Hermanastros ( I libros )

Capitulo 35 - Paulina

Ese maldito bastardo.

El odio hervía en mi interior, ardía en cada fibra de mi ser, consumiéndome como fuego en un campo seco. Cada paso que daba hacia él solo avivaba más la rabia en mi pecho, un sentimiento tan feroz que casi podía saborear su amargura en mi boca. Mis ojos se clavaron en los suyos con un brillo mortal, una amenaza silenciosa pero letal. No había espacio para la duda, para el miedo o para la piedad. No iba a permitir que se acercara a ellos. No iba a dejar que los tocara. Antes de que eso pasara, lo destrozaría con mis propias manos si era necesario.

Apreté los puños, sintiendo la presión de mis uñas clavándose en la carne. La adrenalina inundaba mis venas, cada latido de mi corazón marcaba la urgencia de la situación. Los niños. Tenía que protegerlos. No podía permitirme un error, no podía fallar.

-¡DÉJALOS! -mi voz explotó como un trueno, cargada de furia. No había ni un ápice de titubeo en mis palabras, solo la ira más pura y desgarradora. -¡Son los mismos cachorros de la vez anterior! ¿¡QUÉ QUIERES CON ELLOS!?, ¡MALDITO BASTARDO HIJO DE PUTA!

Él me miró con una sonrisa cínica, una burla silenciosa que hizo que la sangre en mis venas se encendiera como lava. Su expresión de satisfacción, el brillo de diversión en sus ojos, me hicieron sentir como si estuviera al borde de la locura. Sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba jugando conmigo. Y aún así, no podía dejar de caer en su provocación.

Sentí una punzada en el pecho. Un dolor repentino, agudo, que me dejó sin aliento por un instante. Pero no era momento para debilidad. No ahora. Me obligué a ignorarlo, a concentrarme en lo que tenía delante.

-No deberías hablarme así -su voz era suave, casi seductora, pero cada palabra estaba impregnada de veneno. Su mirada, sin apartarse de mí, se deslizó lentamente hacia los cachorros, como si saboreara la idea de lo que estaba a punto de hacer.

Mi cuerpo entero se tensó. No, no iba a permitirlo.

-¡ALÉJATE DE ELLOS! -rugí, dando un paso al frente, lista para desgarrarlo. La rabia casi me cegaba, cada músculo de mi cuerpo estaba preparado para saltar sobre él y hacerlo pedazos.

Pero él solo sonrió, con esa expresión de burla que tanto odiaba.

-Mmmmmm... Hagamos un trato -dijo con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Retrocedió apenas unos centímetros, dejando a los niños fuera de su alcance momentáneamente. Luego sus ojos volvieron a los míos, brillando con malicia. -No los toco... si aceptas mi propuesta.

¿Qué quiere? ¿Qué demonios pretende este desgraciado?

Cada fibra de mi ser me gritaba que no confiara en él, que no cayera en su juego. Pero si aceptaba, aunque fuera solo para ganar tiempo, tal vez podría encontrar una salida, una oportunidad para atacar. Tenía que pensar rápido, pero esa maldita punzada... No podía concentrarme. Mi mente estaba nublada, confusa. Algo no andaba bien. Y me aterraba que ese algo tuviera que ver conmigo.

Entonces, la voz de Star irrumpió en mi cabeza. Su tono era quebrado, roto por el miedo.

-Algo le pasa a nuestro mate... -dijo, sollozando. -Está débil. Por eso la punzada que sientes en el pecho... Su lobo está muriendo.

El mundo pareció detenerse. Sentí como si el suelo bajo mis pies hubiera desaparecido. Todo el aire abandonó mis pulmones de golpe, dejándome vacía. Mi cuerpo se congeló, incapaz de reaccionar.

¿Su lobo... muriendo?

No. No, no, no. No podía ser. No podía permitirlo. La angustia me oprimió el pecho con tanta fuerza que por un instante creí que me estaba ahogando. La desesperación se apoderó de mí, una sombra oscura que me envolvió por completo. Esto no podía estar pasando.

El vampiro lo notó. Vio mi desconcierto, mi vulnerabilidad, y no perdió ni un segundo en aprovecharla. Su sonrisa se ensanchó, saboreando su victoria antes de siquiera reclamarla.

-Bueno, el trato... -dijo con fingida indiferencia, levantando una mano con aire pensativo antes de extenderla para señalar detrás de él. -Los mocosos... o...

Mi mirada se disparó hacia donde apuntaba su dedo, y el horror me golpeó como un mazazo en el pecho.

Lo vi.

El lamento que había estado sofocando en mi pecho se convirtió en puro terror. Mis entrañas se retorcieron en un nudo de angustia insoportable. Mis ojos se abrieron con desesperación, mi respiración se volvió errática.

-¡NO, NO, NO, MIERDA! -grité, mi voz cargada de un pánico visceral.

Frente a mí, los niños, los pequeños que había jurado proteger, estaban ahora atrapados en la cuerda floja de este monstruo. Mi mente se llenó de imágenes de lo que podría pasar si no actuaba a tiempo. Sus rostros llenos de miedo, sus pequeñas manos temblando, su desesperación.

Pero mi mate...

La desesperación era un cuchillo afilado cortando mi alma. No podía permitir que les hicieran daño. No podía permitir que él muriera. Pero no tenía opciones. No tenía una maldita salida.

El mundo se cerraba sobre mí, sofocándome. Mi corazón latía con tal fuerza que sentía que iba a reventar. Mi mente trabajaba a mil por hora, buscando una solución, una forma de salvarlos a todos. Pero todo lo que sentía era el peso de la decisión sobre mis hombros, un peso tan abrumador que casi no podía respirar.

No podía fallarles.

No podía perderlos.

No podía perderlo a él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.