Belinda
¿Qué es una cicatriz?
Podemos verla desde dos perspectivas. La primera es la más evidente: la cicatriz que aparece en la piel. Esa que surge tras una caída en la infancia, una operación, un accidente. Son marcas visibles que llevamos en el cuerpo y que nos recuerdan momentos específicos, buenos o malos, hasta que con el tiempo se atenúan o desaparecen.
—Belu, necesito que me acompañes —dijo Aurora.
—¿A dónde?
—Quiero despejarme un poco… me siento muy estresada.
—Está bien, vamos.
Y entonces surge la segunda perspectiva, la que no se ve a simple vista.
—No sé qué me pasa —suspiró Aurora—. Intento hacer todo bien, pero mis padres nunca están conformes. Cada vez que hago algo que me gusta, solo ven lo malo.
Estábamos en el parque de la ciudad, acostadas sobre el césped, mirando las nubes moverse lentamente entre la sombra de los árboles.
—Sientes que nunca eres suficiente para ellos —respondí—. Que, por más que hagas, jamás alcanza.
—Es como una herida constante en el pecho —susurró—. Cada vez que no creen en mí, siento que no soy capaz de lograr nada.
El silencio se instaló entre nosotras. Pensamientos distintos, misma conclusión: las cicatrices del alma.
Las cicatrices del alma son las más dolorosas. No se ven, no se curan con cremas ni desaparecen con el tiempo. Son pesos invisibles, como cadenas atadas al cuerpo que arrastramos durante años, hasta que un día decidimos cortarlas.
Muchas de esas cicatrices nacen en casa. En palabras que duelen más de lo que deberían: críticas a nuestra forma de vestir, a nuestras amistades, a nuestros sueños. Frases que escuchamos desde pequeños: “No sirves para nada”, “Eres una pérdida de tiempo”, “Si te esforzaras más, serías como él”. Palabras que se clavan y se quedan.
—Siento algo muy feo en el pecho, Belu —dijo Aurora en voz baja—. Intento arreglarlo todo, pero no puedo… siento que no lo voy a lograr.
—Claro que lo lograrás —le respondí suavemente—. Solo necesitas creer más en ti y soltar todo lo que no te pertenece.
¿Tengo cicatrices en el alma? Claro que sí. Más de las que me gustaría admitir. Son recuerdos que mi mente reproduce una y otra vez, como si tuviera un reproductor que no sabe detenerse.
Pero llega un momento en el que debes liberarte. Hacer las paces contigo y con quienes te lastimaron. No puedes vivir toda la vida arrastrando una cadena tan pesada. Si alguien te dañó física o emocionalmente, perdona —no por ellos, sino por ti— y sigue adelante.
Si alguien te rechazó, sanarás. El mundo está lleno de personas, y algún día llegará alguien capaz de hacerte sentir todo de nuevo, incluso perder la cordura.
Todos llevamos cicatrices en el cuerpo y en el alma. Algunas duelen, otras enseñan. Pero recuerda: has sido fuerte. Has luchado. Has sobrevivido.
Cada mañana te levantas intentando reparar una herida más. Intentas mejorar tu vida, aunque el peso aún esté ahí. Pero levántate, sigue adelante y demuéstrale al mundo que tus cicatrices no te definen.
¿Sabes qué es el perdón?
Un día, en clase de literatura, la maestra nos pidió escribir un poema dedicado a alguien a quien quisiéramos pedir perdón.
Muchas veces nos disculpamos por cosas que no hicimos. Pedimos perdón solo para mantener la paz, aunque no seamos culpables. En la vida conocerás personas a las que no les importará cómo te sientes, solo cómo se sienten ellas.
Avanza a tu propio ritmo. No te dejes engañar ni influenciar por quienes solo buscan hacerte daño.
Pídete perdón a ti primero. Por permitir que te lastimaran. Por callar cuando no eras el problema. Porque si no te perdonas a ti, de nada sirve pedir perdón a los demás.
Libérate del rencor. Deja descansar tus hombros del peso que cargas.
—Belinda, pasa al frente y léenos tu poema —dijo la maestra.
Suspiré.
—Será un poco largo…
Querida Belinda:
Quiero pedirte perdón y hacer las paces contigo. No merecías ni la mitad de lo que viviste, pero gracias a eso aprendiste a ver la vida de una forma distinta. Recuerda siempre que quienes te hirieron no lo hicieron porque tú fallaras, sino porque ellos tenían sus propias heridas.
Perdóname por permitir que te pisotearan. Por callar cuando debiste hablar. No olvides nunca que tú no pierdes a las personas: ellas te pierden a ti.
El camino estará lleno de espinas, pero eres fuerte. Cada vez que te mires al espejo, recuerda tu valor. Recuerda que eres hermosa tal y como eres, sin importar tu ropa o tu reflejo.
Ama. Sonríe. Disfruta. Baila. Llora. Vive.
Haz todo lo que desees, porque algún día entenderás que el tiempo no espera.
Quiero verte feliz.
Y deseo, con todo mi corazón, que sanes cada cicatriz que guardas dentro de ti.