Andy
—Andy —susurró Martina a mi lado.
—¿Qué pasó, Martina? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Ehm… —tomó un mechón de su cabello y lo colocó detrás de su oreja. Ese gesto siempre significaba que estaba nerviosa.
—Te noto muy tensa —entrecerré los ojos—. ¿Qué pasa? —volví a preguntar, dejando el lápiz sobre la mesa para poder verla bien.
—Mamá está en la ciudad —susurró—. Hace una semana que está aquí.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté, aún más sorprendido.
—Pues… —resopló— fue a la oficina de papá y me enteré porque su secretaria me lo dijo.
—Esto es demasiado extraño —murmuré, apretando los labios.
Nos encontrábamos en la sala de la casa, cada uno concentrado en los trabajos de clase. Las vacaciones estaban cerca y, por lo mismo, los profesores nos presionaban con demasiado trabajo.
—Lo sé… creí que tú ya lo sabías —apretó los labios—, pero por tu reacción, claramente no.
Iba a responder cuando la puerta principal se abrió. Al alzar la vista, vi entrar a mi papá junto a mi mamá. Me puse de pie de inmediato y observé cómo Martina se tensaba aún más. Algo no estaba bien, sobre todo al ver la expresión de mi papá.
—¿Me puedes explicar qué haces aquí, mamá? —pregunté.
—¿Así vas a saludar a tu madre, Andrés? —dijo alzando una ceja con desprecio—. Sabes que no puedes faltar al respeto.
—¿Papá, me explicas tú o debo adivinar? —pregunté, molesto.
—Martina, puedes ir a tu habitación ahora mismo, por favor —pidió mi papá, mirándola con seriedad.
Cuando ella comenzó a levantarse, claramente confundida, hablé:
—No. Tú te quedas —dije con firmeza—. Lo que me vayan a decir, ella también tiene derecho a escucharlo.
—Andrés, esta no es la crianza que se te ha dado —replicó mi mamá, molesta—. Respeta las decisiones que toma tu padre. Si él no quiere que esté tu hermana aquí, respeta.
Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Mis sentidos estaban demasiado alertas para mi gusto, y eso no me agradaba en absoluto.
—Andy —comenzó a hablar mi papá—, tu mamá quiere que regreses con ella.
—¿Están bromeando, verdad? —pregunté con sarcasmo—. Papá, dime que solo estás bromeando.
—¿Por qué tu padre haría una broma de eso, Andrés? —intervino mi mamá con disgusto—. Haz tus maletas, tomaremos un vuelo mañana mismo.
—Deben estar bromeando… —reí con nerviosismo—. No me voy a ir de aquí, mamá.
—¿Por qué no te quieres ir? —preguntó arqueando una ceja—. ¿Es por esa niña de la que tienes un capricho?
—¿Crees que lo que siento por Belinda es un simple capricho? —arqueé una ceja.
—No me interesa cómo se llame —replicó—. Solo necesito que hagas tus maletas porque mañana mismo nos vamos —ordenó.
—No —respondí, cruzándome de brazos—. No me voy a ir de aquí, y menos contigo.
—Andy, no le hables así a tu madre —me reprendió mi papá.
—No, papá. Es que ella no es mi dueña. No soy un juguete que pueden mover de un día para otro porque no se deciden con la custodia —dije, cada vez más molesto.
Mi mamá se tocó el puente de la nariz. Sabía que hacía eso cuando comenzaba a perder la paciencia.
—Andrés, toma tu maleta y vámonos. No me hagas perder el tiempo ni la paciencia —ordenó de nuevo.
—No me iré contigo —suspiré—. No dejaré solos a Martina ni a papá. Mucho menos dejaré a Belinda y a mis amigos. Lo siento, mamá, pero esta vez no te haré caso.
—No empieces con niñerías —bufó—. Ya me has causado suficientes problemas.
—¿Te causé problemas? —reí con ironía—. Vaya madre… Si tanto soy tu problema, ¿por qué quieres que regrese? ¿Para seguir arruinándome la vida como antes? ¿Para demostrarle a papá que aún tienes poder sobre él? ¿O para fingir ser buena madre frente a tus amistades cuando abandonaste a tu hija menor? —señalé a Martina, que sollozaba en el sillón—. ¿O para que escuche cómo cada noche metes a un hombre diferente en tu cam—
No terminé la frase. Mi mamá me abofeteó.
—No soy tu amiga, soy tu madre y me debes respeto —escupió, señalándome con rabia.
—Andy, cálmate —pidió mi papá, tomándome del brazo—. Bea, creo que deberías retirarte de mi casa.
—No me iré. Esta también es mi casa, les guste o no —respondió ella.
—¿Tu casa? —bufé—. Después de todo el daño que le hiciste a esta familia, ¿crees que tienes derecho a decidir por nosotros? Le fuiste infiel a papá sabiendo cuánto te amaba y aun así te aprovechaste de eso.
—Andy, por favor… —rogó mi papá, pero ya no podía callar.
—Solo has sabido destruir esta familia —susurré con un nudo en la garganta—. Has causado tanto dolor que asfixia. Te crees con el derecho de doblegarnos, pero ya no más. Mira a tu alrededor —extendí el brazo hacia Martina—. Mira a tu hija, cuánto te necesitó y tú solo la trataste como un estorbo, igual que a mí. ¿Alguna vez pensaste en ella? ¿En el dolor de alguien más que no seas tú? Cuando te miro, solo veo el infierno en llamas.
Ella me observó indiferente, fría, sin humanidad.
—¿Terminaste tu drama? —preguntó cruzándose de brazos—. De mí aprendiste que no se debe tener sentimientos. Eso es basura.
—De ti aprendí que existen personas que hacen que todo a su alrededor parezca basura —suspiré—. Pero la encontré a ella, y me demostró que el amor sí existe.
—¿Me vas a decir que estás enamorado? —se burló—. Por favor, eres solo un niño.
—¿Cuál es el problema de que esté enamorado? —pregunté—. ¿Te molesta que sea feliz con alguien que realmente me ama?
—Solo veo a un niño que no sabe lo que quiere —bufó.
—Tal vez para ti no valga nada —la miré fijamente—, pero para papá, Martina y para ella, valgo demasiado. Y eso es lo único que me importa. Puedes irte, Bea. No te quiero volver a ver ni en mi vida ni en esta casa. Ya no soy un niño y no te necesito.
—Haz lo que quieras —dijo, tomando su bolso.
Al mirar hacia la puerta, vi a Belinda y a mis amigos, completamente sorprendidos.