Valentina empezó a bajar las escaleras con pasos cansados, como si ya tuviera bastante con la crisis de su madre y ahora tuviera que añadir el encargarse de mí.
Me quedé paralizada, muerta de miedo. Si antes se había alterado tanto solo por escuchar una discusión entre madre e hija, no podía imaginar cómo reaccionaría ahora que yo había estado más que involucrada.
¿Pero qué fue lo que hice tan mal para merecer un regaño?
¿Esta vez qué me gritaría?
¿Por no decirle que no era su hija? ¿Por permitir que la señora Isabel se arrodillara ante mí? ¿Por querer recoger todo ese papeleo desparramado en su cama?
Sabía que no había hecho nada malo. Solo estaba cumpliendo con mi trabajo, y ella… ella simplemente entró en crisis. No había forma de prever eso.
Pero también sabía que a Valentina eso no podría importarle menos.
—vamos a la cocina—me dijo en tono neutral, parecía que no quería que nadie más escuchara.
La seguí y cuando se detuvo frente a mí, esperaba algo despectivo, grosero y mimado, típico de ella. Algún comentario clasista con el que me recordara que yo solo era la criada de la familia.
Pero no me esperaba esto.
—No dirás nada de lo que viste —empezó, bajando la voz— ni una sola persona. Y si te preocupa tu trabajo, créeme que esto sería suficiente para que mi papá decida que te quedes sin él —sentenció, mostrando lo serio del asunto—. Ni a algun amigo tuyo, nisiquiera a tu abuela en casa, absolutamente nadie debe saber de las crisis de mi madre —dijo, manteniendo su tono bajo y neutral.
No se veía amenazante, molesta o enojada.
Estaba preocupada. Y tensa. Demasiado tensa.
—¿Qué hay de Arnold? —pregunté. Al parecer, pasar tiempo con Alejandro y con Francis me estaba afectando más de lo que pensaba, haciendo crecer más mi curiosidad.
—Arnold sabe este tipo de cosas —aclaró—, y jamás diría algo al respecto. ¿Quieres que te deje de molestar? Mantén la boca cerrada. —Susurró eso último con un toque más mordaz.
—No diré nada —respondí al fin, casi en un susurro.
No sabía si lo decía por miedo a perder mi trabajo o porque, de algún modo, entendía su desesperación.
Valentina seguía allí, inmóvil, con los hombros tensos y los ojos fijos en algún punto del suelo. Por primera vez, no vi arrogancia en su mirada, ni ese aire de superioridad que siempre cargaba encima. Solo agotamiento… y un temor que no alcanzaba a disimular.
Me quedé en silencio, observándola, y sentí un nudo en el pecho.
Pensé en Arnold, en lo mucho que confiaba en él sin dudarlo, y comprendí que posiblemente era la única persona en quien lo hiciera.
Debe ser duro, pensé, cargar secretos de ese tamaño, compartidos apenas con un mayordomo y con su propio padre.
Y en ese momento, contra toda lógica, sentí una pizca de empatía por ella.
—Si hay algo que pueda hacer… —me atreví a decir con cuidado, casi temiendo romper el silencio—, algo para ayudarla, lo que sea…
Valentina levantó la vista por fin, arqueando apenas una ceja. Esa expresión suya —mitad cansancio, mitad soberbia— volvió a erigirse como un muro entre las dos.
—No necesito tu ayuda —respondió con ese tono frío y medido que conocía tan bien—. Solo haz tu trabajo y deja el resto a quien le corresponde.
Su respuesta no fue grosera, pero dolió igual.
Y aun así, no pude evitar pensar que detrás de esa dureza solo había miedo… miedo a que alguien más viera cuánto le dolía todo aquello.
—Una cosa más —dijo Valentina—. Los papeles, ¿qué fue lo que viste?
El papeleo que estaba en la cama. Realmente no logré ver mucho, solo unas cuantas palabras que por sí solas no decían demasiado.
—Nada, solo que algunas eran del hospital —admití; no quería mentirle, sería bastante obvio. Al fin y al cabo, algo había leído—. Pero nada importante, realmente.
Valentina fijó la mirada en mí, tratando de averiguar si estaba siendo completamente sincera.
—¿Y qué piensas? —soltó.
Me sorprendió que me pidiera mi opinión sobre algo así.
—¿Sobre qué? —pregunté, confusa.
—Las hojas —dijo, aún con voz baja—. El hospital… ¿qué te pasa por la cabeza al leer eso? ¿De qué crees que se trata?
Una parte de mí quería decirle la verdad, pero sería demasiado duro pronunciar en voz alta lo que ha atormentado a esa familia por años, sobre todo después de ver las reacciones de ambos padres. Por otro lado, nunca había visto la reacción de Valentina; no sabía cuánto le dolía, y tenía la sensación de que quería una respuesta honesta.
—No te lo pienses tanto —interrumpió mis pensamientos—. No haré nada, tranquila, pero necesito saber qué piensas que pasó.
Bien. Al parecer quería la parte honesta.
—Lo siento —dije, agachando un poco la mirada; no me gustaba la idea de decir cosas tan tristes tan tranquilamente—. Pensé que encontró papeles de su embarazo y chequeos, y no sé… —vacilé— el sentimiento de que su hija haya muerto la puso tan mal —dije, sintiéndome culpable por pronunciar algo tan horrible.
Pero Valentina no lloró, aunque si pareció mostrar una pizca de dolor.
Se puso bastante tensa. Por un momento pude verla bastante asustada.
—¿Estás segura de que solo eso piensas? —preguntó, de manera delicada; me pareció curioso, como si hubiera algo más que yo no había visto.
Y realmente no había más, eso fue todo lo que entendí.
—Es lo que pienso que ocurrió —respondí.
Valentina me miró de arriba a abajo una vez más, asegurándose de que hablara con la verdad.
—Muy bien —dijo finalmente—. Ella está dormida arriba. Te sugiero que hagas tu quehacer en otro lado y dejes las habitaciones por hoy.
—Está bien —respondí.
Valentina dio la vuelta, dispuesta a subir de nuevo. Pero antes de avanzar se detuvo y, sin mirarme, añadió:
—Si me entero de que alguien más sabe de esto, sabré quién tuvo la culpa. —Esta vez su voz recuperó ese tono amenazante que había mostrado antes.