Estaba sentado en la clase de Historia, pero mi mente no estaba allí. Mis ojos vagaban por el aula, mirando la pizarra, aunque las palabras no tenían sentido. El profesor hablaba de algo que no podía interesarme menos en ese momento, y el tic-tac del reloj, tan lento y constante, me hacía impacientarme más. Deseaba que el tiempo volara, que las horas se deslizasen rápidamente hasta la hora en que pudiera ver a Paulina. Todo en esa clase me parecía monótono, incluso insoportable. La rutina diaria me estaba matando, y aunque había días en los que la soportaba, hoy no era uno de esos días.
Mis pensamientos se centraban solo en ella. En cómo la veía cuando sonreía, en la forma en que su risa parecía ser la única melodía que quería escuchar. Pero esa fantasía se desvaneció en un segundo, cuando un sonido fuerte y extraño retumbó en el aire, atravesando las paredes del aula y haciendo que todos se quedaran en silencio al instante. El sonido de la alarma de la manada. Algo no estaba bien. El eco de la alarma llenó el aire, y no era la típica alarma de entrenamiento o una alerta común. No. Esta era diferente. Mucho más grave.
En un parpadeo, un frío helado se apoderó de mí. Mi corazón latía rápido, y una sensación de pánico me inundó, una que nunca había sentido antes. Pero no podía permitirme sucumbir al miedo. Tenía que ser fuerte, tenía que actuar rápido. Mi mente se centró en un solo pensamiento: Paulina. Ella no se quedaría quieta, eso lo sabía, y el terror me envolvió de inmediato. No podía imaginarme la idea de que le pasara algo. No podía.
El líder de la manada gritó desde la entrada, su voz firme pero urgente: "¡Van a evacuar a mujeres y niños, los que puedan pelear, háganlo!" No tuve tiempo de pensar en nada más. Me levanté de un salto, mi silla cayendo al suelo con estrépito. No podía perder ni un segundo. No miré atrás ni siquiera cuando vi a mis compañeros de clase paralizados por el miedo. Corrí, lo único que importaba era llegar a Paulina.
Me crucé con Marcus, quien también parecía estar en un estado de total agitación. Su rostro era grave, reflejaba la misma preocupación que yo sentía.
-¡Busca a Kate y protégela! -le grité sin pensarlo, sin dudar ni un segundo. Él me miró y asintió con rapidez antes de desaparecer corriendo hacia el instituto. Yo no tenía tiempo para nada más.
La urgencia me empujó a transformar mi cuerpo, a liberar a la bestia que llevaba dentro. Sentí cómo mi ser se deshacía de los límites humanos. La transformación fue instantánea, mi ropa destrozándose mientras mi cuerpo crecía en tamaño, mis garras se alargaban, y mis sentidos se afilaban. La furia que sentí fue tan intensa que la tierra bajo mis pies parecía vibrar, como si estuviera en sincronía con mi rabia. Cada músculo, cada fibra de mi ser, deseaba solo una cosa: llegar a Paulina.
El aire a mi alrededor se tensó. Cada respiración me parecía más pesada que la anterior, como si la atmósfera estuviera cargada de peligro. La manada estaba bajo ataque, y sabía que no se trataba de un simple ataque de cualquier enemigo. Algo mucho más grande estaba sucediendo. Algo me decía que no era solo una invasión común. Era algo personal.
Al llegar a la esquina, mis ojos se abrieron de par en par al ver la escena ante mí. Vampiros. Mi mente no podía procesarlo de inmediato. ¿Qué demonios hacían ellos aquí? Sabía que algo estaba muy mal. El pavor se instaló en mi pecho, pero la rabia fue aún más fuerte. ¡Mierda!
Fue entonces cuando Matt apareció junto a mí, su rostro lleno de furia y determinación. Estaba transformándose también, su cuerpo cambiando, adaptándose a la amenaza.
-Si les hicieron algo a los nuestros, los mataré -dijo con una rabia tan intensa que su voz temblaba.
No respondí. No hacía falta. Mi propio corazón estaba tan enfadado que las palabras no podían capturar lo que sentía. Sabía que lo que quería decirle ya lo sentíamos los dos. Era una furia compartida, una necesidad de venganza que no se podía detener.
Cerré el vínculo mental que mantenía con Matt, una conexión automática entre nosotros como parte de la manada. No podía permitirme distraerme ni un segundo. Mi única preocupación en ese momento era llegar a Paulina, asegurarme de que estuviera a salvo.
Corrí con una velocidad que parecía sobrepasar todo lo conocido, esquivando cuerpos y escombros. Cada paso que daba me acercaba más a ella, mi mente centrada únicamente en protegerla, en encontrarla. El ruido de la batalla a mi alrededor, los gritos, los golpes, se desvanecieron en el fondo. Solo importaba Paulina.
Llegué a las cercanías del hospital de la manada cuando los sentí. Los vampiros estaban ahí. Mis ojos brillaron con furia, un fuego que ardía en mi pecho y que solo se alimentaba con cada segundo que pasaba. No podía permitir que esos malditos le hicieran daño a nadie, pero mucho menos a Paulina.
La rabia que sentí fue tan visceral que no tuve tiempo de pensar en estrategias. Me lancé al ataque con una furia ciega. Cada vampiro que se cruzaba en mi camino caía, derrapando contra el suelo, no había compasión en mis golpes. No pensaba en nada más que en destruir a esos bastardos, en hacerlos pagar por lo que intentaban hacer. Cada uno de ellos se deshacía ante mi furia, pero no podía detenerme. No iba a parar hasta que todo estuviera bajo control, hasta que Paulina estuviera a salvo.
Mi única obsesión en ese momento era llegar a donde ella estaba, asegurarme de que no le pasara nada. Nada más importaba.
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Editado: 15.07.2026