —dijo, con un tono que no dejaba lugar a discusión.
Bien,al parecer mi hora de comer había terminado.
Pero entonces, Don Manuel levantó una ceja y respondió con calma, pero firme:
—¿Te refieres a las dos habitaciones, no es así?
—Fui bastante clara: tres —replicó Isabel, sin ceder.
Sentí un nudo en el estómago; comenzaba a formarse un problema y no sabía cómo reaccionar.
—Sofía ya tiene órdenes mías de entrar únicamente a nuestra habitación y a la de Valentina —dijo Don Manuel, con voz controlada pero autoritaria—, y eres perfectamente consciente de ello—Entonces esa tranquilidad que siempre emanaba, mostró el destello de algo oscuro
Isabel frunció el ceño, incómoda y molesta.
—Me parece que ha pasado más que suficiente tiempo. Las mucamas van y vienen, y sigues exigiendo que no entren a limpiar la habitación de invitados…
Don Manuel alzó la voz, claramente enfadado:
—¡No es una habitación de invitados! ¡No entrará nadie más que la dueña de esa habitación!
Mi corazón comenzó a latir más rápido; ahora sí me sentía completamente crispada, atrapada en medio del conflicto.
Isabel lo miró con sorpresa, dolida y molesta, sus ojos llenos de sentimientos encontrados.
Entonces volteó a verme, con una mirada intensa que no podía ignorar.
—¿Qué me ves? —dijo, con voz cortante—. ¿Te mandé a hacer algo, no? ¿Crees que te pago para que te sientes a comer en mi mesa? Muévete y largate.
Sentí un escalofrío recorrerme; esa orden no era solo un mandato, era un golpe directo a mi paciencia y a mi lugar en esa casa.