Belinda
Nueve meses atrás…
¿Qué es la compasión?
Una vez escuché —y también leí— que nunca se debe estar con alguien por compasión, sin importar la situación o el problema que haya atravesado. Esa idea se quedó grabada en mi mente.
—Belu… —susurró Aurora.
—Creo que está completamente perdida en sus pensamientos —dijo Nicolás burlándose.
—Estoy pensando —respondí sin mirarlo.
—Vaya, ¿puede pensar? —añadió con sarcasmo.
—No la molestes —dijo Aurora, dándole un pequeño golpe en la cabeza—. ¿Qué tanto piensas?
—¿Alguna vez han estado con una persona solo por lástima o compasión, y no porque realmente la quieran? —pregunté.
Ambos guardaron silencio. Se miraron entre ellos y luego me observaron a mí. Ese tipo de silencios siempre me asfixiaban; nunca lo decía en voz alta, pero sabía que mi rostro lo delataba todo.
—¿Por qué lo preguntas, Belinda? —preguntó Aurora con cuidado.
—Tal vez Paulo estuvo conmigo por compasión —susurré—. Tal vez nunca me quiso… quizá solo le di lástima, como siempre.
—No digas eso —dijo Aurora acercándose a mí—. Paulo es un imbécil que jamás supo valorarte. Pero nadie, escúchame bien, nadie anda contigo por compasión. Mírate, eres hermosa —sonrió con ternura y acomodó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja—. No debes sentirte así.
Pero la pregunta seguía ahí, clavada en mi mente como una herida que el tiempo no lograba cerrar.
¿Alguna vez te has sentido insuficiente para alguien?
Yo sí. Me sentía nada. Como si hubiera sido una marioneta más en mi propia vida. Lo que creí que era amor, no lo fue.
Llegó la noche y los pensamientos se volvieron insoportables. Mis inseguridades susurraban en mi oído sin descanso. No estaba en paz conmigo misma; me sentía abrumada, rota.
—Eres demasiado hermosa —me decía Paulo mientras apartaba un mechón de mi cabello—. No sé qué hice bien para tenerte a mi lado.
—Te amo, mi niña —sonreía antes de besarme con dulzura—. Perdón si me pongo cursi, solo tú logras eso en mí.
—Pase lo que pase en nuestros caminos, siempre serás el amor de mi vida —decía besando mi frente—. Gracias por mejorar todo en mí.
Esos recuerdos me asaltaban cada noche antes de dormir. Ya no podía contenerlo más. El dolor en mi pecho era desgarrador.
¿Por qué me mintió?
¿Por qué me engañó?
¿Por qué jugó conmigo cuando lo único que yo quería era amar de verdad?
Fui una tonta por permitir que me lastimara así. Pero creí en él. Creí que nuestra historia sería como las de los libros y las películas que prometen que el amor verdadero existe.
El amor sí existe.
Yo solo lo busqué en la persona equivocada.
Tomé mi teléfono de la mesa de noche. Eran las doce y media de la madrugada. Estaba llorando cuando una llamada hizo que mi corazón se acelerara de golpe. Era él. Dudé durante varios segundos… hasta que contesté.
—Hola, Belinda —su voz me recorrió el cuerpo como una herida abierta.
—Hola —respondí apenas en un susurro.
—¿Cómo estás? —suspiró—. Perdón por llamarte a esta hora, pero estoy frente a la plaza a la que siempre íbamos los fines de semana.
Me quedé en silencio. No sabía qué decir. No quería llorar; no quería darle ese poder.
—Soy un imbécil, un egoísta —continuó—, pero aún te amo. Nadie me hará sentir como tú lo hiciste. Conoces mi lado bueno y el malo —tragó saliva—. Perdóname… vuelve conmigo, mi niña.
Entonces me quebré. Lloré. Todo en mí ardía al escuchar su voz. Sus besos, sus abrazos, las miradas, la conexión que creímos tener… todo volvió como pequeños fragmentos rompiéndome por dentro.
—¿Estuviste conmigo por lástima? —pregunté—. ¿Sentiste compasión por mí?
Su respuesta terminó de romperme… pero también me dio claridad.
—Me dio lástima saber que nunca habías tenido un amor —susurró—. Nadie se había fijado en ti… creí que era mi oportunidad. Me diste lástima.
—Eso era lo único que necesitaba saber —respondí con un dolor imposible de describir—. Te deseo lo mejor. Por favor, no me llames nunca más.
Colgué.
Miré el techo de mi habitación y entendí que todo había sido una mentira. Que la única que se ilusionó fui yo. Lloré una vez más, hasta quedarme sin lágrimas, hasta que el cansancio me venció y pude dormir.
Actualidad
Estaba acostada en el césped del patio de mi casa, observando el cielo oscurecerse lentamente. Los atardeceres se habían convertido en mi refugio, en una calma que buscaba cada tarde.
Mi vida había cambiado. Había aprendido cosas que antes me negaba a ver. Cada mañana me miraba al espejo y me reconocía diferente.
Meses atrás creía que la gente me decía cosas bonitas por lástima. Pensaba que no valía nada. Me compadecía de mí misma, sin darme cuenta de que yo era quien se cerraba a creer en su propio valor.
Aprendí que valía demasiado. Y que yo tenía el poder de cambiar la forma en que me veía… y en que me veían.
—Hola, pequeña —dijo Andy acercándose—. Sabía que te encontraría aquí.
—Hola, guapo —respondí sonrojándome—. Siéntate conmigo.
Tomó mi mano y se sentó a mi lado.
—¿Te he dicho lo hermosa que te ves hoy? —sonrió.
—No, pero gracias —sonreí de vuelta.
Besó el dorso de mi mano.
—Me encanta, verte así de feliz. Tu sonrisa es perfecta.
Miré sus ojos grises, brillaban de una forma que jamás había visto. Andy había sido un rayo de sol en mi vida, y agradecía al destino haberlo puesto en mi camino.
—Andy… —susurré—. ¿Sientes lástima por mí?
—¿Por qué dices eso? —frunció el ceño—. ¿Crees que me fijé en ti por compasión?
—No lo sé… solo curiosidad.
Se acercó lentamente, su voz junto a mi oído.
—Si de algo siento lástima —susurró— es de no haber llegado antes a tu vida para librarte de un amor innecesario. Te mereces un amor sano, indestructible… y espero poder dártelo, si me lo permites.