Salí hacia mi cuarto con el corazón dividido. Quería correr tras ella, consolarla, pero sabía que en ese momento necesitaba espacio. Me mordí el labio inferior, reprimiendo las ganas de volver sobre mis pasos. No me parecía justo lo que estaba ocurriendo. Paulina no merecía ese trato, y mucho menos de Kate, a quien consideraba su mejor amiga.
Suspiré, pasando una mano por mi cabello. Marcus era mi mejor amigo, sí, pero nunca me había dejado de lado como Kate lo estaba haciendo con Paulina. No era justo, y la impotencia me hervía en la sangre. ¿Desde cuándo el amor justificaba lastimar a los demás? No lo entendía, y quizá nunca lo haría.
De repente, el silencio de la casa se vio interrumpido por un ruido fuerte. Algo chocó contra la pared del cuarto de Paulina, luego otro estruendo, y otro más. Me tensé al instante. Sentí la ira bullir en mi interior.
-¿Estás feliz? -le solté de golpe a Kate. Mi voz resonó en la sala, logrando que todos me miraran con sorpresa. Ella levantó la vista, desconcertada. Me acerqué un poco más, sin importarme la tensión que llenó el ambiente-. Ella está mal por tu culpa. La ignoraste todo el maldito día solo por estar con Marcus. Es cierto, es tu mate, pero dejar de lado a Pau por él... Diosa, y se supone que son "amigas", o perdón, "hermanas del alma" -agregué con una ironía cortante-. Qué bueno que son eso, porque no quiero saber lo que le haces a tus enemigos.
Me levanté de la mesa con un golpe seco en la silla. Sentía la respiración agitada, los puños cerrados.
-Ni Marcus me dejó de lado para estar contigo, y lo conozco menos tiempo que tú a Paulina -rematé, observando cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero en ese momento, no me importó-. Me voy, no se me apetece estar aquí rodeado de hipócritas.
Sin esperar respuesta, me giré y subí las escaleras con pasos apresurados. Mi único pensamiento era llegar hasta Paulina.
Al llegar, toqué la puerta tres veces. No hubo respuesta. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Giré la perilla con cuidado y, para mi alivio, no tenía seguro. Abrí la puerta lentamente y me encontré con un escenario devastador.
El cuarto estaba destrozado. Ropa y objetos regados por el suelo, libros abiertos, algunas almohadas desgarradas. En una esquina, Paulina estaba acurrucada con los brazos rodeando sus piernas. Su cabello cubría parte de su rostro y respiraba de manera entrecortada.
-¿Qué haces aquí? -su voz era débil, temblorosa. Ni siquiera me miró.
-Vine a ver cómo estabas -dije, acercándome con cautela.
-Quiero estar sola -susurró. Se levantó lentamente, secando sus lágrimas con el dorso de la mano. Me miró con ojos enrojecidos y apagados-. Puedes retirarte...
-No me iré -declaré con firmeza. Sin pensarlo más, la envolví en mis brazos.
Ella se tensó al principio, pero poco a poco su cuerpo cedió contra el mío. Su respiración aún era errática, y su temblor se hizo más evidente.
-Si crees que me voy a suicidar -dijo con voz entrecortada, separándose apenas de mí-, puedes estar seguro de que no lo haré... Así que vete, por favor.
-Sé que no lo harás -aseguré con suavidad. Paulina suspiró y me dio la espalda. La volví a abrazar, apoyando mi barbilla sobre su cabeza-. Solo no quiero dejarte sola. Déjame hacerte compañía, por favor.
Por unos segundos, solo el silencio nos envolvió. Luego, sentí cómo asentía levemente y se giraba para abrazarme con más fuerza. Correspondí su gesto, sosteniéndola contra mí, como si pudiera absorber todo su dolor.
-Luego no trates de chantajearme con contarles a todos que estuve llorando en los brazos de mi "hermanito" -dijo, intentando sonreír.
-No lo haré -prometí, estrechándola más contra mí-. No dejaré que nadie te lastime. Así me tenga que enfrentar hasta al mismo Dios Todopoderoso, lo haré -susurré antes de besar su frente-. Eres muy importante para mí.
Paulina no respondió. Solo se aferró a mí y dejó que las lágrimas volvieran a fluir.
(...)
El amanecer llegó demasiado pronto. Sentí un peso en mi pecho y, al abrir los ojos, la vi dormida sobre mí. Sonreí sin poder evitarlo. No quise despertarla de inmediato, así que con cuidado me deslicé fuera de la cama y fui a la cocina.
Mi madre estaba allí, pero, para mi fortuna, no hizo preguntas. Solo me observó en silencio mientras preparaba el desayuno. Huevos revueltos con tocino, pan y café. Sabía que casi no tomaba café, pero hoy lo necesitaría.
Regresé al cuarto con la bandeja y la dejé en la mesita. Me acerqué a ella y la toqué suavemente en el hombro.
-Despierta -murmuré.
-No, quiero dormir -se quejó, volteándose de lado.
-Te hice el desayuno -insistí, con una leve sonrisa-. Ve a ducharte y luego veremos unas películas. No iremos a clases...
Ella entreabrió los ojos, bostezó y se restregó la cara con las manos.
-Ok -murmuró, su voz aún adormilada. Se veía tan tierna que mi corazón dio un vuelco-. Gracias por todo.
-No es nada -dije, revolviendo su cabello con cariño-. Voy a bañarme también. Vuelvo en treinta minutos. ¿Ok?
-Ok -respondió con un suspiro. Salí del cuarto con una sensación de alivio. Hoy, al menos, no estaría sola.
(...)
Cuando regresé, ella ya había elegido las películas. "Tres metros sobre el cielo" y "Tengo ganas de ti". No las había visto, pero si a ella le gustaban, seguro valdrían la pena. Me acomodé junto a ella en la cama, con un bol de palomitas entre nosotros. A medida que la película avanzaba, sentí que poco a poco su ánimo mejoraba. Aún no estaba completamente bien, pero al menos, por hoy, podía brindarle un poco de paz.
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Editado: 12.04.2026