Andy
—¿Qué hubiese pasado entre Belinda y yo si no hubiesen llegado los chicos? ¿Nos habríamos alejado… o realmente íbamos a darnos un beso?
Mierda. Mierda. Mierda.
¿Cómo es posible que no pude haberla besado? ¿Cómo dejé ir esa oportunidad?
Debí haber estado concentrado, pero… ¿Y si ella me hubiese rechazado?
Estoy frustrado, enojado, nervioso, y siento millones de sensaciones que ni siquiera puedo explicar en este momento.
¡Iba a besar a Belinda!
Estamos todos en el comedor, hablando entre nosotros, mientras yo no dejo de pensar en lo que pudo haber sucedido con Belinda minutos antes.
Desde que llegaron los chicos, ella no ha dirigido su mirada hacia mí y tampoco me ha dicho absolutamente nada. Me siento tan incómodo al pensar que, por mi culpa, ahora ella también se siente así conmigo.
Mi mente está llena de un millón de cosas y ni siquiera puedo pensar con claridad. Aprieto los puños sobre la mesa, haciendo que mis nudillos se vuelvan completamente blancos, y golpeo la superficie con fuerza, provocando que todos posen su atención en mí.
—Mierda —digo al sentir la energía acumulada en mis puños, con ganas de golpear algo aún más fuerte.
—Andy, ¿qué te pasa? ¿Te sientes bien? —pregunta Martina, y noto la preocupación en su rostro.
—Estoy bien —respondo, frustrado—. Solo… necesito salir a tomar aire.
Me levanté de la silla lo más rápido posible y dejé toda la comida. No sé qué es lo que me está pasando, ni siquiera sé por qué estoy reaccionando así.
Belinda es una gran chica, y eso que solo la conozco desde hace unos días, pero mi corazón late como loco cada vez que estoy a su lado. Jamás en mi vida me había sucedido algo así, y vaya mierda cómo me estoy sintiendo.
Estoy en el patio, con los ojos cerrados, respirando aire fresco. No puedo descontrolarme por esto; no por algo que ni siquiera pasó y por lo que estoy actuando como un paranoico.
Escucho la puerta detrás de mí abrirse, y luego unos pasos que avanzan despacio, casi con miedo.
—Andy, ¿te sientes bien? —pregunta Belinda.
Me giro y quedamos casi frente a frente, aunque ella se mantiene un poco alejada de mí.
—Estoy bien, Belinda —suspiré—. No te preocupes por mí.
—Sí, debo preocuparme por ti —dijo, acercándose un poco más—. ¿Es por lo que casi pasó hace rato, verdad? —apretó los labios.
Solo bajé la mirada; no podía verla a los ojos y decirle lo emocionado que estaba por realmente besarla, que desde el día en que la vi en el coche llamó mi atención y que, poco a poco, me está gustando.
Ella se acercó despacio hasta quedar frente a mí. Era como si solo existiéramos nosotros dos en ese momento; como si los chicos no estuvieran en el comedor esperándonos, como si ese instante fuera únicamente nuestro, sin importar nada más.
Poco a poco, ella se puso de puntillas y tomó mi rostro entre sus manos. Sus ojos se enfocaron en los míos y sonrió de una manera tan hermosa que me dejó sin aliento. Había un brillo especial en su mirada, como si yo fuera un tesoro que recién estaba descubriendo.
—Sabes, Andy —dijo en un susurro—, una vez que haga esto, espero que no se pongan incómodas las cosas entre nosotros.
Cerró los ojos y se acercó un poco más a mí. Corté el espacio que existía entre nosotros y, finalmente, nuestros labios se encontraron en un beso tierno, pero cargado de tantos sentimientos que parecía que todo explotaba entre los dos.
La sujeté con fuerza por la cintura sin romper el beso. Ella deslizó sus manos hasta mi cuello y, joder… Belinda besaba increíblemente bien; tanto que no quería soltarla nunca.
Nos separamos apenas por falta de aire. Aun con los ojos cerrados, apoyamos nuestras frentes una contra la otra. Abrí los míos y la vi recuperar el aliento antes de abrir esos hermosos ojos color café que me tenían completamente perdido.
—Besas demasiado bien —murmuré.
Ella sonrió apenas antes de que volviera a robarle otro beso, esta vez más intenso, con más adrenalina y menos miedo que el anterior.
—Tú también besas bien —susurró entre besos.
Otra vez el aire nos obligó a detenernos. Nos quedamos así durante unos segundos, abrazados, mirándonos a los ojos. Esa conexión silenciosa que estaba naciendo entre nosotros, solo a través de la mirada, era algo tan real y fascinante que me dejó claro que nada volvería a ser igual.
De pronto comenzaron a escucharse aplausos y silbidos. Eran nuestros amigos, de pie en la puerta, observando la escena con total tranquilidad.
—Vamos, parejita, sigan dando espectáculo —dijo Diego entre carcajadas.
—Cállate —respondí, levantándole el dedo medio sin ningún remordimiento.
—Yo sabía que algo estaban escondiendo ustedes dos —añadió Martina, entrecerrando los ojos con una sonrisa triunfante.
Volví a centrar mi atención en Belinda y noté cómo sus mejillas se teñían de rojo por la vergüenza. Estaba hermosa, incluso así, incluso nerviosa.
—Váyanse todos —dije con firmeza—. Necesito un momento a solas con mi chica.
—¿Tu chica? —repitió Belinda, alzando una ceja, sorprendida.
—Así es —respondí encogiéndome de hombros.
Me incliné hacia ella y le robé un beso rápido, seguro, sin importar nada más.
En ese instante entendí que ya no había vuelta atrás. Todo estaba cambiando y, por primera vez, no me daba miedo. Esto era nuestro. Solo nuestro.
Y agradecí al destino por haber puesto en mi camino a esa hermosa chica de ojos café que ahora sonreía frente a mí.