Mientras iba caminando por los pasillos, buscando los artículos de la lista, Alejandro iba tras mío con un cesto en mano.
—¿Sabes qué es lo que te falta?
—Ah, descuida, tengo todo aquí —le dije mostrándole la lista—, solo que no veo dónde está la canela.
—Confianza —respondió—. Necesitas más confianza.
—No creo que tenga algo que ver con lo que ocurre —contesté mientras extraía bolsas de plástico de un rollo.
Mientras iba caminando por el pasillo de frutas, él seguía hablando:
—Tienes que confiar en que hacer tu trabajo bien será suficiente. No estás en la cuerda floja, así que relájate y mantén tu posición, estás haciendo un buen trabajo.
—Al parecer no es suficiente. Si se supone que estoy haciendo un buen trabajo, entonces, ¿por qué Valentina me odia tanto?
—Porque estabas escuchando conversaciones que no te incumben —dijo tranquilamente mientras echaba manzanas en una bolsa.
—Ya veo, me imagino que por eso tampoco le agradas —mencioné recordando su imprudencia.
—Ah no, a mí no me odia por eso, me odia por burlarme de cómo se viste.
Volteé a verlo.
—¿Entonces sabes lo de su ropa?
—Claro que lo sé, por eso es que la molesto —dijo mirándome de reojo mientras toqueteaba una uva de un racimo—. Y aquí entre nosotros, no creo que tenga nada de malo que se vista con ese tipo de camisas, he visto a chicas de su edad con esa clase de ropa y no es extraño para nada —explicó—. Pero es bastante obvio que ella ya se cansó de usar camisas con mariposas y con estampados de robots, no combina bien con su estilo de persona.
A la par que caminábamos, iba meditando en lo que dijo. Tenía sentido. El problema no radicaba en que la ropa fuera infantil necesariamente; más que nada era que ella no quería sentirse infantil. Pensé en su habitación, en el aura que emanaba, en cómo parecía la de una chica que no podía pasar de los dieciséis años y lo poco que encajaba con la personalidad de Valentina.
—Hablando de ropa —dijo Alejandro mientras paraba en la verdura, recargado en una de las estanterías, sacándome de mis pensamientos—, a ti aún no te he visto con algo que no sea tu uniforme. Me da curiosidad cómo te quedaría otro tipo de estilo —mencionó con un tono juguetón mientras me sonreía.
Por poco olvidaba al casanova del que Arnold me advirtió.
—Llegué a pensar que dejarías de coquetearme, tomando en cuenta que solo lo hiciste cuando nos conocimos. No pensé que volvería a pasar.
—¿De dónde sacas eso? —preguntó aún con su sonrisa socarrona—. Llevo portándome como un caballero contigo desde que te conocí.
—Esta semana lo último que fuiste fue un caballero —dije mientras revisaba las verduras.
—Claro que lo fui —remarcó—. Para empezar, te traté de salvar de la bruja de Valentina —se inclinó un poco para susurrarme—. Soy algo así como tu héroe.
—No salió muy bien, ¿recuerdas? —contestaba a la par que revisaba los tomates.
—Sí, que me regañaras no estaba en mis planes —admitió, enderezándose de nuevo—. Y ese tomate está feo.
—Este tomate está bien.
—No, si la señora Isabel lo ve, te despedirá.
—El tomate está bien y no me van a despedir por algo así —afirmé.
—Muy bien —me respondió asintiendo con la cabeza—. Vas entendiendo cómo funciona.
Sonreí para mi misma.
—Esto debe ser raro para ti, ¿no? Venir y elegir tomates… de seguro nunca habías venido a un mercado.
Alejandro soltó una pequeña risa.
—Siendo más claros, hace mucho que no venía a uno.
—¿También tienes una mucama a la que mandas a traer despensa y le coqueteas con lo que se pondrá en su tiempo libre?
—Lo he intentado, pero doña Tita no me deja conquistarla. Algo sobre la edad y que podría ser su nieto, las excusas de siempre.
Terminamos con el mercado para subir rápido las cosas y luego estacionamos en la florería.
—Esto puedo hacerlo sola.
—Ni hablar, por esto sí que te pueden despedir, vas a necesitar ayuda —dijo mientras entraba conmigo.
—Tengo una lista —repliqué—. Aquí dice lo que tengo que comprar, es la parte más fácil.
—Tienes que ser cuidadosa —insistió mientras me abría la puerta.
Entrar a la florería fue como toparme con un golpe de colores y perfumes. Había flores por todos lados: girasoles que parecían sonreírme, rosas rojas brillando bajo la luz, y montones de cubetas llenas de claveles y margaritas. El aire olía dulce y fresco, y por un momento me sentí como si hubiera dejado atrás la calle ruidosa para meterme en un jardín secreto.
Revisé lo que tenía que comprar:
Gladiolo, Girasol, Hortensia, Rosas, Lirio, Geranio.
Apenas conocía dos de seis.
Volteé a ver a Alejandro, que me observaba con esos ojos traviesos, esperando a que tropezara con algo.
—Oye… —comencé a decir—, ¿tú sabes lo que es el gla… glandolio?
—Gladiolo —me corrigió riendo—. Vamos, te mostraré cuáles son.
Mientras él agarraba los ramos, no podía evitar pensar en lo fácil que sería confundirme sin su ayuda.
—Las hortensias son las favoritas de Isabel —me explicaba Alejandro—. Los geranios los usan más para adornos pequeños, pero aun así los siguen comprando.
—Para ser una familia que no te agrada mucho —interrumpí—, los conoces bastante bien.
Se encogió de hombros.
—No son santos de mi devoción, pero por cosas de negocios paso mucho tiempo en esa casa —indicó con cierto recelo—. Más de lo que me gustaría.
De repente comencé a sentir un picor en la garganta que se fue intensificando. Mis ojos empezaron a arder y no tardé en estornudar como loca. Sentía como si mi cuerpo hubiera reaccionado de mala manera a algo.
—¿Estás bien? —preguntó Alejandro, preocupado.
—Sí, solo dame un momento —dije entre toses.
Rápido sacó un pañuelo de su bolsillo y me lo ofreció, detalle que me recordó a Arnold.
—Quién diría que tampoco tú te llevas bien con los claveles —comentó en cuanto pude respirar.