Herencia prohibida

Capítulo 18

No había manera de que esto tuviera sentido, lógicamente no eran mas que coincidencias

Pero mi cuerpo todavía no lo captaba del todo, casi suelto el tiramisú por la impresión.

Di unos pasos atrás, acercandome a la barra color crema de la cocina

—dejare su postre aquí —respondí casi en un susurro, buscando la manera más correcta de huir

Pero Don manuel me miraba impaciente, esperando una respuesta

—¿no vas a decir nada? ¿No hay nada que te parezca extraño?

Miré a mi jefe, con su traje negro, su corbata y su saco, la misma figura prominente que colgaba en los cuadros de la sala. Pero frente a mí, esa presencia imponente tenía una grieta: parecía pedir ayuda, buscando desesperadamente algo que lo conectara con lo que su familia perdió.

—no creo que haya nada extraño en que dos personas tengan el mismo color de ojos señor, no tiene que significar nada—respondí firme. Sabía que ser tajante podía lastimarlo, pero necesitaba que entrara en razón — lo siento pero me parece que está viendo cosas donde no las hay.

A pesar de eso, no lo hice desistir, su mirada turbada delataba como sus ojos empezaban a cristalizarse, había demasiada esperanza, demasiado sentimiento puestos en ellos. Me observaba como quien se topa con un tesoro después de buscarlo toda la vida.

Pero con pesar, me respondió

—entonces ayúdame a darme cuenta de que en verdad no hay nada

Antes de que pudiera decir algo, tomó asiento en una de las sillas de la barra, dejándome claro que no iba a marcharse de allí sin respuestas.

—Sofía, ¿qué edad tienes?

¿Estaba haciendo cuentas con mi edad y la de su hija?

— y ¿dónde naciste? ¿fue aquí mismo en la ciudad o vienes de algún pueblo?—prosiguió sin darme oportunidad de contestar la primera

Demasiadas preguntas a las que yo tampoco tenía respuesta

—señor, la verdad es que no me siento cómoda hablando de esto— confese, si alguien era razonable en esta familia, era él.

Pero después de todo lo ocurrido, parecía que la paranoia le hacía una mala jugada

—¿Quienes son tus padres?— pregunto, ignorando lo que le dije, intentando aun sacarme algo de información

—señor...

—Sofía, al menos dime como se llaman y te dejare en paz —insistió

Pero ¿qué podía decirle? Ni siquiera yo lo sabía.

Estaba consciente que él tenía heridas, pero no era el único y tener que abrir este tema era algo que me desgarraba el corazón.

—no quiero hablar de esto— dije apenas en un susurro, apretando los puños e intentando no olvidar como respirar

—¿por qué no?— exigió —¿que ocultas Sofía?

Su voz se había elevado más, apoyando las manos en la barra, listo para saltar de ser necesario. Estaba desesperado, si seguía sin decir nada estaba segura que me tomaría de los hombros para sacudirme y que espabilara.

Pero a mi las palabras no me salían, el nudo en mi garganta amenazaba con hacerme llorar.

Y eso no estaba ayudando a convencerlo de que yo no tenía nada que ver, al contrario, mis sentimientos me estaban delatando y eso solo hacía creer a Don Manuel que sus teorías eran ciertas.

—¿Por qué no quieres hablarme de tus padres?— me pregunto, con una voz firme, analizando cada reacción mía.

Entonces lo mire directo a los ojos y el dolor que mostraba mi mirada se volvió furia. El sentimiento de ira me invadió por ponerme en esta situación. Ellos habían perdido algo preciado, pero yo también. Crecer y aceptar que estaba sola en esta vida era un tema que me quebraba la voz y el que me obligaran a hablarlo me hacía sentir tan pequeña.

Un padre y una madre te protegen cuando eres un niño ¿no es así? Pero a mi nadie me protegerá de nada, ni siquiera de un tipo que no para de escarbar en las fisuras de mi corazón

—¿quiere saber más de ellos?— pregunte fríamente.

la sorpresa en sus ojos por mi tono de voz posiblemente iba a costarme mi trabajo pero aun asi no me detuve

—no tengo mucho que contarle, porque están muertos— conteste tajante— no tengo una foto de ellos a la mano para que esté más seguro, tampoco quiero hablarle del incidente ni de lo cansada que estoy de tener siquiera que tocar el tema, así que ¿puedo continuar con mi trabajo? ¿O necesita algún acta de defunción para dejarme en paz?

Don Manuel me miraba, pero no parecía afectado por mi forma de hablarle, sino por la respuesta. Porque lo que escuchó de mí pareció haberlo partido en dos.

Su débil mirada no reflejaba molestia conmigo, pero el dolor de perder la esperanza que tenía era como un golpe bajo. Vi cómo bajó la vista hacia el suelo, tragando despacio, y soltando el aire, digiriendo la realidad en la que estaba otra vez.

—¿señor?

una voz hizo que me diera cuenta de que no estábamos solos. Entonces vi a Arnold en la entrada de la cocina, perplejo, pero escudriñandonos a ambos




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