Pasaron los días desde aquella plática con Francis. Todo ha seguido su curso normal, Luca parece haberse adaptado mejor de lo que todos esperábamos. No solo se movía con soltura por la cocina, sino que cada receta nueva que nos compartía termina sorprendiéndonos.
Incluso la señora Isabel, que suele ser exigente hasta con los más mínimos detalles, se veía más que encantada con él. A veces la escuchaba reír con una risa sincera que jamás le había oído antes, mientras probaba algo que Luca le servía con el mejor cuidado posible.
—Te estás adaptando bien, ¿verdad? —le pregunté.
—Oh, por supuesto —me respondió Luca, sonriendo—. Y creo que le agrado a la Signora y al Signor, aunque ella es algo exigente, pero me gustan los retos en la cocina.
—Me alegra que te lleves bien con ellos —dije.
—¿Y tú como te llevas con ellos? —me preguntó, curioso.
—Pues… —titubeé—…creo que bien. Don Manuel me agrada, y con la señora Isabel realmente no tengo conversaciones; solo hago lo que me pide —confesé.
Luca se inclinó un poco, con una sonrisa traviesa:
—Ella se ve un poco malvada —susurró—, pero nada que un delicioso risotto ai funghi no pueda solucionar.
—¿Risotto ai funghi? —pregunté, sonriendo a pesar de todo—. Suena delicioso, aunque me da hambre solo de pensarlo.
—Ah, si algún día quieres, te enseño a prepararlo —dijo con un guiño—. Es muy fácil y te prometo que el aroma llenará toda la casa.
—Me encantaría aprender —respondí—. Aunque me da miedo que con mi suerte termine todo pegado al sartén.
—Ah, non ti preoccupare! —se rió— si algo falla, siempre podemos probar otra receta… ¡es la belleza de la cocina italiana!
Era bueno tener con quien conversar un rato durante el día, ademas aprender nuevas cosas no me venía mal. Pero no podía quedarme platicando tanto tiempo.
Mientras todos estaban metidos en sus asuntos, yo también lo estaba en los míos. Hoy tenia que limpiar las habitaciones de mis jefes y la de Valentina, quería aprovechar que no estaban en casa.
Subí las escaleras procurando no hacer ruido. El silencio en el segundo piso siempre me imponía un poco, quizá por lo ordenado que todo se mantenía o por la sensación de estar entrando a un territorio que no era mío.
Pero al parecer me equivoqué al pensar que no había nadie.
Allí estaba la señora Isabel, parada justo frente a nada más y nada menos que la habitación de invitados. Su postura era firme, con las manos entrelazadas al frente, como si llevara un buen rato ahí, esperando o vigilando.
Me detuve en seco, sin saber si debía retroceder o continuar. No era común verla en esa zona de la casa a esas horas, mucho menos frente a esa habitación en particular. El silencio que reinaba en el pasillo se hizo más pesado, y de pronto sentí que mis pasos habían resonado demasiado fuerte contra el piso.
Pero ella no me escuchaba; parecía absorta frente a esa puerta.
Yo me quedé quieta, sin atreverme a decir nada ni a hacer ruido.
Entonces la escuché soltar un susurro apenas audible:
—…hija… —murmuró, acariciando la madera de la puerta con la yema de los dedos.
En ese instante todo tuvo sentido. Claro… esa era la habitación de la hija que habían perdido. Era normal que la pusiera tan mal, que se quedara allí parada como si buscara un contacto imposible con lo que ya no estaba.
Pero no estaba bien que yo presenciara aquella escena. Sentí que invadía algo demasiado personal, como si mis ojos se hubieran colado en un lugar donde no debían estar. No sabía cómo marcharme sin que se diera cuenta de que estaba allí; cada paso que imaginaba dar parecía que sonaría como un trueno en ese silencio tan frágil.
Y, en el fondo, tenía miedo de meterme en problemas si ella me descubría.
Entonces Isabel cayó de rodillas, esta vez sollozando a gritos.
Un grito tan desgarrador que me hizo retroceder de golpe.
Bien, ahora sí debía marcharme.
—¿Valeria? —alcancé a escuchar, justo cuando di un paso hacia atrás.
¿Valeria? ¿Quién era Valeria?
No importaba, lo único que tenía claro era que debía irme, marcharme antes de que me viera.
Pero fue demasiado tarde.
A gatas, con los ojos enrojecidos y el rostro empapado en lágrimas, se volteó y se encontró conmigo.
No parecía molesta, ni enojada. No.
Parecía… esperanzada, confundida, como si en mí estuviera viendo un reflejo que llevaba años buscando.
Isabel se tambaleó al ponerse de pie, todavía con las lágrimas corriéndole por las mejillas.
—Valeria… mi niña… —murmuró, extendiendo una mano hacia mí.
Yo di un paso atrás, nerviosa, pero ella no lo notó. Avanzó despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera desvanecer la imagen frente a sus ojos.
—Sabía que ibas a volver… —dijo con una sonrisa rota, llena de dolor y ternura a la vez.