Heridas del Destino

CAPÍTULO 1 “La noche que lo cambió todo”

La lluvia comenzó exactamente a las once con cuarenta y tres de la noche.

Valeria siempre recordaría eso.

No porque mirara el reloj.

Sino porque fue el instante exacto donde su vida dejó de pertenecerle.

El automóvil avanzaba rápidamente por la carretera vacía mientras las gotas golpeaban el vidrio con violencia.

Dentro del coche nadie hablaba.

El silencio era demasiado pesado.

Demasiado roto.

Valeria observaba las luces borrosas de la ciudad a través de la ventana mientras intentaba ignorar el nudo en la garganta que llevaba horas creciendo dentro de ella.

Su madre lloraba en silencio en el asiento delantero.

Y su padre…

su padre no dejaba de apretar el volante como si quisiera destruirlo.

—Papá… —susurró Valeria finalmente.

Pero él no respondió.

Ni siquiera la miró.

Eso fue lo que más miedo le dio.

Porque Arturo Montenegro jamás ignoraba a su hija.

Jamás.

Un trueno estremeció el cielo.

El automóvil giró bruscamente hacia una carretera secundaria rodeada de árboles oscuros.

Valeria frunció ligeramente el ceño.

—¿A dónde vamos?

Su madre soltó un pequeño sollozo.

Y entonces Arturo habló por primera vez en toda la noche.

—Lejos.

Solo eso.

Lejos.

Valeria sintió el corazón acelerarse.

Porque no entendía qué estaba pasando.

Horas antes todavía estaban en la enorme mansión Montenegro rodeados de invitados, periodistas y empresarios celebrando el aniversario de la compañía familiar.

Todo parecía perfecto.

Hasta que llegaron los policías.

Hasta que comenzaron los gritos.

Hasta que escuchó una palabra que cambiaría todo:

Fraude.

Valeria cerró lentamente los ojos recordando el caos.

Los flashes de las cámaras.

Los empleados mirando aterrados.

Su madre llorando.

Y Alejandro…

Alejandro intentando acercarse a ella entre toda la confusión.

Sintió un dolor extraño en el pecho al pensar en él.

Porque apenas unas horas antes todo parecía sencillo.

Él había tomado su mano en secreto bajo la mesa durante la cena.

Y le había susurrado al oído:

“Cuando todo esto termine, voy a pedirte que te cases conmigo.”

Valeria todavía podía recordar la manera en que había sonreído.

Lo feliz que se sintió en ese instante.

Qué estúpida había sido.

El automóvil frenó de golpe.

Valeria abrió los ojos sobresaltada.

Habían llegado a una vieja cabaña escondida entre árboles gigantescos.

La lluvia seguía cayendo violentamente.

Arturo apagó el motor.

Y por un momento nadie se movió.

El aire dentro del coche parecía imposible de respirar.

Entonces Arturo finalmente volteó hacia ella.

Y Valeria sintió miedo de inmediato.

Porque jamás había visto a su padre así.

Derrotado.

—Escúchame bien, hija —dijo con la voz quebrada—. Pase lo que pase después de esta noche… tienes que ser fuerte.

El corazón de Valeria comenzó a golpearle con violencia.

—¿Qué está pasando?

Su madre comenzó a llorar todavía más fuerte.

Arturo cerró los ojos unos segundos antes de responder:

—Nos traicionaron.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

—¿Quién?

Arturo levantó lentamente la mirada.

Y lo que dijo después destruyó el mundo entero de Valeria.

—La familia De la Torre.

El aire abandonó sus pulmones.

No.

No podía ser.

Alejandro jamás haría algo así.

Jamás.

—Eso no es verdad —susurró inmediatamente—. Alejandro no…

—¡Alejandro sabía todo! —gritó Arturo golpeando el volante.

El silencio explotó dentro del automóvil.

Valeria sintió lágrimas llenar sus ojos inmediatamente.

Porque no quería creerlo.

No podía.

Alejandro la amaba.

¿Verdad?

Entonces…

¿por qué sentía tanto miedo de que su padre estuviera diciendo la verdad?

Arturo respiró pesadamente antes de sacar una carpeta del asiento delantero.

Documentos.

Fotografías.

Transferencias bancarias.

Firmas.

Pruebas.

Valeria observó el apellido “De la Torre” repetido una y otra vez sobre las hojas.

Y algo dentro de ella comenzó a romperse lentamente.

—Querían destruirnos —murmuró Arturo—. Y lo lograron.

La lluvia golpeó el techo con más fuerza.

Como si el mundo entero estuviera desmoronándose junto a ellos.

Entonces ocurrió.

Luces.

A lo lejos.

Aproximándose rápidamente entre los árboles.

Arturo levantó la cabeza de inmediato.

Y el miedo apareció en su rostro por primera vez.

—No… no puede ser tan rápido.

Su esposa comenzó a temblar.

—Arturo…

Pero él ya estaba saliendo del automóvil.

—¡Quédate aquí con tu madre!

Valeria abrió la puerta inmediatamente detrás de él.

—¡Papá!

El frío y la lluvia le golpearon el rostro violentamente.

Las luces se acercaban cada vez más.

Tres camionetas negras.

Demasiado rápido.

Demasiado cerca.

Arturo tomó a Valeria por ambos hombros.

Y por un instante… pareció a punto de llorar.

—Escúchame bien.

La lluvia corría por su rostro mezclándose con lágrimas reales.

—No confíes en nadie.

Las camionetas frenaron bruscamente frente a la cabaña.

Puertas abriéndose.

Hombres bajando.

Sombras moviéndose bajo la tormenta.

Y entonces Valeria lo vio.

Alejandro.

De pie bajo la lluvia.

Mirándola.

El corazón le dolió tanto que casi dejó de respirar.

Porque él también parecía roto.

Como si no quisiera estar ahí.

Como si hubiera intentado detener algo demasiado grande.

Valeria dio un paso hacia él.

—Alejandro…

Pero Arturo la sostuvo inmediatamente detrás de él.

—No te acerques a mi hija.

Alejandro levantó lentamente la mirada.




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