Desperté en los brazos de Fabricio. Su calor envolvía mi cuerpo como un ancla, un recordatorio de lo que había sucedido la noche anterior. Sentí su respiración pausada contra mi cuello, y un estremecimiento recorrió mi piel. Traté de moverme, pero su brazo estaba firmemente aferrado a mi cintura, como si, incluso en sueños, temiera que me escapara.
Con esfuerzo, logré zafarme de su abrazo y me levanté con cuidado, asegurándome de no despertarlo. Caminé hacia el baño con el ceño fruncido, mi mente llena de preguntas sin respuesta.
-¿Cómo mierda terminé así? -murmuré al ver mi reflejo en el espejo, mi cabello despeinado y mi piel con rastros de su contacto-. Lo odiaba y ahora duermo con él... Agh, estas emociones me confunden. Creo que la Diosa Luna me está usando de experimento.
Suspiré pesadamente y me metí bajo el agua caliente, dejando que el vapor aliviara el torbellino en mi cabeza. Sentí el agua deslizarse por mi piel y cerré los ojos, tratando de aclarar mis pensamientos.
-Si que soy bipolar -reí sin ganas-. Solo no me gusta... y ahora, con más razón, lo atacarán a él.
La idea me incomodaba más de lo que quería admitir. No se trataba solo de que Fabricio fuera mi mate; había algo en él, en su manera de mirarme, que desestabilizaba mis certezas. Como si, de alguna manera, mi destino estuviera enredado con el suyo más de lo que estaba dispuesta a aceptar.
Cuando salí del baño, él seguía dormido. Me vestí con rapidez: un jeans rasgado negro, una camisa ombliguera del mismo color y una camisa celeste atada a la cintura. Mis botines negros resonaron levemente contra el suelo mientras me acercaba a la cama con una traviesa idea en mente. Tomé un vaso con agua y, sin pensarlo dos veces, se lo vacié en la cara.
-¡Joder! -Fabricio se incorporó de golpe, con los ojos desorbitados. Yo solté una carcajada.
-Ja, ja, qué graciosa -bufó, secándose la cara con fastidio.
-Apúrate, llegarás tarde a clases -dije, alejándome hacia la puerta-. Si mi papá pregunta, dile que tenía algo que hacer y que comeré algo en el instituto. Que no se preocupe.
-Espera... -lo escuché llamarme, pero ya había salido. Monté mi moto, me coloqué el casco y aceleré sin mirar atrás.
(...)
Al llegar al instituto, me estacioné y me quité el casco. Me puse una gorra y caminé directamente a mi casillero. Ahí estaba Kate, esperándome, recostada contra él. Llevaba un hermoso vestido negro mate con flores rojas en el vuelo, combinado con tacones negros de gamuza de cinco centímetros.
-¿Qué haces aquí? -pregunté, arqueando una ceja-. No eres de levantarte temprano, y menos para clases.
Kate sonrió con nerviosismo.
-Quería hablar contigo.
-Lo estás haciendo -respondí con indiferencia mientras sacaba un cuaderno de dibujo y unos lápices-. ¿Qué pasa?
Bajó la mirada y murmuró:
-Quiero que me perdones...
Mi estómago se encogió. Mierda, no me gustaba que hiciera eso, y ella lo sabía.
Levanté su rostro con mi mano, obligándola a mirarme.
-¿Qué te he dicho? Nunca bajes la mirada ante nadie -gruñí.
-Es que... Perdón. Mi loba tenía más control de mí y no me permitía separarme de él. Yo no quería...
Suspiré. Lo sabía. Siempre lo supe, pero dolía igual.
-Lo sé -murmuré-. Sabes que eres como una hermana para mí, pero pudiste haberme dicho algo. O al menos luchar con ella para que no me ignoraras. Sabes que no lo soporto... y menos cuando viene de alguien importante para mí.
Kate me abrazó con fuerza, como si temiera que me desvaneciera en el aire.
-Lo siento de verdad. Te lo prometo, voy a recompensarte.
Sonreí con picardía.
-Yo sé cómo.
Kate me miró con curiosidad.
-Hoy presentaré a mi mate a la manada. Quiero ver si lo aceptan como futuro luno.
Kate soltó una carcajada.
-Eso será un problema.
Reí con ella, pero en el fondo, la incertidumbre me calaba los huesos.
(...)
Después de hablar con Kate, subí a la azotea del instituto para dibujar. No podía quitarme de la cabeza la imagen que había soñado: una loba parecida a la mía, un lobo idéntico a Matt, el lobo de Fabricio y una pequeña cachorra recién transformada, observando la luna desde un acantilado. Pasé los dedos sobre el dibujo, sintiendo una extraña conexión con él. Era como si representara algo que aún no entendía del todo.
El timbre me sacó de mis pensamientos. Me levanté apresurada y bajé rápidamente. Antes de ir a mi salón, pasé por mi casillero para tomar mis libros. En ese momento, alguien rodeó mi cintura por la espalda. Mi instinto reaccionó antes que mi mente: primero un codazo, luego un derechazo. La persona cayó al suelo.
Me giré y, al ver quién era, abrí los ojos con sorpresa.
-Fabricio... -murmuré, agachándome junto a él-. Lo siento, son reflejos.
Él se sobó la cara con una mueca.
-Sí, lo merezco.
El timbre sonó de nuevo.
-¡Mierda, voy tarde! -me levanté de golpe, agarré mis cosas y salí corriendo. Antes de desaparecer de su vista, le grité-: ¡Lo siento, voy tarde, hablamos en el almuerzo!
Entré al salón justo a tiempo, con el corazón todavía latiendo con fuerza en mi pecho. La profesora venía entrando detrás de mí.
-Por un pelo de rana -bromeó.
Sonreí sin responder y fui a mi puesto, sintiendo que el día apenas comenzaba y ya estaba llena de emociones encontradas.
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Editado: 12.04.2026