Herencia prohibida

Capítulo 9

Ya en el auto con Alejandro, miraba cómo iban pasando las calles por mi ventana, y a gente corriendo con un paraguas en mano.

Ojalá hubiera tenido uno de esos preparado; quizá así no estaría en esta situación.

—Bien —habló, sacándome de mis pensamientos—. ¿Cuál es la primera parada?

Eh… —revisé de nuevo la lista, esta vez algo mojada por algunas gotas de lluvia—. Tengo que ir a la tintorería, al mercado y a la florería —contesté, algo apenada—. Puedes dejarme donde te parezca más cerca y yo me encargaré de lo demás.

No había olvidado que aún le debía una disculpa, y también me sentía un poco incómoda. En lo que me concernía, era un completo extraño para mí, y yo me había subido a su auto como si nada.

—No seas ridícula —respondió sin quitar los ojos del frente—. Está lloviendo.

—La lluvia parará —mencioné—. Tarde o temprano tiene que hacerlo. Además, no estoy hecha de papel.

—Aunque fueras de mármol pulido —objetó rápidamente—, no podrás cargar con esas cosas tú sola. En serio, no tengo problemas; además, te lo debo.

Al parecer, la conversación comenzaba a volverse por allí. Bien, ya era momento de disculparme.

—No me debes nada —reconocí—. Yo soy quien te debe una disculpa —continué apenada—. Eres el único que me ha defendido en esa casa, y te traté de manera horrible. Lo siento.

Hubo un pequeño espacio de tiempo lleno de incomodidad y tensión, donde se me cruzó el pensamiento de que había sido mala idea decirlo en este momento. Posiblemente el resto del camino vendríamos serios, apenados por lo que ambos hicimos.

—Tienes razón —dijo rompiendo el silencio—. Eres una persona horrible —sentenció.

—¿Perdona?

—Fui un caballero —contestó—, y me contestaste horrible, a pesar de haber luchado por ti.

Me quedé atónita por un momento.

—Es decir, solo te estaba defendiendo —dijo como si fuera algo que no debía olvidar—. Y mira cómo me trataste.

Esperaba que la situación se volviera tensa, que el resto del camino fuera incómodo, incluso que se molestara y me bajara.

Lo que no esperaba era que yo fuera quien se enojara.

—¿Entiendes que estoy en este problema por tu culpa, cierto?

—¿De qué problema hablas? —respondió relajado—. ¿Ir por el abrigo de piel de la señora Isabel es un castigo para ti?

—No me refiero a…

—Además —interrumpió—, creo que los dos estamos de acuerdo en que actuaste mal, así que no te preocupes, asunto arreglado —finalizó, dándome una sonrisa rápida para luego poner los ojos de nuevo en el camino.

—No, no yo —balbuceé—. Te grité y te traté mal, y lo siento, pero esto también fue culpa tuya.

—¿Culpa mía? —respondió teatralmente ofendido—. Pero si yo solo te defendía.

—¿Defenderme? —solté molesta—. ¡Y un cuerno! Lo último que parecía era que te interesara que yo estuviera bien; estabas buscando pleito con Valentina.

—Me parece que lo que buscas decir es “gracias” —dijo tranquilamente—. Saber que no te puede despedir es una gran ventaja para ti, y por la cara que pusiste cuando te lo dije, al parecer no estabas enterada de ello. Era trabajo de Arnold el avisarte para que estuvieras consciente.

Al parecer, volvíamos justo por donde habíamos empezado.

—¿Quieres que te agradezca porque acaban de jurarme complicarme la vida? —respondí cínicamente.

Sé que me dije que iba a agradecer lo que hizo por mí, pero ahora se me hacía imposible, sobre todo si la manera en que lo vería era esa.

—Escucha —dijo soltando un suspiro—. Sé que sonó macabro en su momento, pero te aseguro que es más que fácil esquivar esa bala.

—¡Ay, por favor! —exclamé—. Para ti es tan sencillo decirlo, tu salida a eso es decirme que solo tengo que renunciar Y ni tú ni ella entendería lo que es necesitar un trabajo —sentencié, soltando un suspiro — en especial este trabajo, tengo a dónde más ir.

Alejandro se quedó callado un momento, pensativo.

—No lo entiendo —respondió—. ¿Por qué estás tan aferrada a este lugar? Si el problema es encontrar otro trabajo, puedo ayudarte —dijo un poco más serio—. Si yo provoqué esto, me hago responsable de esta forma: te tomas un descanso en casa mientras tanto y entonces…

—No tengo casa —interrumpí fríamente.

Él me miró confundido. —¿De qué hablas? ¿No vuelves a casa después del trabajo? Todas las mucamas trabajaban bajo un horario.

Me pregunté por un segundo cuántas de ellas habrían metido en este problema.

—Esta no —confesé.

El anuncio de internet para este trabajo mencionaba la opción de elegir trabajar de entrada por salida, como supongo eligieron otras chicas debido a que era más remunerado, pero también estaba la opción de trabajar de planta, donde también venía incluido el alojamiento y la comida, aunque con un sueldo más bajo. Yo elegí esa.

—No tengo dónde quedarme —admití, un poco avergonzada—. Es una historia larga, pero básicamente quise este trabajo porque tendría una cama donde dormir en las noches. Así que… —suspiré— si pierdo este trabajo, terminaré en la calle, literalmente.




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