Heridas

Capítulo 28

Belinda

Nueve meses atrás...

¿Qué es el amor propio?
Es el amor que te tienes a ti misma; es mirarte al espejo y, sin importar cómo sea tu apariencia, amarte y admirarte. Es buscar siempre hacer las cosas por tu propio bien y por tu propio gusto.

Es elegirte y ponerte en primer lugar antes que a los demás. Entender que tú eres tu prioridad, porque nadie más que tú velará por tu bienestar y tu amor. Es saber elegir y aprender que no todo en la vida será bueno, y que aun así deberás lidiar con cada cosa que suceda en tus días.

Estaba llorando mientras me duchaba y me preguntaba por qué había aceptado estar así. Perdí mi brillo, mi estabilidad —tanto física como psicológica—, mi amor propio y mi felicidad. Era como si me hubieran arrancado una gran parte de mí desde el momento en que me di cuenta de que absolutamente todo había sido una mentira.

Me sentía una completa basura, algo desechable. Como una pelota de ping-pong rebotando de un lado a otro. Me sentía inútil, alguien que solo estaba quitándole oxígeno a alguien que realmente lo necesitaba.

Escuchaba su risa, su voz. Sentía sus manos recorriendo cada parte de mi cuerpo, sus susurros en mi oído, sus besos sobre mis labios. Y solo deseaba que, estando bajo el agua, todo recuerdo desapareciera de una vez por todas.

Tomé una toalla y la enrollé alrededor de mi cuerpo. Busqué otra para envolver mi cabello y poder peinarlo con calma. Luego fui hasta el armario y elegí la ropa más vieja que tenía, porque realmente no tenía ganas de arreglarme, y menos con el caos que llevaba en la cabeza. Observé mis manos y noté que el esmalte de mis uñas estaba viejo y desgastado, pero en el estado en el que me encontraba ni siquiera tenía fuerzas para levantarme por voluntad propia.

Cuando me miré al espejo, solté un sollozo tan fuerte que sentí cómo mi alma se partía en pedazos. Mi piel estaba demasiado pálida, mis ojeras más marcadas. No me gustaba lo que veía. Veía a otra persona.

Esa no era yo. La chica frente al espejo era alguien completamente distinta, alguien rota, alguien perdida… pero no era yo.

Por última vez ese día lloré, entendiendo que la principal culpable de cómo me encontraba era yo misma. Nadie más. Y en ese momento algo hizo clic dentro de mí: no podía permitir que esto siguiera afectándome. Tenía que levantar la cabeza, como ya lo había hecho antes.

Busqué un short y una camiseta de tirantes. Tomé el secador para acelerar el secado de mi cabello y luego la plancha para alisarlo un poco más. Saqué mi esmalte de uñas favorito, un algodón y acetona para remover el color viejo, que ahora me parecía horrendo.

Me enfrenté de nuevo al espejo. Y esta vez, esa era yo.

Sonreí, porque amaba lo que veía. Acepté lo que era y lo que estaba volviendo a ser. Prometí que la chica que se fue hace un rato no regresaría.

—Perdóname, pequeña… no te merecías esto —susurré al reflejo, con los ojos llenos de lágrimas.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos mientras limpiaba una lágrima rebelde.

—Hola, mi niña, acabo de llegar a casa —dijo mi mamá sin mirarme aún—. Traje tu helado y tu comida favorita para que tal vez podamos ver una película juntas.

Levantó la cabeza y me observó.

—Mi amor, te ves hermosa —se acercó y me dio un beso en la frente—. ¿Qué motivó este cambio? —preguntó, un poco emocionada.

—No lo sé, mamá —suspiré—. Hace un rato era un desastre, y ahora estoy tratando de mejorar un poco.

—Me encanta lo que veo —dijo, y noté cómo sus ojos se humedecían—. Me alegra saber que estás volviendo a ser tú.

—Es que… —me tomé unos segundos antes de continuar— necesitaba recuperarme. Necesitaba volver a mí —sentí un nudo en la garganta—. Esta soy yo, mamá. Tenía que pedirme perdón.

Ella tomó mis manos y me sonrió con la dulzura que siempre la caracterizaba. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas; sabía que esta conversación iba a ser difícil, demasiado para ambas.

—Mírate, mi amor… me recuerdas mucho a mí a tu edad —dijo en un hilo de voz, y sentí que mi pecho iba a explotar—. Conocí a tu padre, el hombre que fue el amor de mi vida, y al que agradezco porque gracias a él te tengo a ti —acarició mi mejilla y sonrió con nostalgia—. Yo también estuve llena de miedos e inseguridades, como tú ahora.

—Mamá…

—Déjame terminar —suspiró—. Él fue mi primer amor y siempre lo será. Creí que seríamos esa pareja de la que todo el instituto estaría hablando.

-Nos enamoramos desde el primer día y pensé que sería para siempre, pero la vida me demostró lo contrario —tragó saliva—. A veces, nuestros mayores errores nos enseñan a crecer. Aprendes que no todo es color de rosa…

-El día que me enteré de que tu papá me había sido infiel, sentí que una parte de mí se fue con él. Mi mundo se vino abajo, como si todo ocurriera en cámara lenta.

-Lo perdoné una y otra vez porque tenía miedo de perder mi estabilidad emocional. Dependía demasiado de él para darme cuenta de que no estaba haciendo lo correcto —susurró—. No seas como yo. Levanta la cabeza, mi amor. Eres demasiado valiosa y debes entenderlo por ti misma. No repitas mi historia.

Salió de mi habitación dejándome completamente en pausa. Me miré una vez más al espejo y aprecié todo lo que era.

Entonces, mi teléfono vibró anunciando un nuevo mensaje, y decidí abrirlo.

Paulo:

-Te amo Belinda, regresa conmigo, por favor

Me miré nuevamente en el espejo y escuché otra vez la voz de mi madre diciéndome lo que tenía que hacer.

:Belinda

No tengo que regresar contigo porque tú me lo digas, ya no caigo en tus mentiras.

He aprendido a quererme, así que déjame en paz.

Con el teléfono en mis manos y comienzo a sentir una sensación de satisfacción en mí y eso ya era algo bueno.



#6086 en Novela romántica
#2287 en Otros
#93 en No ficción

En el texto hay: novelajuvenil, amorpropio, autosuperacion

Editado: 10.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.