El cementerio de Poggioreale huele a tierra mojada y a lirios marchitos, y yo llevo dos horas de pie frente a una lápida que todavía no tiene nombre grabado, solo una placa provisional de plástico que dice ROSALES, G. — porque al parecer ni siquiera la muerte de mi padre pudo esperar a que el mármol estuviera listo.
Matteo está a mi lado, con la corbata mal anudada que insistí en arreglarle esta mañana y que él se ha vuelto a aflojar sin darse cuenta. Diecisiete años y ya tiene esa costumbre de mi padre de tironear del cuello de la camisa cuando algo lo incomoda. Lo observo de reojo y pienso que no debería estar aquí, que debería estar en el instituto quejándose de un examen de química, no enterrando al único padre que nos quedaba.
—¿Falta mucho? —susurra, y yo niego con la cabeza, aunque no tengo ni idea. No tengo idea de nada desde hace cuatro días, desde que el teléfono sonó a las tres de la madrugada y una voz que no conocía me dijo que fuera al hospital San Paolo, que se apurara.
Fallo cardíaco, dijeron. Mi padre tenía cincuenta y un años y corría cinco kilómetros cada mañana. No le creí a nadie entonces y no le creo a nadie ahora, pero enterrar a alguien no deja mucho espacio para hacer preguntas.
El padre Lombardi cierra su libro y murmura las últimas palabras en un latín que ya casi nadie entiende, y la gente empieza a dispersarse en ese silencio incómodo de los funerales, donde nadie sabe si debe abrazarte o simplemente desaparecer. La mayoría opta por lo segundo. Los colegas de mi padre del taller de restauración, un par de vecinos, mi tía Carla que llora más que yo y que ya está pensando en qué va a pasar con la casa.
Es entonces cuando los veo.
Tres hombres, de pie junto a los cipreses, con trajes tan bien cortados que parecen fuera de lugar entre las lápidas desgastadas de Poggioreale. No lloran. No hablan entre ellos. Simplemente observan, con esa quietud de quien está acostumbrado a que los demás se muevan primero.
—¿Los conoces? —le pregunto a Matteo, pero él ya está mirando su teléfono, ajeno a todo, y no puedo culparlo. Tiene diecisiete años. Yo tengo veintitrés y tampoco quiero mirar.
Uno de los tres se separa del grupo y camina hacia mí. Es alto, más joven de lo que esperaba —treinta como mucho, aunque hay algo en la forma en que se mueve, en cómo ocupa el espacio, que lo hace parecer mayor. Lleva el traje negro sin una sola arruga, y cuando se detiene frente a mí, demasiado cerca para ser un desconocido y demasiado lejos para ser un amigo, entiendo que no ha venido a darme el pésame.
—Señorita Rosales. —Su voz es baja, cuidadosa, como si midiera cada palabra antes de soltarla—. Lamento su pérdida.
No suena como un lamento. Suena como una frase que ha dicho antes, en otros funerales, a otras personas que probablemente tampoco le creyeron.
—Gracias —digo, porque es lo único que se supone que debo decir—. ¿Y usted es…?
—Dante Moretti.
El nombre me golpea antes de que entienda por qué. Lo he oído. En susurros, en conversaciones que mi padre cortaba de golpe cuando yo entraba en la habitación, en una carpeta de documentos que encontré una vez en su escritorio y que él me arrancó de las manos con más violencia de la que jamás le había visto usar conmigo.
—Sé quién es usted —digo, y mi voz sale más firme de lo que me siento.
Algo cambia en su expresión. No es sorpresa. Es más bien la confirmación de algo que ya sospechaba: que yo sabía más de lo que aparentaba, o que sabía menos de lo que debería. No consigo distinguir cuál de las dos cosas le interesa más.
—Entonces sabrá que su padre y yo teníamos negocios pendientes.
Miro a mi alrededor. Matteo sigue absorto en su teléfono, a unos pasos, y el resto de la gente ya casi ha desaparecido entre las tumbas. Estamos casi solos, si no fuera por los otros dos hombres que esperan junto a los cipreses como estatuas.
—Mi padre restauraba cuadros, señor Moretti. No creo que tuviera negocios con usted.
Una sombra de algo parecido a una sonrisa le cruza la cara, aunque no llega a los ojos. Tiene los ojos oscuros, casi negros, y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda que le da un aire de haber sobrevivido a algo que no quiere contar.
—No todos los negocios se firman con contratos —dice—. Algunos se firman con favores. Y los favores, señorita, siempre se cobran.
