La oficina huele a cuero y a café frío, y llevo desde las seis de la mañana mirando la misma carpeta sobre el escritorio sin abrirla, como si el papel dentro pudiera cambiar de contenido si lo ignoro el tiempo suficiente.
No cambia. Nunca cambia.
Giovanni Rosales, 51 años. Deuda original: 1.800.000 euros. Con quince años de intereses acumulados según los términos que él mismo firmó: 3.100.000 euros. Estado del deudor: fallecido hace cuatro días. Causa oficial: paro cardíaco. Causa real: pendiente de confirmación, aunque yo ya sé la respuesta y no me hace falta que nadie me la confirme.
—Vas a gastar el papel de tanto mirarlo —dice Sasa desde la puerta, con esa costumbre suya de entrar sin llamar que llevo diez años sin conseguir corregirle.
—¿Alguna novedad de Ferretti?
—Confirma que fue el corazón. Sin marcas, sin rastros, nada que apunte a otra cosa. —Sasa se deja caer en la silla frente a mí, la misma silla donde se ha sentado desde que teníamos veinte años y él seguía convencido de que algún día conseguiría hacerme reír de verdad—. Lo cual, para que conste, no significa que no lo hayan matado. Solo significa que quien lo hizo sabía lo que hacía.
—Los Caruso no tienen ese nivel de sutileza.
—No. Pero conocen gente que sí.
Cierro la carpeta. No necesito volver a leerla. Llevo quince años con esos números grabados en algún lugar de la memoria, desde la noche en que mi padre firmó el acuerdo con Giovanni Rosales y yo, con catorce años, escuché desde las escaleras cómo mi padre le explicaba los términos: protección a cambio de silencio, silencio a cambio de una lealtad que Rosales prometió con la misma facilidad con la que rompió después.
Silencio que no sirvió de nada la noche en que Enzo murió.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta Sasa, y hay algo en su voz, una cautela que solo usa conmigo cuando sabe que estoy a punto de tomar una decisión que no le va a gustar.
—Cobrar la deuda.
—Rosales está muerto, Dante. No puedes cobrarle una deuda a un cadáver.
—No voy a cobrársela a él.
Sasa se queda callado un momento, y veo cómo las piezas encajan en su cabeza con la misma velocidad con la que encajan en la mía. Diez años trabajando juntos hacen que a veces no necesitemos terminar las frases.
—Tiene una hija —dice al fin—. Y un hijo menor de edad.
—Lo sé.
—Dante.
—¿Qué?
—No es lo mismo cobrarle a un hombre que hizo un trato con los ojos abiertos que cobrarle a una cría que restaura cuadros para vivir y a un crío de diecisiete años que probablemente ni sabe que su padre tenía deudas con nosotros.
Me levanto y camino hacia la ventana. Desde aquí se ve todo el Vomero, las luces de la ciudad empezando a encenderse contra un cielo que todavía no ha decidido si va a llover. Nápoles nunca decide nada del todo; ni el cielo, ni la gente, ni las deudas que se supone que deben pagarse y que en cambio se dejan pudrir durante quince años hasta que alguien tiene que hacerse cargo del hedor.
—Rosales sabía en lo que se metía cuando aceptó el trato de mi padre —digo, sin darme la vuelta—. Sabía las condiciones. Y, aun así, cuando llegó el momento de cumplir su parte, decidió que su lealtad tenía un precio más bajo del que había prometido.
—Eso pasó hace quince años.
—Enzo lleva quince años muerto, Sasa. El tiempo no cambia lo que pasó.
Lo digo con más filo del que pretendía, y noto cómo Sasa se tensa ligeramente, aunque no dice nada. Es uno de los pocos hombres que conozco que sabe cuándo callarse, y es también uno de los pocos que se atreve a hablar cuando la mayoría preferiría morderse la lengua. Un equilibrio extraño que ha mantenido durante una década, y que probablemente es la única razón por la que sigue siendo el único hombre en quien confío sin reservas.
—¿Qué vas a hacer con la hija? —pregunta, con cuidado.
—Dejar que decida cómo va a pagar la deuda de su padre.
—¿Con qué? Has dicho tú mismo que restaura cuadros. No tiene tres millones de euros escondidos debajo del colchón.
—No necesito su dinero.
Sasa entiende antes de que yo termine de decirlo, y por la forma en que frunce el ceño sé que no le gusta lo que está entendiendo.
—La quieres aquí.
—Quiero que la deuda se pague. Si eso significa que ella pasa un tiempo bajo la supervisión de esta familia, mientras encontramos una forma de saldar la cuenta, es una solución razonable.
—Razonable —repite Sasa, con un tono que deja claro lo que piensa de esa palabra en mi boca—. Dante, escúchate. Vas a meter a una chica de veintitrés años en el Palazzo, sin que ella tenga ni idea de en qué mundo está entrando, para cobrarle una deuda que ni siquiera es suya.
—Es su herencia.
—Es la herencia de su padre. Ella no eligió nada de esto.
—Ninguno de nosotros elige lo que hereda.
Eso lo dejo ahí, flotando en el aire entre los dos, porque ambos sabemos que no estoy hablando solo de la deuda de Rosales. Sasa estuvo ahí la noche que murió Enzo. Sasa fue quien me sacó del almacén antes de que los hombres de mi padre llegaran a limpiar lo que quedaba de mi hermano, y sabe mejor que nadie lo que esa noche me convirtió: en el hijo que tenía que aprender rápido a no sentir demasiado, porque sentir demasiado era lo que había matado a Enzo.