Al día siguiente tenía varias cosas que hacer, una nueva lista de tareas fuera de lo común. Y aunque me gustaba adaptarme a una rutina —o bien, quizá lo confundía con algo de tranquilidad—, lo cierto es que un cambio me sentaba bien. Entre esas tareas estaba ir al mercado para comprar la despensa.
Después del escándalo de ayer, había seguido con mis obligaciones, aunque más nerviosa de lo normal. Incluso Arnold lo notó, pero aunque moría de ganas por preguntarme, me dio mi espacio.
Gracias a Dios no me crucé con Valentina el resto del día. Su amenaza aún no se había cumplido, al menos no por ahora.
Tampoco me topé con Alejandro; hizo menos ruido al irse que el que provocó al llegar. La verdad es que me sentía mal. Había reaccionado de manera horrible: todo se me vino encima y, sin pensar, dejé que todo cayera sobre él, cuando en realidad fue la primera persona que me defendió en este lugar. Le debía una disculpa.
Aun así, puede que no vuelva a hablarme ni a intentar defenderme. No puedo culparlo, me lo merezco. Pero, de todos modos, debo pedirle perdón. Solo espero que no comience a tratarme como basura, igual que Valentina.
Fui con Arnold, quien acomodaba los libros de la estantería de la sala de estar con un orden metódico.
—Perdona que te interrumpa —le hablé, tocándole el hombro. Arnold se dio la vuelta—. Parece que te diviertes —dije, esbozando una sonrisa que él me devolvió de la misma forma.
—El orden es lo principal para que las cosas salgan bien, querida —me sentenció—. Es el principio de todo.
—Ya lo creo —acepté—. Solo quería saber dónde puedo encontrar al chofer.
Una familia con una mansión tan grande como esta, normalmente, también tenía a un chofer personal. Esta no era la excepción, aunque sería la primera vez que me toparía con él; la mayoría del tiempo estaba ocupado, ya fuera llevando a Don Manuel donde se le ofreciera o cumpliendo encargos por su parte.
—Pues… —comenzó Arnold—, al parecer se fue desde temprano a hacer unos encargos y aún no ha vuelto. ¿Qué necesitabas?
—Oh…
Me quedé atascada. No tenía un plan B. Se suponía que justo hoy iría porque él estaría libre. Además, no tenía permiso para tomar los demás autos y, aunque lo tuviera, yo no sabía conducir.
—¿Crees que falte mucho? —pregunté, preocupada.
—Bastante —respondió una voz que venía acercándose desde las escaleras—. Justo hoy tendrá muchas cosas que hacer. Al igual que tú. Una pena, ¿no?
Era Valentina. Venía vestida con un pantalón ajustado y botas altas, pero lo que más llamaba la atención era su camisa: negra, con pequeños estampados de personajes de caricatura en tonos brillantes. Un detalle llamativo, casi infantil, que desentonaba con su porte altivo y la sonrisa depredadora con la que me observaba, como si yo fuera una presa lista para devorar.
No me parecía coincidencia que el chofer no estuviera y que ella apareciera justo en el momento en que yo preguntaba por él. Además, era ella quien lo mantenía ocupado. Su venganza había comenzado.
—¿Sabes algo? No creo que mi madre dude en gritonearte por no haber conseguido las cosas que te mandó —siguió, mientras se entretenía mirando sus uñas, recargada contra la pared—. Y puede que no te despida, claro, es imposible que lo haga —levantó la vista y me dedicó una sonrisa llena de veneno—. Pero creo que eso será suficiente para que vayas a lloriquear de nuevo —puntualizó.
Tenía que apretar los puños para calmarme; estaba roja de coraje. No, no quería llorar, quería asesinarla. Tomarse el día completo para dedicarse a fastidiarme… ¿y dedicarse a qué más? Ni siquiera sabía si esta tipa estudiaba, trabajaba o algo, pero era odiosa y molesta, y no podía dejar de vestirse como una niña de cinco años.
Pero tenía que calmarme, controlar mi temperamento y no dejarme llevar. Porque, si bien Don Manuel no me despediría por faltarle un tomate en el refrigerador, seguro sí lo haría si dejaba un ojo morado a su hija.
Respiré hondo y me dirigí de nuevo a Arnold.
—No importa —dije, intentando sonar tranquila—. Tomaré el autobús, estoy acostumbrada a hacerlo.
—Es una lista larga de compras, ¿no? —gritó Valentina, como si no quisiera que olvidáramos que seguía allí—. Será bastante difícil cargar bolsas y bolsas en un autobús.
Respirar… tenía que respirar y portarme bien.
—Espérame diez minutos y te llevo yo, ¿sí? —me susurró Arnold.
—Ah, por cierto —interrumpió Valentina, como si supiera que esto podría pasar—, Arnold, necesitaré que vengas a ayudarme con un papeleo de la escuela.
Estudiaba. Al parecer, eso era lo que hacía la sociópata esa.
—Mamá no tardará en preguntarse si ya te fuiste. Más vale que te apures o se te pasará el autobús —me dijo Valentina, subiendo de nuevo las escaleras hacia su habitación.
Arnold suspiró.
—Lamento que tengas que pasar por eso. Escucha, termino rápido y nos vamos, ¿sí?
—No —respondí—. No te meteré en problemas por mi culpa.
—Oh, querida, no tienes que preocuparte por mí —contestó, meneando la cabeza—. Lo peor que pasará es que se molestarán conmigo, pero conservaré mi trabajo, tranquila. De hecho, tampoco te puede despedir a ti, ¿lo sabías?