La rabia se acumulaba en mi pecho como una presión insoportable, como si todo el aire a mi alrededor fuera insuficiente para contener la furia que me devoraba por dentro. Mis puños se apretaban con tal fuerza que mis nudillos se volvieron blancos, y cada vez que sentía la tensión de mis músculos, un dolor agudo recorría mis manos, como si mis huesos estuvieran a punto de quebrarse. Pero eso no me importaba. Lo único que importaba era la imagen de Sora en mi mente, la expresión en su rostro cuando me contó todo. La forma en que ese maldito hijo de puta la había manipulado, distorsionando su mente y arrasando con su esencia. Mi corazón se encogía de rabia solo de recordarlo. Podía ver su cara, la cara del monstruo que le había hecho tanto daño. Me daban ganas de arrancarle la cabeza de cuajo, de hacerle pagar de la manera más cruel posible. No podía, no iba a permitir que alguien tan despreciable destruyera a alguien a quien consideraba una amiga, alguien que había sido parte de mi vida. Nadie tocaba a los míos y salía impune. Nadie.
Mis pensamientos oscuros, mis deseos de venganza, comenzaron a nublarme la mente. El odio se mezclaba con el miedo, el miedo a perder a alguien más, a que esa pesadilla se repitiera. Pero entonces, de repente, el sonido de la alarma de la manada resonó en todo el campamento, interrumpiendo mis pensamientos como un puñetazo en el estómago. Un rugido de alarma que me sacó de mi torbellino interno y me devolvió a la realidad con una brutalidad fría.
La manada estaba bajo ataque.
Las voces que empezaron a gritar alrededor, los pasos apresurados, el caos que se desató de inmediato, me sacaron de mi trance de rabia. La adrenalina recorrió cada fibra de mi cuerpo en un segundo, y la furia de antes se transformó en acción, en una urgencia imparable.
Star, que estaba cerca, parecía tan decidida como yo. Su tono, firme, resonó en mis oídos, y no pude evitar que una sonrisa fría se asomara a mis labios.
-Vamos a decapitar gente -dijo, casi con una calma inquietante.
Mi respuesta fue inmediata, la rabia transformándose en un deseo de justicia, de destrucción.
-Con todo gusto.- ronroneo mi loba.
No había tiempo para titubear. Sabía lo que tenía que hacer. Cerré el link con mis compañeros de la manada, separándome de las conexiones mentales que en otros momentos me hubieran calmado, pero que ahora solo me distraían. Tenía que actuar. No había margen para dudas.
Al instante, la escena del campamento se desplegó ante mí como un caos absoluto. Los vampiros estaban atacando con una furia bestial, y nuestros guerreros, valientes como siempre, luchaban con todo lo que tenían, pero estaban claramente siendo superados en número. Sabía que la situación era crítica, que este no era un ataque normal. No solo era una invasión, era una caza. Y mis pensamientos se enfocaron de inmediato en lo más importante: proteger a los más vulnerables.
Como siempre, lo primero era asegurar la vida de las mujeres y los niños. Esa era la prioridad.
Con una voz imponente, grité a través del campamento, sabiendo que cada palabra llegaría a cada rincón, a cada oído.
-¡EVACUEN A LOS NIÑOS Y MUJERES! ¡QUE ELLOS SEAN LA PRIORIDAD, ¿ENTENDIDO?!
Las voces respondieron al unísono, marcando el ritmo de mi orden.
-¡SÍ, ALPHA!
Me sentí aliviado por un segundo. El campamento respondía. Había confianza en mi liderazgo, y esa confianza se tradujo en acción inmediata. Pero el alivio fue breve. El caos seguía. El sonido de las peleas, los gritos de angustia, los crujidos de los cuerpos al chocar, todo se mezclaba en una sinfonía de destrucción. Y, en medio de todo eso, tenía que ser el calmante, el que dirigiera la batalla.
Estaba en el centro del campamento, coordinando a los guerreros, dando instrucciones, luchando junto a ellos cuando un movimiento entre las sombras llamó mi atención. Un vampiro, uno que se destacaba entre la multitud por su maldad evidente, su postura desafiante. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Mis ojos se clavaron en él. Este no era uno de los muchos que peleaban solo por diversión, este tenía algo más. Este era personal. Recordaba su cara. Lo recordaba bien. Era el hijo de puta que había golpeado a Fabricio, el que parecía disfrutar del sufrimiento ajeno, el que se alimentaba del dolor.
La furia que se acumulaba en mí explotó de inmediato, como un volcán que no puede contener su lava. Mis dientes rechinaron, y la adrenalina me dio una fuerza renovada. Cada músculo de mi cuerpo se tensó con la ira que recorría mis venas. Ese cabrón había causado daño, y ahora lo pagaría.
Vi su objetivo. Estaba apuntando hacia los niños, que trataban de escapar, aterrados por la batalla que se desataba alrededor. Sus ojos brillaban con un odio indescriptible. Era claro: quería hacerles daño. Quería sembrar más caos, más sufrimiento. Y yo no lo iba a permitir.
Un rugido de rabia, visceral y furioso, salió de mi garganta.
-¡ES UN MALDITO BASTARDO!
No había forma de que se saliera con la suya. Ese vampiro no viviría un segundo más.
Me lancé hacia él sin pensar, mi cuerpo moviéndose con una rapidez que desbordaba los límites de lo humano. El mundo a mi alrededor pareció desaparecer por un momento, como si todo se ralentizara y solo quedara él. Mi mente se llenó de una sola misión: destruirlo, terminar con su vida antes de que pudiera causar más daño.
Mis pasos eran pesados, firmes, y cada uno de ellos resonaba como un golpe de martillo. La furia que sentía por dentro me empujaba hacia él, me acercaba más y más a su maldita figura. No había misericordia en mi mente, solo una necesidad de venganza. De justicia. Él no merecía vivir ni un segundo más.
En el instante en que lo alcancé, el tiempo se detuvo. Me lancé hacia él, y mi objetivo era claro: acabar con él, no dejar nada atrás. La pelea no sería digna de su existencia. No le quedaba más tiempo.
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Editado: 15.07.2026