Belinda
Era un día lluvioso, demasiado para mi gusto, aunque yo no tenía poder alguno sobre el clima. Caminaba por la calle rumbo al instituto, tarareando mi canción favorita a través de los audífonos, mientras la lluvia caía sin piedad. Me sentía usada, vacía, triste de una forma que jamás había experimentado. Las palabras que Paola me dijo el día anterior seguían persiguiéndome, clavándose en mi mente como una herida abierta.
“Esta es tu recompensa. Jamás pensamos que lo lograrías. ¿Cómo aguantaste tanto tiempo con Montclair? Claro, te importó más el dinero de la apuesta que sus sentimientos.”
Sus carcajadas retumbaban en mi cabeza una y otra vez, como si el momento se repitiera sin descanso. De pronto, la escena cambiaba: estaba en el parque, caminando de la mano de Andy, sonriendo como si nada doliera.
—Te amo, Montclair —dijo antes de besarme y salir corriendo sin mirar atrás.
Comencé a correr, tan rápido como pude, conteniendo la respiración. Llegué hasta la entrada principal del instituto, rodeada de estudiantes que caminaban con prisa por los pasillos, vestidos con ropa nueva, ajenos a mi tormenta.
Avancé lentamente hacia mi casillero, hasta que la escena frente a mí hizo que mi corazón se rompiera en mil pedazos.
Andy y Paola se besaban con desesperación, como si el mundo estuviera a punto de acabarse. Las risas comenzaron a rodearme. Sentía miradas, dedos señalándome, burlas que se clavaban en mi piel. Una vez más, estaban dando su espectáculo frente a mí. Poco a poco se separaron, y entonces la mirada de Andy se encontró con la mía. Ya no era el gris cálido que solía conocer.
Era un gris distinto. Frío. Como el cielo antes de una tormenta. Su mirada me recorrió como hielo puro, provocándome escalofríos, como si estuviera frente a un glaciar que congelaba la sangre en mis venas.
—Belinda, querida, creo que ya quedó claro que mi relación con Andy no tiene por qué ocultarse —dijo Paola con una sonrisa cruel. Sacó algo de su bolsillo y se lo entregó a Andy—. Esto es por tu gran esfuerzo, amor.
Le dio un beso breve y luego me miró.
—Volví a ganar, Montclair, y siempre lo haré. Tú solo eres mi sombra. Nada más que eso.
Las risas estallaron a mi alrededor. Un nudo insoportable se apoderó de mi garganta, y las lágrimas comenzaron a caer sin control, una tras otra, como una lluvia interminable.
Me quedé paralizada mientras todos me rodeaban, riéndose, lanzando palabras que perforaban mi mente:
“Patética.”
“No sirves para nada.”
“Le pasó lo mismo con su ex.”
“Nadie la soporta.”
Cada comentario resonaba como un susurro cruel directamente en mi oído.
Era el mismo sueño.
El mismo recuerdo.
El mismo momento.
El mismo lugar.
El mismo miedo.
La misma chica.
La misma apuesta.
La misma inseguridad.
La misma herida que aún no sanaba por completo.
—¡AHHH! —grité con todas mis fuerzas.
Abrí los ojos de golpe. Estaba en mi habitación. El reloj marcaba la una de la madrugada. Todo había sido un sueño… o más bien, una pesadilla. Mi corazón latía con tanta fuerza que apenas podía respirar. La puerta se abrió de inmediato y mi madre entró corriendo, con el rostro lleno de preocupación.
—¿Estás bien, mi bebé? —preguntó tomando mi mano—. Escuché tu grito y vine lo más rápido que pude.
—Estoy bien, mamá —respondí con una sonrisa débil—. Solo fue una pesadilla.
—Sabes que puedes contarme lo que quieras, cariño —dijo acariciando mi mejilla—. No te presionaré, habla cuando te sientas lista.
Se apartó lentamente, pero la detuve sujetando la manga de su pijama.
—Mamá… —susurré—. No me dejes sola, por favor.
—¿Qué pasa, cariño? Me estás asustando.
—Soñé con el día de la apuesta… pero esta vez era Andy —confesé en voz baja.
—¿Te sientes insegura de lo que él siente por ti?
—No lo sé —bufé—. Todo es demasiado extraño.
—Ven, mi amor —dijo sentándose a mi lado. Me acurruqué contra ella—. Lo que sientes es normal. Yo también me sentí así cuando pasó lo de tu padre. Créeme, sé muy bien lo que es la inseguridad que ahora te invade.
La miré de reojo. Su mirada estaba perdida en algún rincón de la habitación.
—Mamá… ¿Aún quieres a mi papá?
El silencio llenó el espacio. Un suspiro largo fue lo único que escuché. Pasaron unos minutos antes de que hablara.
—Tal vez puedas llamarme masoquista si quieres —dijo finalmente—, pero sí, aún lo quiero. Tal vez ya no lo amo como antes, pero cada vez que estoy contigo lo recuerdo todo. Los momentos que compartimos de jóvenes, el día de mi boda… jamás me sentí tan hermosa con un vestido blanco. Cuando supe que estabas en mi vientre, tu papá fue la persona más feliz del mundo. Tú eres mi mitad, y la otra mitad de él. Cuando naciste, no nos separábamos ni un segundo; éramos una pequeña familia perfecta.
—¿Cómo hiciste para superar todo eso? —pregunté.
—Tú me ayudaste —respondió con suavidad—. Siempre fuiste y serás mi motivo para levantarme cada mañana y enfrentar cualquier problema. Muchas veces quisiera meterte en una burbuja para que nadie pudiera lastimarte —acarició mi brazo—, pero la vida me recuerda que hay dolores que debes vivir.
—¿Para volverme débil?
—Claro que no —negó—. Para que cada vez que la vida te tire al suelo, te levantes el doble de fuerte, sin importar la tormenta que tengas encima.
—¿Qué hago, mamá?
—Habla con él. Dile lo que sientes. Necesitas saber qué tipo de relación tienen, y si no hay comunicación, no hay futuro. Pero antes de todo, ponte a ti primero. No repitas los errores de tu relación pasada.
—No sé qué decirle… ni siquiera sé qué somos —admití.
—Entonces habla con él lo antes posible —me besó la cabeza—. Descansa, cariño. Mañana tienes clases y no debes desvelarte por esto.
—Gracias, mamá. Eres mi superhéroe —sonreí.