Belinda
Diez años después...
He leído tantas historias de amor que solo lo relacionan con parejas o romances, pero esta vez mi historia de amor fue conmigo misma.
A lo largo de mi vida he aprendido mucho, tanto de lo bueno como de lo malo que he logrado y vivido como experiencia.
Estoy en mi oficina, tomando un café mientras reviso unos documentos sobre un contrato de mi negocio, cuando el golpeteo en la puerta interrumpe mi concentración.
—Adelante —dije con voz firme.
—Señorita Montclair, el señor Walker está esperando su aprobación para el nuevo proyecto que están desarrollando juntos —informó Bella, mi asistente.
—Dile al señor Walker que esta tarde tendremos una reunión para hablar del tema —respondí—. Que, por favor, no falte, es importante.
—Está bien, señorita. Le avisaré —dijo antes de salir de la oficina.
¿No entienden nada, verdad?
Déjenme resumirles un poco lo que ha pasado durante todo este tiempo.
Después de graduarme, decidí estudiar Gerencia y Comercio Internacional en la universidad, con la intención de ayudar a Rubén y a mi mamá a expandir el negocio a diferentes zonas de la ciudad.
Nicolás y Aurora siguen siendo mis mejores amigos de toda la vida. Durante la universidad, solo Nicolás se separó de nosotras al estudiar en otra institución, pero jamás perdimos el contacto.
Mi mamá y yo seguimos siendo igual de unidas que siempre. Ella estuvo conmigo en cada momento de quiebre, cuando no sabía qué rumbo tomar en mi vida.
Con Karla y Diego mantengo comunicación constante. Incluso, todo el grupo nos reunimos una vez al mes para ponernos al día. Dentro de tres meses conoceremos a su hija. Karla quedó embarazada poco después de casarse, y jamás los había visto tan felices como ahora, esperando a su pequeña.
Martina tiene una oficina aquí en la empresa, aunque no haya estudiado nada relacionado con esto. Almorzamos juntas casi todos los días y, a veces, incluso la ayudo a escaparse un rato del trabajo.
Sé que se estarán preguntando… ¿Qué pasó con Andy?
Seguimos siendo novios hasta que entramos a la universidad, pero el tiempo y la distancia nos separaron. Ambos conocimos a otras personas. Sin embargo, seis años después, cuando nos reencontramos, retomamos nuestra relación sin ningún problema.
Y cada vez que miro mi mano izquierda, sonrío como una tonta enamorada.
—¿Por qué tan sonriente, futura señora Salas? —preguntó Andy entrando a mi oficina.
—Estaba recordando el día en que me pediste matrimonio —respondí sonriendo.
Hace cinco meses, durante una cena, Andy me pidió matrimonio de la forma más romántica que pude imaginar. Se subió a una mesa del restaurante y comenzó a cantar una canción que jamás había escuchado. El personal de seguridad empezó a perseguirlo y él salió corriendo, tomándome de la mano mientras yo intentaba quitarme los tacones porque no podía correr bien.
Llegamos a un parque donde estaban mi mamá, Rubén y nuestros amigos, con flores y un enorme cartel. Entonces apareció frente a mí, se arrodilló y me dio el anillo. Les juro que lloré como nunca.
Recuerdo que antes de irnos a la universidad, cuando pasamos vacaciones en una cabaña, me dio un pequeño anillo en forma de corazón y prometió que algún día lo cambiaría por uno de matrimonio. Aún lo sigo usando, sabiendo que cumplió su promesa.
—¿Cenamos hoy? —preguntó acercándose para darme un beso suave.
—Siempre y cuando no nos persiga otra vez el personal de seguridad —reí.
—Te espero a las ocho, mi amor —tomó mi mano izquierda y la besó.
Cuando salió de la oficina, continué trabajando en los documentos para la reunión.
Si hace diez años alguien me hubiera dicho que estaría al frente de esta empresa y a punto de casarme, me habría reído. Superé todos mis miedos, todas mis inseguridades. Fueron años de lucha conmigo misma, especialmente cada vez que me miraba al espejo.
He aprendido demasiadas lecciones a lo largo de mi vida. Pronto cumpliré 28 años y, cuando pienso en el hogar que formaré con Andy, prometo enseñarles a mis hijos a no dejarse afectar por las personas, como me ocurrió a mí en mi juventud.
A Paulo lo vi varias veces en el campus universitario. Lo último que supe de él fue que embarazó a Paola y a otra chica al mismo tiempo. Fue un escándalo: ambas lo enfrentaron en un evento universitario y hasta salió en el periódico.
Hoy, cuando me miro al espejo, sigo viendo ojeras por no dormir bien, mi cabello corto o largo siempre despeinado, mi cuerpo cambiando con el tiempo, y mis ojos color café, esos que tanto le gustan a Andy.
Y aun así, me amo.
Recuperé mi amor propio después de mucho tiempo y esfuerzo. Tenía a mi mamá, amigos de verdad y a alguien especial que me hacía sentir bien conmigo misma. Todo cambió cuando comencé a ponerme en primer lugar. Las terapias me ayudaron a entender que mi autoestima era baja y que debía trabajar en ello.
Mis inseguridades fueron perdiendo fuerza. Aprendí a alejarlas cuando intentaban volver y a retomar el control de mis emociones.
Mejoré muchos aspectos de mi vida. Adquirí nuevos hábitos, hice listas de propósitos y cada logro me hacía sentir una persona nueva.
Esta es mi historia de amor propio.
De reconciliación.
De despedidas necesarias.
De crecimiento.
Conocí, amé, aprendí, sufrí, reí, disfruté, lloré, canté, grité y sentí cada emoción posible.
No apagues tu luz por nadie.
Y si la vida te tira al suelo, levántate más fuerte cada vez.
Sé tú. No finjas ser alguien más.
Y si a alguien le molesta cómo brillas, que se tape los ojos.
Ámate con todas tus imperfecciones, porque ellas te hacen perfecta a tu manera.
Hoy, con la cabeza en alto y las manos en el pecho, puedo decir que mis heridas han sanado por completo.
• Fin •