Herencia Prohibida — La deuda

Cuarenta y ocho horas

No he dormido en dos noches, y el sobre sigue sobre la mesa de la cocina, exactamente donde lo dejé al volver del cementerio, como si con solo no tocarlo pudiera hacer que su contenido dejara de ser real.

Dirección: Via Chiaia, 47. Fecha: hoy. Hora: las siete de la tarde.

Han pasado treinta y una horas desde el funeral. Me quedan diecisiete para decidir si me presento en esa dirección o si llamo a la policía como dije que haría y descubro, de la peor manera posible, si Dante Moretti hablaba en serio sobre lo que le pasó a la investigación de mi padre.

—¿Vas a comer algo? —pregunta Matteo desde la puerta de la cocina, con la mochila del instituto todavía colgada de un hombro. Es martes. Club de ajedrez hasta las cuatro. Lo sé porque Dante Moretti también lo sabía, y esa idea —la de un desconocido conociendo la rutina de mi hermano mejor que muchos de nuestros parientes— me revuelve el estómago cada vez que la pienso.

—No tengo hambre.

—Llevas así desde el entierro.

—Estoy bien.

Matteo no me cree, y con razón: llevo mintiéndole desde que volvimos del cementerio, primero sobre quién era el hombre del sobre, después sobre por qué he estado revisando la cerradura de la puerta principal tres veces cada noche. Tiene diecisiete años, no siete, y sé que en algún momento va a dejar de aceptar mis medias verdades.

—¿Tiene que ver con papá? —pregunta, y algo en su voz me dice que él también ha estado atando cabos: los viajes a Ginebra, la casa que nunca terminamos de entender cómo pagábamos, la carpeta que nuestro padre guardaba bajo llave en un cajón que ninguno de los dos tuvo nunca el valor de forzar.

—No lo sé todavía.

—Val.

—De verdad, Matteo, no lo sé. —Y es la verdad más honesta que le he dicho en dos días—. Pero te prometo que, si hay algo que debas saber, te lo voy a decir.

Se queda mirándome un momento más, con esa expresión que ha heredado de nuestro padre, esa forma de fruncir apenas el ceño cuando algo no le convence del todo, y después se encoge de hombros y se va a su habitación. Escucho la puerta cerrarse, la música que pone bajito para no molestarme, y me quedo sola en la cocina con el sobre y sus diecisiete horas restantes.

Son casi las seis cuando llaman al timbre.

No espero a nadie. La tía Carla dijo que vendría el fin de semana, y el resto de la gente que conocíamos ha dejado de llamar desde el segundo día, como suele pasar con el duelo ajeno: al principio todos quieren ayudar, y después la vida de los demás sigue y la tuya se queda congelada en el momento exacto en que perdiste a alguien.

Miro por la mirilla y el corazón me da un vuelco tan fuerte que por un momento pienso que se me va a salir del pecho.

Es él.

Solo, sin los dos hombres del cementerio, vestido de negro otra vez, con las manos en los bolsillos del abrigo como si estuviera esperando pacientemente algo que sabe que va a pasar tarde o temprano.

Abro la puerta solo lo suficiente para que la cadena de seguridad quede tensa entre nosotros.

—Todavía no han pasado las cuarenta y ocho horas —digo, con más firmeza de la que siento.

—Lo sé. Pero usted no ha respondido, y quería asegurarme de que entendió correctamente los términos.

—Entendí perfectamente los términos. No pienso presentarme en ninguna dirección esta noche.

Algo cruza su expresión, algo tan breve que casi no lo registro: no es sorpresa, es más parecido a una especie de reconocimiento, como si esperara exactamente esta respuesta y ya tuviera preparado el siguiente movimiento.

—¿Puedo pasar?

—No.

—Señorita Rosales, lo que tengo que decirle no es apropiado para gritarlo a través de una cadena de seguridad.

—Entonces no lo diga. Váyase.

Empiezo a cerrar la puerta, pero su voz me detiene antes de que consiga hacerlo, y no es el tono lo que me paraliza, sino las palabras exactas que elige.

—Su hermano tiene club de ajedrez los martes hasta las cuatro. Hoy salió a las cuatro y diez, se detuvo en la gelatería de Via Toledo, y llegó a casa a las cuatro y cuarenta y cinco. Ahora mismo está en su habitación, con la puerta cerrada, escuchando algo que suena como rock italiano de los noventa a un volumen que probablemente no debería ser tan alto para no llamar la atención de los vecinos.

Se me hiela la sangre.

—¿Lo ha estado siguiendo?

—Le dije que sabía mucho sobre rutinas. No dije que fuera la única vez que iba a demostrarlo.

—Esto es acoso. Esto es...

—Esto es lo que pasa cuando alguien decide ignorar un plazo que se le concedió por cortesía —dice, y por primera vez su voz pierde algo de esa frialdad calculada, aunque no sabría decir si lo que aparece en su lugar es más peligroso o menos—. Quíteme la cadena de la puerta, señorita Rosales. Cinco minutos. Si después de escucharme sigue queriendo que me vaya, me iré, y volveremos a hacer esto de la forma menos cómoda para todos.

Debería negarme. Cada instinto racional que tengo me dice que cierre la puerta, que llame a alguien, que haga cualquier cosa menos dejar entrar en mi casa al hombre que acaba de demostrarme que sabe exactamente dónde está mi hermano en cada momento del día. Pero hay algo más fuerte que el instinto racional, algo que se parece más al terror puro de una hermana mayor que entiende, de golpe, que la única forma de proteger a Matteo es escuchando lo que este hombre tiene que decir.

Quito la cadena.

Dante Moretti entra despacio, sin prisa, mirando a su alrededor con una atención que no intenta disimular: el pasillo estrecho, las fotografías familiares en la pared, el olor a café que todavía queda de esta mañana. Es la primera vez que lo veo bajo una luz que no es la del cementerio, y noto cosas que antes no había notado: el cansancio bajo sus ojos, disimulado pero presente, y la forma en que sus manos, incluso quietas, parecen siempre listas para moverse.

—Bonita casa —dice, sin ningún tono particular, como si fuera una observación neutra y no una amenaza velada—. ¿Su padre la compró hace cuánto?




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