Hermanastros ( I libros )

Capitulo 28 - Fabricio

Estoy saliendo del instituto cuando veo a Sora hablando con Paulina, esa escena me golpea más de lo que había imaginado. Mi mente rápidamente empieza a dar vueltas mientras me acerco a escuchar lo que están diciendo. Sora tiene esa mirada de superioridad, como si el mundo estuviera bajo sus pies, y Paulina, tan tranquila, como si no le importara lo que esa maldita pueda decir. Mi estómago se revuelca solo de pensar en lo que está pasando.

-¿Así? -escucho la voz de Sora, cargada de veneno, como si estuviera disfrutando cada palabra que decía. La sensación de que algo no va bien se intensifica en mí, y algo en mi pecho se rompe al recordar lo que sucedió entre Paulina y yo.

Ese día, cuando casi me rechaza al enterarse de que yo era su mate... cada vez que lo pienso, me siento estúpida. ¿Por qué? ¿Por qué me tiene que afectar tanto? No lo entiendo, pero ese pensamiento vuelve como un balde de agua fría, helándome por dentro.

"¿Por qué me molestan tanto esas palabras?" Me siento como si estuviera atrapada en un ciclo de dudas, como si una parte de mí deseara retroceder en el tiempo para cambiar la forma en que las cosas fueron, para no haberme dejado llevar por esa conexión que no pedí. Pero entonces, escucho la voz de Paulina, firme y decidida, y me doy cuenta de que no puedo cambiar el pasado. Solo puedo enfrentar lo que siento en este momento.

-¿Será porque lo amo? -la voz de Paulina resuena, sacándome de mis pensamientos. La escucho, y una gran sonrisa se forma en mi rostro. Es como si todo se alineara de nuevo, como si mi mente estuviera desordenada y ella, con esas simples palabras, me devolviera la claridad. Matt está ahí, aullando de felicidad dentro de mí, como si también reconociera la verdad en las palabras de Paulina. Sí, lo amo. Mi vida ha cambiado desde que lo conocí, y no puedo dejarlo ir, aunque una parte de mí me diga que podría ser mejor sin él.

Me quedo congelada, observando a Paulina, que parece estar desbordada por la furia, como si todo el peso de la situación la estuviera oprimiendo. Puedo sentir cómo su cuerpo se transforma, cómo la presión de la conversación la lleva a un punto de no retorno. Es como si estuviera perdiendo el control. Y entonces, como si todo fuera una película, ella se transforma, su cuerpo toma la forma de una bestia furiosa y se abalanza sobre Paulina. Todo sucede tan rápido, y yo solo tengo tiempo de reaccionar, de empujar a Sora fuera de su camino antes de que cause más daño.

Me acerco lo más rápido posible para separarlas, pero todo se está descontrolando. Mi corazón late a mil por hora mientras trato de entender lo que está pasando. No puedo permitir que esto se convierta en algo más grande, en algo que no puedo detener.

Entonces, veo a Paulina, y algo en mí me duele cuando veo su camiseta rasgada, su sostén blanco expuesto a la vista de todos. El aire se vuelve espeso, y la tensión se palpa en cada rincón. Mi mente se desvía por un momento, me siento atrapada entre la rabia y la vergüenza. Todos los chicos ahí, mirándola, no pueden dejar de observar. Mi pecho se llena de ira, y mi instinto me grita que haga algo, que detenga esto antes de que se convierta en algo más grande, pero sé que no puedo hacer nada si no actúo con calma.

¿Por qué me molesta tanto que la miren? Me avergüenza, pero también me enoja que Paulina esté en esa posición, como si fuera un objeto. Es mi responsabilidad protegerla, y aunque siento que la situación me sobrepasa, no puedo quedarme quieta.

-¡Dejen de verla! -digo con voz autoritaria, lo suficiente fuerte como para hacer que todos aparten la mirada. El gruñido de Ester, el lamento del viento entre los árboles, me llega como un eco lejano mientras observo a Paulina, que parece no importarle lo que ha sucedido. ¿Cómo puede estar tan tranquila? Ella simplemente se quita la camiseta dañada como si nada, como si no fuera nada importante. ¿Qué le pasa a Paulina? La miro con confusión, con la necesidad de entender.

Paulina, en su forma fría y serena, se dirige a la chica de Sora. Me sorprende la calma con la que habla, mientras su cuerpo sigue tenso. Lo que dice es tan directo, tan... cortante.

-Oye, perrita -dice, mirando a una de las amigas de Sora. La chica parece nerviosa, temblando ante las palabras de Paulina, como si no tuviera idea de cómo reaccionar.

-¿Si- si? -responde la chica, casi susurrando, como si el miedo la hubiera dejado sin voz.

Paulina no se detiene, su expresión se vuelve aún más seria, casi como si estuviera recibiendo un mandato. Y, de alguna manera, me siento orgullosa de ella. Es mi mate, y la forma en que se enfrenta a las adversidades me recuerda por qué la elegí. Aunque algo dentro de mí sigue sintiendo miedo, admiración, y deseo de protegerla más que nunca.

-Sé que no tienes la culpa, pero no voy a andar en sostén, y mi novio -dije, recalcando esas palabras con fuerza, dejando en claro que yo soy la que está aquí, la que no permitirá que nadie haga daño a Paulina. Mi protector interior se enciende con cada palabra que digo, y, al escuchar el gruñido de Ester, me doy cuenta de lo que está en juego.

Paulina no se detiene. La chica le da una blusa blanca, que ella acepta y se pone con calma. La situación, de alguna manera, se suaviza, pero siento que el ambiente está tenso. Mi mente está llena de preguntas que no puedo responder, pero lo que veo a mi alrededor me hace comprender que esto aún no ha terminado.

Paulina, ahora vestida de nuevo, lanza sus últimas palabras a las chicas de Sora, desbordando confianza.

-Gracias, pero sabes, no deberías de juntarte con esa bola de zorras. Se ve que tú no eres de esas -dice, mirando a la chica con dureza. Ester, como si estuviera obedeciendo una orden no verbal, se lanza nuevamente a atacar a Sora, agarrándola por los hombros.

Todo el caos se desata una vez más. Mi cabeza da vueltas, mi mente se pregunta si alguna vez las cosas realmente estarán bien. Pero hay algo que me hace sentir que, aunque todo esté en ruinas ahora, Paulina y yo tenemos el poder de reconstruir lo que se ha roto.




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