Hermanastros ( I libros )

Capitulo 37 - Paulina

La oscuridad me envolvió en un segundo. Mi mente estaba nublada, como si una niebla espesa se hubiera instalado en mi cabeza, dificultando mis pensamientos. Todo se sentía irreal, como si estuviera atrapada en un sueño del que no podía despertar. La confusión reinaba mientras trataba de procesar lo que acababa de suceder, pero mi cuerpo no me respondía como quería.

Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, retumbando en mis oídos con cada segundo que pasaba. La adrenalina aún corría por mis venas, pero algo dentro de mí sabía que estaba perdiendo la batalla. Mi cuerpo estaba tenso, como un resorte a punto de romperse, pero a la vez sentía que me hundía en una especie de parálisis. No quería estar aquí, no quería ser llevada por él, y sin embargo, mis opciones se reducían cada vez más.

"Voy a no sé dónde con este maldito", pensé, intentando reprimir el pánico que crecía dentro de mí como un incendio descontrolado. Cada vez que mi mente intentaba aferrarse a una solución, a una estrategia, se topaba con un muro de impotencia. La sensación de ser incapaz de hacer algo me sofocaba.

Con todas las fuerzas que me quedaban, golpeé su pecho con furia, tratando de romper su agarre. Cada golpe resonó con un eco de frustración, pero él ni siquiera se inmutó. Su agarre permaneció firme, como si yo no fuera más que un muñeco en sus brazos. Sentí una oleada de ira recorrerme al darme cuenta de lo poco que le importaba mi resistencia.

-¡Bájame! ¡Puedo correr! -grité con frustración, mi voz cargada de furia y desesperación. No podía aceptar que me estuviera llevando sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Sentía mi independencia siendo arrancada de mí con cada paso que daba, como si me estuvieran despojando de mi propia voluntad.

Él sólo suspiró, un suspiro cargado de esa arrogancia que tanto odiaba, como si estuviera harto de mi resistencia, como si todo esto no fuera más que una molestia para él. Y su voz sonó llena de certeza, de esa asquerosa seguridad con la que hablaba, como si ya tuviera todo bajo control.

-No, no me arriesgaré a perderte de nuevo.

Mis ojos se abrieron con sorpresa. Mi corazón se detuvo por un instante, el miedo y la confusión fusionándose en un torbellino dentro de mí.

"¿De nuevo?", pensé, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. La pregunta se quedó flotando en mi mente como una sombra amenazante. ¿Qué demonios quería decir con eso? ¿A qué se refería?

Mis labios se separaron, mi voz saliendo más enojada de lo que pretendía.

-¿Cómo que de nuevo? -le pregunté, molesta, pero también inquieta. No me gustaba la forma en que sonaba, como si él tuviera algún tipo de derecho sobre mí, como si esto ya hubiera ocurrido antes y yo no tuviera ni idea.

Pero no tuve tiempo de exigir respuestas. Su mirada no reflejaba ninguna intención de darme explicaciones. Todo en su postura y en su manera de sostenerme indicaba que, para él, mis preguntas eran irrelevantes. Y eso sólo me enfureció más.

-¡Bájame, ya te dije que puedo correr! -insistí, mi voz subiendo en intensidad mientras mi desesperación crecía. Mis intentos por soltarme se volvieron más desesperados, más frenéticos. Sentía que estaba al borde de perder la cordura. -¡Eres un idiota si piensas que no puedo escapar!

Pero él, con su desprecio por todo lo que yo era, con su maldita superioridad, no cedió. Y entonces, antes de que pudiera darme cuenta, sentí un pinchazo frío en mi nuca.

Mi cuerpo se congeló.

El tiempo pareció ralentizarse por un instante. No lo vi venir. No lo sentí hasta que fue demasiado tarde. Un cosquilleo helado se extendió desde el punto de contacto, recorriendo mi piel como una corriente de hielo.

Mis ojos se abrieron de par en par cuando la realidad me golpeó con brutalidad.

"¡El hijo de puta me ha drogado!"

Mi respiración se volvió errática. Intenté moverme, sacudirme, hacer algo, pero mis extremidades comenzaron a sentirse pesadas, como si una losa invisible se estuviera posando sobre mí.

Mi mente se resistía a ceder, se aferraba con uñas y dientes a la consciencia. Pero era inútil. Era como intentar nadar contra una marea implacable que me arrastraba sin piedad hacia las profundidades.

Su voz llegó a mis oídos como un eco lejano, distorsionada por el efecto de la sustancia que corría por mi cuerpo.

-Cuando despiertes, ya estaremos en el lugar al que siempre debiste estar -dijo, casi en un susurro, con esa maldita certeza que me sacaba de quicio.

Quise gritarle que estaba equivocado, que yo no pertenecía a ningún lugar con él. Quise escupirle en la cara y decirle que no me sometería, que lucharía hasta el final. Pero mis labios ya no respondían. Mi lengua pesaba como si fuera de plomo.

El pánico se enroscó en mi pecho con fuerza, ahogándome. Mi corazón golpeó frenéticamente contra mis costillas en un intento desesperado por mantenerme alerta. Pero la oscuridad me consumía poco a poco, como una sombra envolviendo cada rincón de mi mente.

Mis pensamientos comenzaron a fragmentarse, a dispersarse en el vacío.

"No... No... No..."

Me negaba a perder. Me negaba a ceder.

Pero mi cuerpo ya no me pertenecía.

Mis párpados cayeron, pesados como el plomo.

Y luego, todo se fue al abismo.

Dormí.

Sin poder evitarlo.




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