Belinda
¿Qué es la inseguridad?
Podría darte miles de ejemplos, porque las inseguridades cambian con el tiempo y dependen del momento que estés viviendo.
—¿Qué haces cuando sientes que la otra persona ya no muestra interés por ti? —preguntó Karla, con la voz cargada de duda.
—¿Por qué lo dices? —respondió Martina.
—Siento que ya no hay interés en nuestro noviazgo.
—¿Has hablado con él? —pregunté.
—Aún no —resopló Karla—. No sé cómo decírselo.
—Es sencillo —intervino Aurora—. Dile lo que sientes y traten de solucionarlo entre ustedes.
—¿Desde cuándo te sientes así? —preguntó Martina.
—Desde hace unas semanas —respondió Karla, apretando los labios.
—¿Y tú qué opinas, Belinda? —me preguntó Aurora.
—Es algo que deben hablar ustedes dos —me encogí de hombros—. Necesitas saber de dónde viene el desinterés y enfrentarlo con calma.
—No necesitas ir al psicólogo, ya eres uno —bromeó Martina.
—Belinda moriría de hambre si se dedicara a eso —rio Aurora.
—Cuando tenga mi consultorio, tú no serás bienvenida —dije sacándole la lengua como una niña.
—Bueno… ¿Y tú cómo vas con Andy? —preguntó Karla, cambiando de tema.
—Normal, supongo —respondí—. Nuestra relación aún no es oficial.
—¿Cómo que no es oficial? —preguntó Martina, sorprendida—. ¿No te ha pedido que seas su novia?
—No… que yo recuerde, no —mordí mi labio inferior—. Nunca lo ha hecho.
—¿Es cierto eso? —preguntó Karla mirando a Aurora.
—Claro que sí —respondió—. ¿Por qué Belinda mentiría sobre algo así?
—No decimos que mienta —intervino Martina—, pero llevan casi dos meses actuando como una pareja.
—Nos estamos conociendo —dije en voz baja.
—Sus bocas se están conociendo —bromeó Aurora con una sonrisa pícara—, no ustedes.
—Bueno, sí… nos besamos y todo, pero no sé —bufé—. No quiero presionarlo para saber qué somos.
Todas me miraron como si hubiera dicho algo absurdo.
—¿Hablas en serio? —preguntó Karla.
—Lo correcto es que le preguntes de una vez qué son —dijo Martina—. No puedes seguir jugando a algo que no tiene nombre.
—Tu mente cree que es mejor no preguntar —añadió Aurora—, pero tu corazón necesita una respuesta.
—Solo estoy confundida —murmuré.
—¿Aún quieres a tu ex? —preguntó Martina.
—No de la misma forma —respondí—. El problema siento que soy yo.
—¿Cuál es tu inseguridad? —preguntó Karla.
¿Cuál es mi mayor inseguridad en una relación?
Que me mientan, como lo hicieron antes. Que me engañen. Que me lastimen de la misma manera.
Sé que no todas las personas son iguales. Sé qué hay quienes aman de verdad. Pero las inseguridades se quedan, crecen con nosotros. Inseguridad al caminar, al hablar, al expresarnos, al intentar algo nuevo, incluso al amar.
Es como si el miedo y la inseguridad caminaran siempre de la mano. Cada vez que quieres intentar algo, aparecen esas voces internas: “No lo lograré”, “no soy suficiente”, “no me veo bien”.
—Tengo miedo de que me pase exactamente lo mismo otra vez —confesé en un hilo de voz.
—Tengo miedo de que mi relación sea más costumbre que amor —dijo Karla.
—Tengo miedo de no lograr lo que realmente quiero —añadió Martina.
—Tengo miedo de nunca ser suficiente para nadie —susurró Aurora.
Todos cargamos inseguridades. Es un peso constante. Hay días en los que te sientes bien contigo mismo y otros en los que el espejo se convierte en tu peor enemigo.
Esas voces internas aparecen cuando menos lo esperas, recordándote todo lo que crees que no eres.
Muchas de nuestras inseguridades nacen desde muy pequeños: por la forma en que nos hablan, cómo nos juzgan, cómo critican nuestra ropa, nuestra manera de ser, nuestros hábitos. La sociedad crea estereotipos de cómo debería ser una mujer o un hombre “perfecto”, cuando la verdadera perfección está en ser uno mismo, incluso con miedos e imperfecciones.
Cargamos palabras que no son nuestras: que no somos capaces, que no llegaremos lejos, que no merecemos ciertas cosas. A veces hacemos cosas solo para agradar a otros, para recibir un poco de afecto, cuando jamás debería ser así.
Y tú, que estás leyendo esto:
Eres capaz de lograr lo que deseas. De ponerte ese vestido o ese pantalón que tanto te gusta. De cumplir tus sueños, de crear, de tener tu propio espacio. Todo llega cuando te eliges a ti primero.
Lucha. Vive. Disfruta. Aprende. Equivócate. Inténtalo una y otra vez.
Cada mañana, mírate al espejo y recuerda que nadie más tiene tu rostro, tu cuerpo, tu esencia. Nadie puede comprarte ni reemplazarte.
Si quieres que alguien te valore, empieza por hacerlo tú.
Si quieres que alguien te ame, ámate primero.
Si quieres confiar en alguien, confía en ti.
Haz que tu felicidad dependa de ti, no de otros. Arréglate para ti. Vive para ti. Deja atrás ese peso que cargas en los hombros y dile a tus miedos que ya no tienen poder sobre ti.
Y cuando la inseguridad vuelva —porque a veces vuelve— recuerda todo lo que has superado, todo lo que has logrado, incluso cuando nadie más lo ve.
Ámate. Sonríete frente al espejo.
Y no olvides nunca que las inseguridades no te controlan: tú decides qué lugar ocupan en tu vida.