Saca un sobre del bolsillo interior del abrigo. Blanco, sin membrete, sellado con una cinta roja que parece casi ceremonial. Me lo tiende, y por un segundo no lo tomo, porque algo en mi estómago me dice que en el momento en que mis dedos toquen ese papel, algo en mi vida va a cambiar de forma irreversible.
—No quiero eso —digo.
—No le estoy preguntando si lo quiere.
Lo dice sin alzar la voz, sin ninguna amenaza evidente en el tono, y eso es precisamente lo que hace que se me erice la piel. Los hombres que gritan dan miedo. Los hombres que no necesitan gritar dan terror.
Tomo el sobre. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí, la parte que pasó los últimos cuatro días sin dormir intentando entender por qué mi padre corría cinco kilómetros cada mañana y aun así su corazón decidió fallarle a los cincuenta y un años, necesita respuestas más de lo que necesita seguridad.
—¿Qué es esto?
—Léalo cuando esté sola.
—Dígame ahora.
Dante Moretti me mira durante un largo segundo, como si estuviera decidiendo algo, sopesando una balanza que yo no puedo ver.
—Su padre le debía a mi familia tres millones de euros —dice al fin—. Una deuda de hace quince años que nunca terminó de pagar. Y ahora que él no puede saldarla, alguien tiene que hacerlo.
El aire se me queda atrapado en el pecho.
—Eso es imposible. Mi padre era restaurador de arte. No tenía... —Me detengo, porque de pronto recuerdo la casa de dos plantas en el Vomero que nunca terminé de entender cómo pagaba con su sueldo, los viajes a Ginebra de los que nunca hablaba con detalle, la carpeta que arrancó de mis manos hace años con una furia que no encajaba con el hombre tranquilo que me enseñó a mezclar pigmentos.
—Tres millones —repite él, como si necesitara que el número se me quedara grabado—. Con intereses, quizás algo más.
—Yo no tengo ese dinero.
—Lo sé.
—Entonces no sé qué espera de mí.
Dante Moretti inclina levemente la cabeza, y por primera vez desde que se acercó, sus ojos se desvían hacia un punto detrás de mí. Sigo su mirada y encuentro a Matteo, todavía con el teléfono en la mano, ajeno por completo a la conversación que está decidiendo su futuro sin que él lo sepa.
Algo helado me recorre la espalda.
—No —digo, antes de que él diga nada más—. Mi hermano no tiene nada que ver con esto.
—Su hermano tiene diecisiete años y va al Liceo San Lázaro todas las mañanas a las ocho, sale a las dos, y los martes se queda hasta las cuatro por el club de ajedrez. —La voz de Dante sigue siendo tranquila, casi amable, y es eso, precisamente, lo que la vuelve insoportable—. Sé mucho sobre las rutinas de las personas, señorita Rosales. Es parte de mi trabajo.
—¿Me está amenazando?
—Le estoy informando. —Da un paso atrás, como si la conversación ya hubiera terminado, como si no quedara nada más que decir—. Dentro de ese sobre hay una dirección y una fecha. Tiene cuarenta y ocho horas para presentarse allí y discutir cómo va a saldar la deuda de su padre. Si no lo hace, tendré que asumir que no le importa lo que le pase a su hermano mientras él continúa con esa rutina tan predecible.
—Esto es una locura. Voy a llamar a la policía.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa real le cruza el rostro, breve y fría como el filo de un cuchillo.
—Hágalo. Pregúnteles cuánto tardaron en cerrar la investigación sobre la muerte de su padre. Pregúnteles por qué.
No respondo. No puedo. Las piezas empiezan a encajar en mi cabeza de una forma que no quiero que encajen: el fallo cardíaco repentino en un hombre sano, la investigación que se cerró en tres días, la prisa por enterrarlo antes incluso de que llegara la lápida.
—Cuarenta y ocho horas —repite Dante Moretti, y luego se da la vuelta y camina hacia los otros dos hombres, que lo siguen sin una palabra hacia un coche negro estacionado más allá de la verja del cementerio.
Me quedo ahí, con el sobre en la mano, sintiendo el peso del papel como si fuera de plomo. Matteo levanta la vista de su teléfono, por fin, y me mira con esa expresión de quien nota que algo va mal pero no sabe qué.
—¿Quién era ese?
Miro el sobre. Miro la cinta roja, todavía intacta, todavía sellando lo que sea que va a cambiar nuestras vidas en cuanto la rompa.
—No lo sé —miento—. Nadie.
Pero mientras lo digo, ya estoy rompiendo el sello, y dentro solo hay dos cosas: una dirección en el corazón del centro histórico de Nápoles, y una fecha que empieza a contar desde este mismo momento.
Cuarenta y ocho horas.
Y por primera vez desde que murió mi padre, entiendo que su muerte no fue el final de algo.
Fue el principio