A las siete de la mañana ya tengo tres llamadas hechas y una lista de instrucciones para Renata que probablemente le va a parecer excesiva, aunque no diga nada al respecto. Nunca dice nada. Es una de las razones por las que confío en ella con los asuntos que no puedo confiarle a nadie más.
—El ala Este —le digo por teléfono, mientras reviso los planos del Palazzo extendidos sobre el escritorio, aunque los conozco de memoria desde que tenía diez años—. La habitación azul, la que da al jardín de los limoneros.
—Esa habitación no se usa desde que murió tu madre.
—Por eso mismo. Está lejos de las oficinas, lejos del ala donde reciben a los hombres, y tiene salida directa al jardín sin pasar por el vestíbulo principal.
Un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio que Renata usa cuando está calculando algo que no piensa decir en voz alta todavía.
—¿Va a quedarse mucho tiempo, esta chica?
—El tiempo que haga falta para resolver el asunto de la deuda.
—Ya veo.
No veo nada, pienso, pero no lo digo, porque discutir con Renata nunca termina de la forma que uno espera. Tiene sesenta y tres años y ha sobrevivido a tres generaciones de hombres Moretti tomando decisiones que ella consideraba imprudentes, y su forma de manejarlo nunca ha sido el enfrentamiento directo, sino ese silencio cargado de opiniones que decide no compartir hasta que resultan innecesarias.
—Prepara la habitación —digo, y cuelgo antes de que pueda añadir nada más.
Sasa entra diez minutos después, con dos cafés y una expresión que ya me dice que trae algo que no me va a gustar.
—Los papeles de traslado están listos —dice, dejando una carpeta sobre el escritorio, junto a los planos—. Firma aquí, aquí y aquí, y la casa de los Rosales queda bajo supervisión de seguridad durante el tiempo que la chica esté con nosotros. Sistema de alarma nuevo, dos hombres rotando en la calle, discretos.
—¿Por qué necesita seguridad la casa si ella ya no va a estar ahí?
—Porque el hermano sigue viviendo ahí.
Me detengo con el bolígrafo a medio camino del papel.
—El hermano se muda con ella.
—Ese no es el plan que me diste ayer.
—El plan cambió esta mañana.
Sasa me mira con esa expresión que reserva para los momentos en que sabe que estoy tomando una decisión sin explicarle del todo por qué, y espera, porque sabe que tarde o temprano voy a terminar de justificarlo, aunque no me lo pida directamente.
—Si el chico se queda en esa casa solo, es un punto débil —digo, aunque la explicación que estoy dando en voz alta no es exactamente la que tengo en la cabeza—. Cualquiera que quiera presionar a la hermana solo tendría que ir a buscarlo. Es más simple tenerlos a los dos bajo el mismo techo.
—O —dice Sasa, con ese tono que usa cuando quiere sonar casual y no lo consigue del todo— podrías estar pensando que, si el hermano se queda con ella, la chica tendrá menos razones para intentar escapar en mitad de la noche.
No respondo, porque las dos razones son ciertas y no tengo ningún interés en decir en voz alta cuál pesa más.
—Añade al hermano a los papeles —digo—. Que la escuela reciba el cambio de dirección hoy mismo. No quiero que nadie note nada raro en su rutina.
Sasa anota algo en la carpeta, y por un momento el silencio entre nosotros se llena solo con el sonido de su bolígrafo contra el papel. Cuando termina, se queda ahí, sin moverse, con esa quietud suya que siempre precede a una pregunta que no me va a gustar.
—¿Vas a estar en el Palazzo mientras ella está?
—Es mi casa, Sasa. Claro que voy a estar.
—No me refiero a eso, y lo sabes.
Vuelvo a mirar los papeles, firmo la primera línea sin leerla del todo, aunque conozco su contenido de memoria.
—No es asunto tuyo dónde decido pasar mis noches.
—Es asunto mío cuando la persona en cuestión es la hija de un hombre que le debía tres millones de euros a esta familia, y que ahora va a vivir bajo tu techo mientras tú decides cómo vas a cobrarte esa deuda.
Firmo la segunda línea. La tercera. Cierro la carpeta.
—Voy a cobrarme la deuda —digo, con más frialdad de la que en realidad siento—. Eso es todo lo que va a pasar.
—Claro.
—Sasa.
—No he dicho nada.
Se levanta, recoge la carpeta, y se detiene en la puerta con una última mirada que no necesita palabras para transmitir exactamente lo que está pensando. Cuando se va, me quedo solo con los planos del Palazzo todavía extendidos sobre el escritorio, la habitación azul marcada con un círculo que hice sin darme cuenta hace un rato, y una sensación incómoda en el pecho que llevo intentando ignorar desde el momento en que salí de la casa de los Rosales ayer por la noche.
No debería importarme cómo se sintió ella cuando le expliqué las condiciones. No debería quedarme pensando en la forma en que su voz tembló, apenas, cuando mencionó a su hermano, ni en cómo consiguió mantener la compostura incluso cuando le expliqué, con toda la crudeza necesaria, lo que pasaría si se negaba.
Pero me quedé pensando en eso. Toda la noche.
A media mañana, mientras superviso los últimos detalles del traslado, recibo una llamada que no esperaba.
—Don Moretti. —La voz al otro lado tiene ese acento marcado de la vieja guardia, alguien que lleva demasiados años en este negocio como para molestarse en sonar amable—. Soy Vittorio Caruso.
Me tenso, aunque no dejo que se note en la voz.
—Vittorio. Hace tiempo que no hablábamos directamente.
—Cierto. Pero me llegan noticias interesantes desde el otro lado de la ciudad. Algo sobre una deuda vieja, la familia Rosales, una hija que de repente se muda al Palazzo.
Las noticias viajan rápido en Nápoles, más rápido de lo que a mí me gustaría, y hay solo un puñado de personas que sabían los detalles de este arreglo hace menos de veinticuatro horas. Alguien ha hablado. La pregunta es quién, y por qué a los Caruso les interesa lo suficiente como para que Vittorio en persona se moleste en llamarme.