Herencia prohibida

Capítulo 7

Lavar la ropa de la familia Salvatierra no era mi parte favorita del día, no es que fuera quisquillosa y me resultara asqueroso, aunque tener que tocar la ropa interior de otra persona tampoco es que me encante, pero el miedo que sentía de arruinar algo me mataba de nervios.

En el orfanato estaba acostumbrada a lavar mi ropa a mano. Le dije a Arnold que no sabía usar una lavadora y, aunque me enseñó lo básico, me daba miedo combinar colores y arruinarle la ropa a alguien.

Entonces, gritos comenzaron a acercarse, La señora Isabel y Valentina se detuvieron justo en la puerta de la lavandería.

—No me gusta esto ¿mariposas en mis camisetas? ¡Tengo 25 años!

Su madre respondió con un tono que no admitía discusión:

—Tú no te compras la ropa, te recuerdo que aún estás bajo mi techo y bajo mis reglas. Y Arnold, no sabe el regaño que le daré por ayudarte a sacar esta ropa del clóset.

Valentina replicó rápidamente:

—¡Él hizo lo que yo le pedí! No tiene la culpa de nada.

Me quedé congelada un momento, escuchando la pelea a través de la puerta.

Escuché cómo la voz de la señora Isabel se volvió firme y cortante:

—¡Basta! —exclamó—. No voy a discutir más esto, Valentina. ¿Tirar toda esta ropa, como si a ti te hubiera costado un centavo siquiera?

—¡No iba a tirarla! —respondió Valentina, exaltada—. Pensaba dejarla en algún refugio, o en un orfanato.

Al escuchar la palabra “orfanato”, noté que la voz de Isabel se tensó aún más.

—¿Un orfanato? —rugió—. ¿Y quién esperabas que la usara, exactamente? ¡Atrévete a responderme! ¿A quién le quedaría perfecto esto?

—¡A una niña, mamá! —gritó Valentina—. ¡Esta ropa es de niña! Me sigues obligando a usar cosas que no me gustan.

Un golpe seco resonó. Pude imaginar cómo la cachetada impactaba.

—Si vuelves a actuar de forma tan malagradecida conmigo, o siquiera piensas en pararte en un orfanato, no será la última vez que recibas una de estas —dijo Isabel, mientras dejaba en claro su enojo.

Isabel se había ido, todavía resoplando de enojo, y en el silencio que quedó, solo quedaba Valentina, cerca de la lavandería.

Intenté concentrarme en la lavadora, pero mis manos estaban temblorosas. Sin querer, dejé caer un bote de jabón sobre el suelo con un golpe sordo. El sonido resonó más de lo que esperaba.

—¿Eh? —escuché que Valentina decía—. ¿Quién está ahí?

Congelada, me di cuenta de que me había delatado. Dudé un segundo antes de salir de mi escondite, con la cara ardiendo.

—…¿Sofía? —adivino sin problemas— ¿estabas escuchando?

—Yo… solo… estaba lavando la ropa —balbuceé, intentando sonar tranquila.

No perdió tiempo y abrió la puerta de golpe, apenas logre dar unos pasos atrás para que no me golpeara con ella

—Más bien parecía que escuchabas conversaciones que no te incumben —dijo Valentina, con los ojos chispeantes de furia.

—No, yo… lo siento —balbuceé, sintiendo cómo el corazón me latía a mil—. Solo estaba haciendo mi trabajo, no fue mi intención…

Pero no parecía dispuesta a escucharme. Me tenía acorralada allí dentro, y tomando en cuenta el pleito que acababa de tener con su madre, su mirada era como un fuego que parecía querer desquitarse conmigo.

—¿No te parece que eso es algo grave? —me lanzó—. ¿Meterse en los asuntos que no te importan? ¿Espiar a tus jefes? Te mueres de ganas de vivir en la calle, ¿no es así?

Un frío recorrió mi espalda. Comencé a asustarme de verdad. Pensé que estaba a punto de ser despedida. ¿De veras terminaría en la calle? No tenía a dónde ir. ¿De qué viviría? Mis estudios eran insuficientes para aspirar a algo más por ahora y no había ahorrado nada para comenzar a independizarme.

Mi mente giraba sin control, cuando de repente escuché una voz conocida, cargada de mordacidad:

—Creo que la que se mete donde no le importa eres tú.

Ambas volteamos y allí estaba Alejandro. Vestía una camisa azul oscuro desabotonado en el cuello, y unos pantalones oscuros, con un aire relajado pese a su estilo de negocios, y su cabello negro caía ligeramente sobre la frente. Sonreía con picardía, pero sus ojos mostraban también un dejo de molestia.

—No tienes permiso de despedir a nadie, ¿no es así, niña? —dijo, enfatizando la última palabra de forma despectiva.

Me quedé congelada, sin saber si sentir alivio por su intervención o miedo por la tensión que todavía flotaba en el aire.

—¿Tú qué rayos haces aquí? —exclamó Valentina, girándose hacia Alejandro—. ¿Quién te dejó entrar?

Él se recargó en el marco de la puerta, con la típica actitud relajada que me hacía preguntarme cómo podía mantenerse tan calmado en medio de tanto drama.

—Arnold me dejó pasar —dijo—. Ve y reclámale a él.

—¡Él jamás te dejaría vagar por mi casa! —gritó Valentina, furiosa.

—Me dijo que “no entraría a la oficina de Don Manuel sin su autorización” —dijo Alejandro, haciendo énfasis con los dedos como si citara textualmente—. Y fue a preguntarle a tu padre, pero no me dijo nada sobre las demás habitaciones de la casa.

Valentina respiró hondo, como tratando de controlar la furia que le hervía por dentro.

—Ah, pero tranquila —dijo finalmente, con un tono cargado de sarcasmo—. Ya me dijeron que al cuarto de invitados no debo entrar o papi se puede enojar, ¿cierto?

Al parecer, cuando hablaba con Francis, no solo era de deportes.

—Si no te lo dijo Arnold, te lo digo yo: ¡lárgate de aquí! —escupió Valentina con un tono venenoso.

Hasta ese momento me había quedado claro que no se llevaban nada bien.

—Esto no es asunto tuyo, y nadie está hablando contigo —dijo ella, con desprecio.

Alejandro arqueó una ceja y sonrió de manera burlona:

—¿Pensabas que yo vine para hablarte a ti? Para nada —respondió, y luego volteó hacia mí—. Oye, Sofía, ¿sabes que esta chica no puede despedirte, cierto? De hecho, ni siquiera Isabel puede.




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