Belinda
—Corre.
—¡Eso estoy intentando! Ni siquiera me he puesto los zapatos —dije, jadeando.
—Esto es tu culpa.
—¿Mi culpa? —pregunté, ofendida.
—Sí, tu culpa por hacerme ver una serie entera y luego dormir solo una hora.
Ayer, después de la cena con los Salas, Aurora y yo nos vinimos a mi casa. Le propuse buscar alguna serie y encontramos una que nos atrapó tanto que terminamos dejándola a la mitad, solo para darnos cuenta de que nos quedaba apenas una hora de sueño. Y aquí estamos, corriendo como locas para llegar a clases a tiempo.
—Yo en ningún momento te obligué —bufé.
—Pero diste la idea —dijo, rodando los ojos—. Vamos, Belu, corre y ponte los zapatos en el auto.
—¿Y quién va a manejar?
—Obviamente, esta princesa —dijo, señalándose.
—No dejaré que lleves mi coche.
—¿Por qué dejas que Nico maneje tu auto y a mí no? —bufó Aurora.
—Porque él sí sabe manejar.
Salimos de mi habitación. Llevaba mis zapatos en las manos, intentando bajar las escaleras sin tropezar y terminar rodando hasta abajo. Bajamos lo más rápido que pudimos y, al escuchar ruido en la cocina, nos dirigimos hacia allí para ver quién lo estaba haciendo.
—¿Mamá?
—Cielo —dijo mi madre con una sonrisa—, el desayuno está listo.
Miré lo que había preparado: huevos revueltos y otras cosas más. Siempre hacía mis comidas favoritas, y amaba eso de ella.
—Mamá, es tarde, no podremos desayunar —dije, haciendo un puchero.
Mi mamá comenzó a reírse, y eso me hizo dudar un poco. ¿Qué la estaba haciendo reír?
—¿De qué te ríes? —pregunté.
—Cariño, son las 6:30. Tienen casi una hora y media antes de que entren a clases —rio—. Me imaginé que iban a ver series y decidí adelantar una hora los relojes de la casa. Y como ustedes son tan despistadas, ni siquiera han revisado la hora en sus móviles.
Empecé a buscar mi teléfono en mi pantalón y, claramente, eran las 6:30 de la mañana, y nosotras pensando que estábamos llegando tarde a clases.
Choqué mi mano contra la frente al darme cuenta de lo despistadas que éramos Aurora y yo, sin notar que en realidad todavía era temprano.
—Siéntense y dejen de estarse lamentando por no haberse dado cuenta antes —dijo mi mamá, riendo.
Desayunamos las tres juntas y luego me despedí de ella para ir a clases, porque esta vez sí se nos estaba haciendo tarde. Pasamos por Nicolás y nos fuimos directo al instituto; era nuestro primer día, y no quería entrar.
Realmente me pone un poco nostálgica estar aquí. Por más que siga caminando por estos pasillos, en mi cabeza pasan imágenes recordando los momentos que tuve con Paulo; es como si pudiera escuchar mi corazón quebrarse poco a poco con cada recuerdo.
Siempre me imaginé este día totalmente diferente: pensando que él iba a estar a mi lado, creyendo que este año sería “nuestro año”, imaginando que juntos entraríamos agarrados de la mano, siendo la pareja más feliz del mundo.
Realmente es como si estuviera en un lugar extraño para mí. Miro a mi alrededor y siento que estoy gritando, pero nadie me escucha ni me observa; solo es mi imaginación, mi mente jugándome una mala pasada para arrastrarme de nuevo al agujero del que he tratado de salir.
Seré fuerte, seré valiente y afrontaré las cosas como siempre lo he hecho, con la cabeza en alto, haciendo como si nada pasara, aunque por dentro mi alma y todo mi ser estén cayendo poco a poco y sin poder recuperarse.
Nicolás y Aurora seguían hablando mientras yo solo observaba mi entorno. Miraba a mi exnovio siendo feliz con su actual pareja —bueno, al menos aparentaba ser feliz—, y eso apretaba aún más mi corazón.
Justo estaban frente a mi casillero, abrazados y besándose. Ella es la chica con la que Paulo me engañó; una de las más bonitas de todo el instituto, y todo el mundo babea por ella… hasta Nicolás lo hizo en un momento.
Es ahora cuando vienen más preguntas a mi cabeza: ¿Qué hice mal? ¿En qué me equivoqué? ¿Tengo culpa de que lo nuestro haya terminado? Tantas preguntas, pero ninguna respuesta llega; es como gritar y que nadie te escuche.
—Iré a mi casillero, espérenme en la clase —dije.
—¿Estás segura, Belu? —preguntó Aurora—. Sabes que no me importa acompañarte.
—Estoy segura —sonreí.
Con un nudo en la garganta, seré fuerte y no dejaré que mis amigos me vean así. No ellos, que han velado por mi bienestar; no debo permitir que esto me lastime. Con toda la fuerza, suspiré y me dirigí a mi taquilla, sin importar las personas que estén ahí.
—¡Oh! Mira, ha llegado la basura al instituto. No me sorprende encontrarte —dijo Paola—. Por si no lo sabías, la basura pertenece afuera.
—¿Qué quieres? —pregunté, molesta.
—¡Oh, puedes hablar! —dijo, fingiendo estar asombrada—. Pensé que no lo hacías.
Paola Ríos, la actual pareja de Paulo, es una de las más populares del instituto. Su padre es uno de los hombres más adinerados de la ciudad, y eso la hace aún más influyente.
Observé a Paulo y a Eric; tenían algunos moretones en la cara y los brazos. Sí que fue fuerte esa pelea.
—Querida Belinda —dijo Camila, la mejor amiga de Paola—. Ocultaste muy bien tu golpe. ¿Cuánto maquillaje te pusiste?
—No sé de qué estás hablando —dije, seca.
—No te hagas la loca que no te da —dijo Paola—. ¿Crees que no se hizo viral la pelea que tuvieron Paulo y Eric con Nicolás y otro chico? ¿De dónde lo sacaste, Montclair?
Abrí mi taquilla y traté de ignorarlos. ¿Por qué me molestaban tanto? ¿Qué lograban con eso? ¿Lastimarme más? Pues claro que lo hacían, y no me gusta darles la satisfacción de saber que sí me lastiman. Cerré la puerta de mi taquilla y di media vuelta, ignorando a las personas que estaban casi a mi lado.
Paola me jaló fuerte del brazo, haciéndome retroceder.
—Te estoy hablando, idiota, y no me gusta que me ignoren.
—Suéltame —dije, jalando mi brazo—. ¿Qué quieres? ¿No te cansas de joderle la vida a los demás?