Hermanastros ( I libros )

Capitulo 34 - Paulina

Escuché el grito de Paulina a lo lejos, un sonido desesperado, un grito que cortó la angustia en mi pecho. Sabía que ella estaba ahí, en medio del caos, luchando con todo lo que tenía. La escena frente a mí era un torbellino de desesperación, gritos y sangre, pero todo lo que mi mente podía procesar era ella. Mi corazón latía con fuerza, cada latido un recordatorio de lo mucho que la necesitaba, de lo mucho que no podía permitir que le sucediera algo. Estaba tan cerca, pero al mismo tiempo tan lejos. No podía quedarme quieto.

Mis ojos barrían el campo de batalla frenéticamente, incapaces de centrarse en otra cosa más que en encontrarla. Me sentía como si estuviera atrapado en una pesadilla en la que no podía moverme lo suficientemente rápido. Cada vez que creía que la había visto, la multitud, la niebla de la batalla, me la arrebataban de nuevo. Mi mente se llenaba de pensamientos caóticos, de imágenes de Paulina herida, de su rostro marcado por el sufrimiento. Esa idea me quemaba, me desgarraba por dentro. Sabía que no debía preocuparme por ella, que debía concentrarme en la pelea, en la manada, pero no podía. El miedo, la desesperación, se apoderaban de mí con tal intensidad que casi no podía pensar con claridad. Solo asabía una cosa: no podía perderla.

A lo lejos, finalmente la vi. Su figura destacándose entre el caos, firme, decidida. Estaba luchando como siempre, dominando la pelea con esa fuerza que la hacía única. Cada uno de sus movimientos era letal, perfecto. Su poder era indiscutible, como siempre. Pero no pude evitar notar algo. Algo en su actitud había cambiado. Había algo en su furia, en su determinación, que no era normal. Estaba más enfadada, más agitada que nunca. Era como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo, como si estuviera luchando por algo mucho más que por la supervivencia de la manada.

Una ola de desesperación me golpeó. Algo no estaba bien. Algo la estaba afectando, y podía sentirlo en el aire, una tensión palpable que me nublaba la mente. Paulina era imparable, pero incluso ella tenía sus límites. ¿Y si esos límites estaban a punto de ser alcanzados? ¿Y si la veía perder el control?

En medio de la batalla, una figura se destacó. Un vampiro. El mismo maldito vampiro que había atacado a Fabricio el día anterior. El mismo monstruo que parecía alimentarse del sufrimiento, que disfrutaba ver cómo nuestras vidas se desmoronaban ante él. Y ahora lo entendí. No estaba allí solo para luchar. No estaba allí solo para ganar. Su objetivo, mucho más macabro y pervertido, era otro. Los niños.

El terror se apoderó de mi pecho al darme cuenta de lo que estaba pasando. El vampiro estaba avanzando hacia los niños, que huían aterrados, tratando de escapar del caos. Mi mente entró en modo automático, pero mi cuerpo estaba atrapado en la parálisis de la desesperación. No podía dejarlo. No podía permitir que ese hijo de puta se acercara más a ellos, mucho menos que les hiciera daño. Paulina, ella... sabría lo que estaba en juego. Ella no dejaría que eso sucediera. Lo sabía. Lo sentía. Podía sentir su furia, su furia a través del aire como un vínculo invisible, una chispa en la distancia que indicaba que no descansaría hasta acabar con esa amenaza.

Pero, al mismo tiempo, una creciente ansiedad me envolvía. El miedo era tan tangible que casi podía saborearlo. Me sentía atrapado entre la urgencia de intervenir y el terror de que, si me acercaba demasiado, algo podría salir mal. No solo para ella, sino para todos nosotros. El campo de batalla no perdonaba, y si cometíamos un solo error, las consecuencias serían fatales.

Mi respiración se aceleraba. Sentía como si todo el peso del mundo se hubiera colocado sobre mis hombros. La desesperación me envolvía. Cada segundo que pasaba era un segundo más cerca de perder el control. De perderla. De perderla a ella, la persona más importante en este mundo para mí. Mi corazón latía con fuerza, el sonido retumbando en mis oídos, ahogando todos los demás ruidos de la batalla. No podía soportarlo. La ansiedad, la angustia, me cegaban, y no podía ver más allá de su figura, su furia, sus ojos llenos de determinación.

Mi mente se nublaba con pensamientos de desesperación. ¿Qué pasaría si no llegaba a tiempo? ¿Qué pasaría si ella no podía con todo esto? La guerra no era solo una batalla de fuerzas físicas. Era una batalla de voluntad, de resistencia mental, de sacrificio. ¿Sería lo suficientemente fuerte para salvarla? ¿Sería lo suficientemente rápido?

En cada uno de mis pensamientos, se repetía una y otra vez la misma pregunta. ¿Y si la perdía? Esa era la única que me torturaba, la que me aplastaba el alma. La urgencia, el pánico, los gritos que llegaban a mis oídos solo me hacían sentir más impotente. No podía quedarme quieto. No podía dejar que todo se desmoronara de esta manera. Sin pensarlo, me lancé hacia la batalla con más fuerza, mi cuerpo se movió por inercia, empujando a los demás, luchando contra el miedo que me atenazaba.

Pero en mi interior, solo había un pensamiento: Tenía que llegar a ella. Tenía que protegerla, cueste lo que cueste.




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