Herencia prohibida

Capítulo 13

La voz de Valentina me hizo darme cuenta de la preocupación que sentia por su madre

—Aquí está —respondió Isabel, con una felicidad que parecía desbordarla por completo—. ¡Valentina, aquí está Valeria!— ajena a cualquier otra cosa, me señaló con una sonrisa llena de lágrimas. Para ella, yo era Valeria, la hija que habia muerto. Para mí, todo se estaba complicando demasiado rápido.

—Mamá… suéltala —pidió Valentina con cuidado.

Pero Isabel no la escuchaba. Sus manos seguían aferradas a mí con una fuerza inesperada, como si de verdad temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento. Estaba absorta, perdida en esa ilusión dolorosa de que su hija había regresado de la muerte.

—Aquí estás… —seguía repitiendo con un brillo febril en los ojos—. Sabía que te encontraría.

El pánico me recorría la piel. Yo trataba de hablar, de explicarle, pero su mirada atravesaba mi voz, viendo algo más allá de mí, algo que yo no podía darle.

—¡Mamá! —esta vez Valentina alzó la voz, más firme, más fuerte, casi como un grito contenido—. ¡Basta, ya suéltala!

Entonces ella se acercó rápido y tomó a su madre por los hombros, intentando separarla de mí.

—Tu medicina, mamá… necesitas ir a tomarla —decía con voz temblorosa, mientras trataba de zafarla de mis brazos.

—¡Suéltame! —gritó Isabel con un tono desgarrador, forcejeando con una fuerza que no imaginé que pudiera tener—. ¡No volveré a perderla!

Sentí sus uñas clavándose en mi piel, desgarrando la delgada barrera de mi paciencia y mi miedo. Cada vez que Valentina tiraba de ella, Isabel se aferraba más a mí, como si mi cuerpo fuera la única prueba de que su delirio era real. Yo apenas podía respirar, atrapada en medio de su desesperación y del intento desesperado de su hija por liberarme.

A pesar de los esfuerzos de Isabel, Valentina logró separarla de mí con un tirón firme. Yo quedé jadeando, con los brazos ardiendo por las marcas que sus uñas habían dejado, mientras veía cómo su madre se revolvía, deshecha en un estado que me heló la sangre.

—¡No! —gritaba Isabel con los ojos desencajados, su rostro enrojecido por el llanto y la furia—. ¡No me la quites! ¡Es mi hija, mi Valeria! ¡Déjenme verla, déjenme abrazarla!

Se agitaba, delirante, intentando zafarse de los brazos de Valentina, como si toda la vida se le estuviera escapando en ese instante. Sus manos temblaban, buscaban el aire, buscaban de nuevo mi presencia, como un anhelo que la consumía.

—¡Valeria! —sollozaba entre gritos—. ¡Volviste para mí, no te vayas otra vez!

Valentina, conteniendo las lágrimas, la sostuvo con fuerza, aunque su propio cuerpo también temblaba.

—¡Sofía, ve por el diazepam! —ordenó, con una voz cortada por la urgencia—. Está en el baño de mi madre, rápido.

Yo dudé un segundo, paralizada por la escena, observando como una mujer que siempre se había mostrado tan fuerte y autoritaria, ahora se estaba cayendo a pedazos.

Corrí directo al baño, el corazón golpeándome con fuerza mientras cada grito de Isabel retumbaba en todo el pasillo. Esta vez no me detuve en los detalles de la habitación ni en nada más que entrar a su baño. En cuanto lo hice busqué el día sepa m el diazepam que Valentina había mencionado.

Pero en cuanto mis ojos se toparon con los frascos alineados en el estante, un escalofrío me recorrió la espalda. No era solo diazepam. Había otros nombres, otros medicamentos que apenas reconocía. Recordé la primera vez que los vi sin prestarles suficiente atención. Pero ahora todo apuntaba a lo mismo: Lo que le pasaba a la señora Isabel no era solo una crisis, ademas de que no había sido la primera.

El desorden de cajas abiertas, los envases a medio usar, y las etiquetas que hablaban de tratamientos más complejos me lo dejaron claro: no era don Manuel quien necesitaba medicarse, aunque siempre se hubiera dicho que la muerte de su hija lo había golpeado fuerte. Él guardaba su compostura. Quien realmente se estaba sosteniendo a base de pastillas era Isabel.

Con el frasco de diazepam en mano, salí corriendo de nuevo

—¡Sofía, rápido! —escuché gritar a Valentina desde la sala.

Cuando llegué, vi a Isabel aún forcejeando contra los brazos de Valentina, fuera de sí, gritando palabras que dolían escuchar:

—¡Perdóname! ¡Mi pequeña! ¡Es mi Valeria!

En ese instante, los pasos apresurados de alguien subiendo las escaleras resonaron con fuerza. Era Arnold, que había escuchado el alboroto desde abajo.

—¿Pero que esta pasando? —preguntó con los ojos muy abiertos, sin apartar la vista de la escena.

—¡Está teniendo una crisis otra vez! —respondió Valentina con voz entrecortada, apenas pudiendo sostener a Isabel.

Arnold no dudó; se acercó de inmediato y la sujetó con firmeza, ayudando a contenerla mientras ella seguía forcejeando, tratando de soltarse.

—¡Déjenme! —gritaba Isabel, su mirada nublada, empapada en lágrimas—. ¡Déjenme ver a mi hija, no puedo perderla otra vez!

Me temblaban las manos, pero extendí el frasco hacia Valentina, que lo abrió con torpeza mientras Arnold mantenía a Isabel quieta con esfuerzo. Entre ambos lograron sujetarla lo suficiente para que Valentina acercara la pastilla a sus labios.

—Por favor, mamá… —suplicó Valentina—. Tómala, necesitas calmarte.

Al principio Isabel se resistió, cerrando la boca con terquedad, pero finalmente, entre sollozos y jadeos, terminó cediendo. La pastilla se deslizó dentro y poco a poco, aunque aún forcejeaba débilmente, sus movimientos empezaron a perder fuerza.

Yo permanecí de pie, paralizada, observando cómo Isabel se desmoronaba en los brazos de su hija y Arnold, sintiendo el peso de una verdad que hasta ese momento nadie había querido decir en voz alta.

Con cuidado, Arnold y Valentina llevaron a Isabel hasta su cuarto, mientras yo corría a despejar la cama para que pudieran recostarla.

Al parecer la crisis había comenzado ahí. El maquillaje estaba tirado por el piso, algunos frascos rotos junto a pequeños objetos caídos que dejaban ver un rastro de desesperación. Pero lo que más llamó mi atención fue la cama: estaba cubierta de papeles, hojas desparramadas que no entendía del todo.




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