Hermanastros ( I libros )

Capitulo 38 - Juan Moon

Estaba sentado en mi despacho, mirando los informes sobre lo que causó Oliver cuando atacó a la manada. Los papeles sobre la mesa estaban desordenados, como mi mente. Todo parecía haberse salido de control en un abrir y cerrar de ojos. La última cosa en la que pensaba era en cómo las cosas habían cambiado tan rápido.

Quiero dejar todo en orden para cuando mi hija, Paulina, tome el mando de la manada. Para que no tenga que enfrentarse a las mismas complicaciones y desafíos que yo. Pero lo que parecía ser una tarea sencilla se me complicaba cada vez más. Cada día trae algo nuevo, algo inesperado.

De repente, la puerta se abrió con brusquedad, y mi beta entró corriendo, haciendo que me sobresaltara del asiento.

-¡¿QUÉ MIERDA TE PA-?! -No terminé la frase, pues su expresión era más que suficiente para saber que algo grave estaba pasando.

-Los vampiros invaden de nuevo -dijo, su voz llena de urgencia y preocupación.

-¿QUÉ? -La incredulidad y furia se mezclaron en mi pecho. No podía creer lo que escuchaba. - ¡VAMOS!

Nos dirigimos lo más rápido posible a la manada. Cada paso que daba me sentía más impotente, sin poder hacer nada más que correr y luchar. Cuando llegamos al campo de batalla, los vampiros ya estaban dentro, causando estragos. La lucha no era fácil, y el peligro estaba en cada esquina.

(...)

Han pasado unos veinte minutos desde que llegamos. Erika está peleando con toda la furia que la caracteriza. Es tan testaruda, tan decidida, al igual que Paulina. De alguna manera, ella siempre sabe cómo hacerme ceder, cómo hacer que deje de pensar en lo que es lógico y actuar impulsivamente. Es su fuerza, pero también su debilidad. No puedo evitar preocuparme por ella.

Entonces, uno de mis hombres llegó corriendo hacia mí. Su rostro estaba pálido, como si hubiera visto un cadáver, y su voz temblaba de pánico.

-¡Alpha! ¡Luna! La señorita Paulina... ¡Se quiere entregar al líder de los vampiros para salvar a toda la manada y al joven Fabricio! ¡Le inyectaron plata pura! -gritó, sin perder tiempo, como si temiera que cada segundo fuera vital.

La noticia me golpeó como un rayo. Mi corazón se detuvo por un instante, y la rabia empezó a hervir en mi interior.

-NO DEJARÉ QUE ESE MAL NACIDO SE LLEVE A MI PRINCESA -gruñí, mi voz llena de furia.

Erika ya había salido corriendo, sin pensarlo ni un segundo. No pude más que seguir su ejemplo, y corrí hacia donde me dijeron que estaban. A medida que me acercaba, la imagen de Fabricio abrazando a Erika y llorando como un niño me paralizó.

"¿Llegué tarde?", pensé, con la angustia apoderándose de mí.

Mi mente no podía procesar lo que veía. ¡Paulina secuestrada! ¡¿Secuestrada por ese maldito psicópata!? El dolor de perder a mi hija me estaba desgarrando por dentro, pero ver a Fabricio tan devastado fue como una daga en el corazón. Mi hijo, completamente roto, lamentándose por no haber podido salvar a su mate.

-Maldito hijo de puta. Si le hace algo a nuestra princesa, lo mato con mis propias garras -dijo Connor, mi lobo, con un tono lleno de rabia y desesperación. Yo compartía su sentimiento. La impotencia me embargaba, y todo lo que quería era destrozar al responsable por lo que le había hecho a mi familia.

-No eres el único que quiere hacerlo... -respondí, mientras el dolor seguía quemando dentro de mí-. Ese malnacido mató a la madre de Paulina, y se supone que ella era su hermana... -La furia y el dolor me invadían. Cerré el enlace mental y me acerqué a Fabricio y Erika, viendo cómo él lloraba desconsolado en los brazos de ella.

-¡ES MI CULPA! -gritaba Fabricio, sin poder dejar de sollozar. Sus palabras eran como cuchillos clavándose en mi corazón, una y otra vez. Me senté junto a él y Erika, y lo sostuve entre mis brazos, sintiendo la angustia de un hijo que había perdido lo que más amaba. Y en su dolor, también vi mi propia culpa reflejada.

Fabricio siguió llorando, hasta que finalmente se quedó dormido en los brazos de Erika, agotado por tanto sufrimiento.

Mi hija secuestrada por un psicópata. Mi hijo devastado por la pérdida de su mate. Y mi esposa, mi luna, triste por ver a nuestro hijo en ese estado, temerosa de que algo le pase a Paulina. La manada estaba destrozada, hecha pedazos por los daños sufridos, incluso más que en el ataque anterior.

Yo también me sentía derrotado. Perdí a mi princesa, y todo por haberle ocultado la verdad. Sabía que había sido un error, pero no imaginé lo grave que podría ser. Paulina solo es consciente de una pequeña parte de la verdad, y si alguna vez descubre todo lo que he hecho, me odiará por haberle mentido todo este tiempo. La culpa me carcomía.

¿Qué hubiera pasado si le hubiera contado la verdad desde el principio? ¿Hubiera sido diferente? Las preguntas no dejaban de rondar mi cabeza, pero lo único que sabía con certeza era que ahora todo se había vuelto un caos.

Todo esto era mi culpa. Y mi única esperanza era encontrar a Paulina y traerla de vuelta, antes de que fuera demasiado tarde.




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