Más tarde, llegamos a casa, ya era muy tarde. Estaba agotada, pero sentía una paz profunda. Apenas me cambié para ponerme la pijama y me acomodé en la cama. Fabricio ya estaba allí, sin camisa, solo con unos pantalones de pijama. Me acurruqué a su lado, buscando su calor, y sin decir una palabra más, nos quedamos dormidos juntos, abrazados.
El silencio era cómodo, lleno de amor, y el mundo exterior ya no importaba. Solo estábamos él y yo, y nada más.
(...)
Sentí suaves besos en mi frente y no pude evitar sonreír al escuchar la voz de Fabricio, que me despertó de mi sueño.
-Despierta, amor -dijo, mientras dejaba besos por toda mi cara-. Vamos a llegar tarde a clases.
Con una sonrisa perezosa, le respondí:
-Me voy a duchar -le di un beso en los labios antes de levantarme y dirigirme al baño.
(...)
El agua caliente me relajó mientras pensaba en la noche anterior. Salí del baño y me vestí rápidamente. Me puse un vestido corto de color rojo vino, el cual tenía una abertura en la parte de la cintura, dejando al descubierto un pequeño cierre en la espalda. No soy muy fanática de los vestidos, pero el ambiente hoy era tranquilo, y no creía que pasara nada raro, así que decidí llevarlo.
Como detalle final, coloqué la cadena que me había dado Fabricio el día de la presentación. Me veía al espejo y sonreí, recordando cómo esa simple cadena significaba tanto para mí.
Bajé al comedor y me saludaron como siempre. Me senté en mi lugar y comencé a desayunar, mientras Fabricio y yo hablábamos de cosas triviales, las pequeñas anécdotas del día a día. Después de un rato, salimos de casa, despidiéndonos de Erika y mi padre.
Fabricio, con su eterna sonrisa, me convenció de que lo acompañara en su coche. Después de un par de juegos, risas y besos, finalmente acepté. A veces, era difícil resistirme a sus encantos.
Al llegar al instituto, como siempre, Kate estaba esperándome con su mate. Me acerqué a ella y la saludé con un abrazo como es costumbre.
-¿Cómo está Sora? -le pregunté, recordando lo que había sucedido el día anterior-. La verdad, creo que me pasé ayer, estaba muy molesta...
Kate hizo un gesto de asentimiento mientras Marcus, que estaba junto a ella, nos observaba.
-Está bien -dijo Marcus-. Los chicos que la llevaron a la enfermería dijeron que en dos días estará de alta. Pero algo extraño sucedió.
-¿Qué cosa? -pregunté, interesada.
-De repente, un chico rubio entró y se quedaron viendo un rato -dijo Marcus, con una mirada pensativa-. Él dijo "mía", pero ella se negó.
Fruncí el ceño, pensativa.
-¿Encontró a su mate? -dije, más para mí misma, aunque no estaba tan segura de querer escuchar la respuesta.
-Así parece -dijo Fabricio, quien se había acercado a nosotros-, pero ella lo va a rechazar.
-No la dejaré -respondí con firmeza, antes de mirar a Kate-. Ahora vuelvo, Kate. Dile a los maestros que tuve algo importante que hacer.
Miré a Fabricio, que me sonrió. Le quité las llaves del coche de su bolsillo, me despedí con una mano y me alejé de ellos, caminando hacia el auto.
(...)
El sonido del motor del coche me envolvía mientras conducía, perdida en mis pensamientos. Había algo en todo esto que no me terminaba de convencer. Pero, sin embargo, no podía quedarme de brazos cruzados. Había decidido que no iba a permitir que nadie hiciera daño a las personas que amaba, y si eso significaba ir a buscar respuestas, lo haría. Mi corazón latía con fuerza, pero sabía que lo que estaba haciendo era lo correcto.
(...)
Llegué al hospital de la manada y me dirigí rápidamente hacia la recepción. Pregunté por Sora Díaz, y la recepcionista me indicó que su habitación estaba en el cuarto 75. Al llegar, vi a un chico de pie afuera, muy demacrado, con ojeras profundas y la mirada perdida. Me acerqué con cautela.
-Hola -saludé suavemente.
El chico levantó la vista, intentando mostrar una sonrisa, pero claramente no podía disimular el cansancio.
-Hola -respondió, fingiendo una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
-Soy Paulina Moon -me presenté, mirando su rostro.
-Arhis Peña -dijo él-. Un gusto.
-¿Eres el mate de Sora? -pregunté, sabiendo que la respuesta sería sí, pero quería escucharla de él.
Él asintió lentamente, como si el peso de sus palabras fuera demasiado grande para soportar.
-No se lo tomó muy bien -comenzó, con los ojos cristalizados por las lágrimas que intentaba contener-. Ella está enamorada del hijo del Alpha, y no quiere rendirse. -Su voz temblaba y sus ojos se llenaron de dolor-. No sé qué hacer.
Sin pensarlo, lo abracé, sintiendo el peso de su tristeza.
-Tranquilo -dije, acariciando suavemente su cabeza mientras él se desmoronaba en mi abrazo-. Voy a hablar con ella. No dejaré que sufra por alguien que no la quiere. Además, él tiene su mate, ¿verdad?
-Gra- gra- cias -dijo entre sollozos, su cuerpo sacudiéndose con el llanto. Lo solté con suavidad, dándole una sonrisa cálida, antes de dirigirme hacia la habitación.
Al abrir la puerta, la vi allí, tumbada en la cama, con una expresión llena de dolor y rabia.
-¡Vete! -gritó con furia, girándose para evitar mirarme.
Respiré hondo y me acerqué despacio.
-Soy yo -dije con calma, tratando de que mi voz no fuera dura. Ella me lanzó una mirada fulminante-. Antes de que me corras y me digas hasta lo que me voy a morir, déjame hablar contigo. Primero, lo siento por lo que pasó en el instituto, pero la verdad es que no tenía un buen día, y había mucho enojo en mí... Estabas hablando de mi mate, no quise herirte. Lo siento.
Ella no respondió de inmediato, simplemente giró la cabeza, como si no quisiera escucharlo. Pero no iba a rendirme.
-¿Ya?, ¿Puedes largarte? -dijo con voz quebrada, pero con ese tono de dureza que intentaba mostrar.
-No -respondí con firmeza-. Segundo, ¿dónde está la niña con la que jugaba en el parque? Mi amiga, mi confidente... Extraño a esa niña.
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Editado: 15.07.2026