A medida que pasaba más tiempo en la mansión, comenzaba a convertir mis quehaceres en un ritual relajante, y cada día iba mejorando un poco más. Me empezaba a sentir mejor, a pesar del sabor amargo que aún me había dejado el encuentro con Valentina.
En cuanto a Alejandro, me sentía tonta por siquiera pensar que podríamos ser amigos. ¿Qué probabilidades había de que pasara algo así? Yo no era más que la mucama en la mansión de otra familia, la que hacía el aseo y cumplía con lo que se le pedía. Yo misma le había confesado, sin pena alguna, que no tenía ni dónde caer muerta.
Fue amable porque se sentía culpable y me defendió de Valentina solo porque quería pelear con ella pero estaba segura de que se alejaría de mí. Y esa certeza me entristecía más de lo que quería admitir, porque en el fondo había pensado que, tal vez, podía encontrar en él un amigo.
Arnold me agradaba mucho y pasaba buenos ratos con Francis y con Enrique, pero no era lo mismo. Ellos siempre me hacían sentir acompañada, sí, pero no llenaban esa necesidad de tener cerca a alguien más parecido a mi edad, alguien que pudiera entenderme mejor.
Con el trapo en mano, limpiaba uno a uno los enormes cuadros de la familia que adornaban la mansión. Me gustaba detenerme en ellos, aunque fingiera que solo los limpiaba; había algo hipnótico en esas miradas congeladas en el tiempo.
Al llegar al retrato de la señora Isabel, un detalle me hizo estremecer. Sus ojos… eran los mismos que veía en el espejo cada mañana. El mismo color de ojos grises. Había estado tan preocupada en mi trabajo desde que llegué, que jamás lo noté. Me aparté un instante, parpadeando como si la mente me jugara una mala pasada.
Sacudí la cabeza con fuerza, obligándome a volver a frotar el marco como si nada. Miles de personas en el mundo podían compartir un mismo rasgo, y esos ojos no tenían por qué significar nada.
Un golpe seco en la puerta me hizo saltar del susto, el trapo aún en la mano temblando ligeramente. Estaba tan concentrada limpiando el marco y en los detalles del retrato que el ruido me tomó completamente desprevenida.
Al mirar a mi alrededor y notar que Arnold no estaba —seguramente ocupado con Valentina o con Don Manuel—, respiré hondo y me acerqué a la puerta. Giré el picaporte y la abrí, todavía con el corazón latiendo un poco más rápido por el sobresalto, más que por la curiosidad de quién podría estar del otro lado.
Cuando abrí la puerta, me encontré con un joven de cabello castaño perfectamente peinado hacia un lado y una sonrisa amable en el rostro que le daba un aire ordenado y sereno. Tenía una postura tranquila, casi un poco reservada, pero transmitía seguridad; no buscaba llamar la atención, pero su presencia resultaba agradable y confiable.
—Hola —dijo con una voz suave y medida, un tono claro que no sonaba de por aquí —. Soy el nuevo cocinero.
No podía precisar exactamente de dónde, pero había algo en la cadencia de su voz que me hizo percibir que su manera de hablar no era la que uno escuchaba todos los días en la mansión.
Recordé que me habían comentado que habría un nuevo cocinero, pero no me parecía correcto dejarlo pasar como si nada, al menos hasta la cocina.
—Hola —le devolví el saludo con una sonrisa leve— si gustas esperarme aquí en la sala— le dije dándole entrada— iré a buscar al mayordomo, el es el encargado de decirte que hacer, puedes tomar asiento
El joven asintió agradecido, con la misma calma y cuidado en sus gestos.
Mientras se sentaba en uno de los sillones , fui rápido a buscar a Arnold en el despacho de Don Manuel.
Toque la puerta, dudando si podrían escucharme debido al ese largo pasillo de la entrada.
La abrí despacio y visualicé a Arnold al fondo. Lo encontré allí, ocupado organizando papeles y carpetas sobre el escritorio. Su concentración era evidente, pero al escuchar mis pasos al entrar, levantó la mirada y me sonrió.
—Querida —dijo con esa amabilidad característica—, ¿qué tal?
Le conté rápidamente sobre la llegada del nuevo cocinero. Arnold asintió con comprensión y, con su habitual gentileza, me pidió que le mostrara la cocina al joven.
—¿Podrías encargarte de eso un momento? —me preguntó mientras me pasaba una nota—. Es importante que se la entregues al cocinero. Yo iré con él en un momento, pero primero necesito terminar con estos papeles.
Salí del despacho con la nota bien sujeta en la mano, dejando a Arnold concentrado entre montones de papeles y carpetas. Mientras caminaba por el pasillo, no pude evitar reflexionar en silencio: al parecer, además de ser mayordomo, Arnold era, por mucho, un asistente indispensable para Don Manuel y Valentina en todo lo relacionado con el trabajo.
Cada gesto suyo, cada detalle que manejaba con calma y eficiencia, mostraba que su rol iba mucho más allá de simplemente supervisar la casa. Era como si conociera cada engranaje de la mansión, anticipando necesidades y organizando tareas sin que nadie tuviera que pedirle nada. Y ahí estaba yo, apenas empezando a comprender la magnitud de su labor, pensando en cuánto dependían de él todos en aquel lugar. ¿Que sería de esta familia sin Arnold?
Regresé a la sala y encontré al cocinero sentado, esperando pacientemente. Al acercarme, le sonreí y le entregué la nota que Arnold me había dado.
—Arnold está un poco ocupado en este momento —le expliqué—, así que me encargaré de mostrarte la cocina mientras él termina con sus cosas.
El chico asintió con calma, su expresión tranquila y atenta:
—Perfecto, gracias— respondió dedicándome una sonrisa más grande que la anterior
Comencé a caminar hacia la cocina, y él me siguió con pasos medidos, cuidando de no tropezar ni invadir el espacio, como si ya de entrada respetara la dinámica del lugar.
—Aquí tenemos todo lo que necesitarás para trabajar —dije, mostrando la estufa, las encimeras y las alacenas—. Y esta es el área de preparación; trato de mantenerla siempre organizada.